99matyy
Usuario (Argentina)
Este es un relato hecho por mi papá acerca del Colegio que se encuentra enfrente de la casa de mis abuelos en Rufino (Santa Fé), donde él estudió (y algo más). El Colegio, Mi Casa Dado que no lo tuve puedo decir que el Colegio supo ser el jardín y patio de mi casa. Recuerdo desde bien chico el momento en que se empezó a construir y de antes por fotos, la plaza con juegos que supieron existir acompañando esa hermosa diagonal de araucarias que aun cruza esta manzana de la que guardo los mejores momentos de toda mi vida en Rufino. Mientras se construía todos los chicos del barrio jugábamos en el interior de la obra y con sus materiales, por aquellos años antes que se empezara a construir la cancha de básquet los Alén tenían una pequeña casa en ese mismo sitio. Siendo muy chico recuerdo que solíamos jugar sobre las enormes montañas de arena, hacíamos huecos sorpresa los disimulábamos tapándolos con la misma arena sobre papel de diario y siempre alguno caía en ellos. El Colegio también traía nuevos síntomas de desarrollo, ya contábamos con gas natural y agua corriente, pero entonces llegaron las cloacas y el asfalto, lo que hizo que la vereda de los Martinessi quedara más alta, había un par de agujeros que nunca terminaban de cerrarse y muchas veces convivíamos con agua y malos olores brotando. Siempre existió al menos una canchita habiendo incluso dos en las mejores épocas. Uno de los primeros equipos barriales lo supo formar don Salías, se llamaba la academia y vestía una remera azul con un pequeño escudo con los colores de argentina, los primeros chicos que vistieron esa casaca solían ser más grandes, pero como Fernando (El Gordo, su hijo) y yo teníamos la misma edad, siempre viajábamos en su Jeep con ese equipo a todos lados. Yo siempre fui un patadura, pero muchas veces como era un habitual dueño de la pelota, siempre estaba presente junto a la redonda desde que tengo idea de haber empezado a jugar al futbol. Cada vez que cruzaba dejaban de correr las horas del reloj y el regreso estaba marcado por el inconfundible silbido de mi abuelo, señal que era el momento de la merienda o que el sol ya se había puesto. Peligros, no existían. El primer equipo de baby que integre, allá por mis ocho años, fue el de Helados Boiero lo entrenaba Cachila Marchetto, del que ya era hincha porque en él jugaba el Fernando Ondategui, lógicamente entrenábamos en la canchita del colegio, jugábamos en el Dispensario Bulgheroni en el Barrio Norte, cada vez que ganábamos cruzábamos el puente con una alegría especial ya que pasábamos por la heladería y nos regalaban un africano; ese año salimos campeones yo tuve la suerte de salir valla menos vencida, nuestra figura era Darío Luhaces, el mejor del barrio, aún el trofeo da vuelta por mi casa semi destruido por el más pequeño de mis hijos. Hasta mi primer apodo se gestó dentro del Colegio, cuando aún el edificio estaba en construcción, jugábamos con otros chicos en el patio de lo que sería la casa de los porteros, llegado un momento sentí algo caliente que brotaba de mi cabeza, como aún no había vidrios, alguien había tirado un cascote que llego a partirme el coco, desde ese momento después de las curaciones y los puntos en la herida pase a ser “Coquito”, vaya casualidad casi idéntico al de mi abuelo “Coco”. El día de la final del ’78 después de ver el tercer gol argentino en ese televisor blanco y negro que sintonizaba según soplara el viento, aunque para el mundial la repetidora se porto diez puntos, nos juntamos todos a festejar en el patio externo del Colegio, que ya estaba próximo a inaugurarse. Al año siguiente se empiezan a dictar clases en el establecimiento, que resultaba ser un edificio modelo, daba orgullo vivir enfrente del colegio, la calle se llenaba de autos, la vereda de bicicletas y era enorme la cantidad de chicos y empleados del Colegio que desfilaban por nuestra vereda. Cuando el sol empezaba a apretar algunos profesores comenzaron a dejar sus autos debajo de las hermosas araucarias, pero acercándose al verano aquellos que no eran del barrio se verían sorprendidos con los vidrios de sus autos rotos o los techos abollados por la caída de sus pesadas piñas. Durante la primaria yo iba a la 669, porque mi vieja era portera y me llevaba de pasada, pero en la canchita de enfrente se daba uno de los tantos clásicos de la 586 que era la escuela más cercana, por ese entonces el equipo de los más chicos con Marcelo Barros y Guillermo Garófoli entre otros se imponía al de los grandes con Hernán Torta, Fabián Fasano y el Nuni Baldor; por el contacto con muchos de ellos, algunos en comunión, decidí cambiarme de escuela y así fue que con mi refuerzo los menores no ganaron más. La manzana del Colegio fue durante algún tiempo la favorita para la realización de diferentes eventos, previa a la inauguración del velódromo de Newbery varios festivales ciclísticos pasaban por la puerta de casa, en los cuales no podía dejar de alentar a mi compañero de primaria Daniel Engemann, también se usaba como kartódromo y en alguna oportunidad tuvimos de visita a José Luis Di Palma con toda su familia. Esos fines de semana el barrio era una verdadera fiesta. En alguna época de su estadía en Rufino Carlitos Laciar el Hermano de Falucho (el Campeón del Mundo), después de almorzar en casa se prendía en aquellos picados de potrero. Llegué a los trece, la época de Malvinas, el fracaso en el mundial de España, la visita del Papa y el ingreso a mi querido Colegio, en Comercial (Perito Mercantil) había para armar tres divisiones y como decían que Francés era más fácil no dudé en levantar la mano, quedo conformado un curso con tres varones (Peppino, Nicolini y yo) y catorce hermosas chicas que nos iban a dominar a su antojo, de las clases de ese primer año no voy a olvidar como insistían en sacar con flauta la Marcha a Las Malvinas. El segundo año ya me encontró trabajando en la feria de Wheeler, Ocampo y Zavalla, ingresando a jugar en las inferiores de Newbery con la dirección del ídolo local de mi infancia “ el negro Greco“ y terminando el año festejando el regreso de la democracia. Durante esa etapa se dio el fichaje del “Nino Giraldi” en Boca, así abandono el arco del aviador, dándole la oportunidad a este petiso de ser titular. La calle de llamarse Chaco pasó a ser Intendente Ferrari, el papá de Oscar, el carnicero de a la vuelta. Empezaban los cumpleaños de quince de mis compañeras de curso. Uno de los hechos más destacado que recuerdo de tercer año fue la conformación del centro de estudiantes, habiendo tenido el orgullo de ser elegido para representar a mi división, las discusiones a la hora de ponerle nombre y la elección final de “Aries” (Agrupación Rufinense Integrada por Estudiantes Secundarios). El otro y terrible fue la perdida en accidentes diferentes de dos compañeros del colegio el “Negrito Correa” y “Miriam Estarás” quienes aún son recordados por un monolito y un par de arboles en su memoria al costado del patio exterior y a los que me encargué de regar mientras permanecí en mi querida ciudad. Durante cuarto año, lo primero que recuerdo fue la incorporación de nuevos compañeros por la disolución de la tercera división, a nuestro curso ingresaron unos cuantos varones mas, muchos de ellos grandes amigos y otro grupo de chicas (entre ellas la hoy vice-Rectora) de esta forma llegamos a ser treinta y tres. Continuaba con mi participación en el Centro de Estudiantes como Tesorero. Rendí educación física libre con Tito Bocio por razones laborales junto a Marito Racca. Paralelamente con Newbery, perdíamos la final de la cuarta categoría contra el similar de Venado Tuerto. Viviendo enfrente, mi casa fue testigo de todas nuestras rateadas, gritando a través de la persiana entre abierta, para convencer al resto de no entrar e irnos a mirar algún video al por entonces Blois Pub enfrente de Bridas, al lado de La Reina o a la casa de algún compañero cuyos padres circunstancialmente estuvieran fuera de casa. De quinto año los mejores recuerdo, ser elegido presidente del Centro de Estudiantes, las charlas con la Rectora de entonces (la Sra. de Passone) para permitirnos seguir saliendo al patio exterior durante las horas libres. Los partidos que jugábamos a la “Jirafa”, ese futbol en la cancha de básquet con la columna de los aros como arcos, el viaje de egresados a Villa Carlos Paz junto con algunos chicos de quinto primera del Bachiller. La complicidad con Musso, un preceptor como ninguno. El título obtenido por la selección en México 86 y el festejo desmedido esta vez en la plaza. Los clásicos e inolvidables bailes del estudiante por entonces en el Sportivo Ben Hur. La fiesta de egresados recibiendo el diploma de manos de mi vieja y del “Loco Agamenone”, uno de esos profesores único en su tipo. El discurso de fin de año. Esa estadía por cinco años en ese hermosísimo edificio me permitió establecer muchísimas buenas relaciones, excelentes amigos, que aun habiéndolos conocidos en la primera mitad de mi vida conservo y me llenan de orgullo. A fines del ‘87 ya me encontré viviendo en Buenos Aires, pero al principio casi todos los fines de semana, gracias a mi carnet de hijo de ferroviario, me encontrarían jugando al futbol con “Pucho Rivero”, “Danielito Pérez” , “El Cabezón Casais” y todos aquellos que nos fuimos criando alrededor de esa bendita manzana; tampoco podía privarlos de mis relatos. Cada vez que la pelota se quedaba atrapada por esas hermosas araucarias recuerdo ser uno de los pocos se animaban a subirse enfrentando sus particulares espinas, incluso recuerdo ciertas veces que venían otros vecinos a tocar el timbre para solicitar mis servicios. Unos inviernos más tarde mi mamá me avisa por teléfono que nuestra mascota “Pichina” una pequinés cruza con salchicha ya viejita había muerto, que otro destino podía tener que estar enterrada entre los pinos de enfrente; en mi primer viaje posterior no pude dejar de conocer el lugar exacto de su sepultura. Desde hace algunas temporadas he quedado más que sorprendido con todo ese cerco de alambre que rodea la manzana que fue el patio en el que disfrute de toda la primer mitad de mi vida. Pero esto no impide que aun me siga cruzando con mi abuela a disfrutar de ese pulmón que es el jardín del colegio, de mi casa, cruzo también con mis hijos a que den una vuelta en bicicleta y contemplen ese hermoso lugar que fue antes público y en el que hoy no se ve a nadie jugar. Hoy esos limpiatubos (aquellos árboles plantados por mis propias manos), no tienen ni necesitan que los rieguen y lucen rojizos en plena temporada. Aun me imagino corriendo una carrera desde la puerta de nuestras casas al mástil y ganándola, con mi panza y todo sintiéndome imposible de ser vencido. Dado que no lo tuve puedo decir que el Colegio supo ser el jardín y patio de mi casa Recuerdo desde bien chico el momento en que se empezó a construir y de antes por fotos Por aquellos años antes que se empezara a construir la cancha de básquet los Alén tenían una pequeña casa en ese mismo sitio Siendo muy chico recuerdo que solíamos jugar sobre las enormes montañas de arena, hacíamos huecos sorpresa los disimulábamos tapándolos con la misma arena sobre papel de diario y siempre alguno caía en ellos El Colegio también traía nuevos síntomas de desarrollo, ya contábamos con gas natural y agua corriente, pero entonces llegaron las cloacas y el asfalto, lo que hizo que la vereda de los Martinessi quedara más alta Había un par de agujeros que nunca terminaban de cerrarse y muchas veces convivíamos con agua y malos olores brotando Siempre existió al menos una canchita habiendo incluso dos en las mejores épocas. Esta era la vista de la canchita sobre la calle Bernabé Ferreyra. Siempre existió al menos una canchita habiendo incluso dos en las mejores épocas. Esta era la vista de la canchita sobre la calle Independencia (en ella vivían Gabriel, Daniel y Guillermo) Cada vez que cruzaba dejaban de correr las horas del reloj y el regreso estaba marcado por el inconfundible silbido de mi abuelo, señal que era el momento de la merienda o que el sol ya se había puesto. Peligros, no existían. Cuando aún el edificio estaba en construcción, 11 jugábamos con otros chicos en el patio de lo que sería la casa de los porteros El día de la final del ’78 después de ver el tercer gol argentino en ese televisor blanco y negro que sintonizaba según soplara el viento, aunque para el mundial la repetidora se porto diez puntos, nos juntamos todos a festejar en el patio externo del Colegio, que ya estaba próximo a inaugurarse. Al año siguiente se empiezan a dictar clases en el establecimiento, que resultaba ser un edificio modelo, daba orgullo vivir enfrente del colegio, la calle se llenaba de autos, la vereda de bicicletas y era enorme la cantidad de chicos y empleados del Colegio que desfilaban por nuestra vereda (en ella estabamos,los Musso, los Martinessi, los Rivero, Vicente, Mario, yo y otros tanto) Cuando el sol empezaba a apretar algunos profesores comenzaron a dejar sus autos debajo de las hermosas araucarias, pero acercándose al verano aquellos que no eran del barrio se verían sorprendidos con los vidrios de sus autos rotos o los techos abollados por la caída de sus pesadas piñas La manzana del Colegio fue durante algún tiempo la favorita para la realización de diferentes eventos Llegué a los trece, la época de Malvinas, el fracaso en el mundial de España, la visita del Papa y el ingreso a mi querido Colegio La calle pasó de llamarse Chaco a Intendente Ferrari, el papá de Oscar, el carnicero de a la vuelta La pérdida de dos compañeros del colegio quienes aún son recordados por un monolito y un par de arboles en su memoria al costado del patio exterior Viviendo enfrente, mi casa fue testigo de todas nuestras rateadas, gritando a través de la persiana entre abierta Los partidos que jugábamos a la “Jirafa”, ese futbol en la cancha de básquet con la columna de los aros como arcos La fiesta de egresados recibiendo el diploma de manos de mi vieja y del “Loco Agamenone”, uno de esos profesores único en su tipo El discurso de fin de año Cada vez que la pelota se quedaba atrapada por esas hermosas araucarias recuerdo ser uno de los pocos se animaban a subirse enfrentando sus particulares espinas, incluso recuerdo ciertas veces que venían otros vecinos a tocar el timbre para solicitar mis servicios Unos inviernos más tarde mi mamá me avisa por teléfono que nuestra mascota “Pichina” una pequinés cruza con salchicha ya viejita había muerto Que otro destino podía tener que estar enterrada entre los pinos de enfrente; en mi primer viaje posterior no pude dejar de conocer el lugar exacto de su sepultura Desde hace algunas temporadas he quedado más que sorprendido con todo ese cerco de alambre que rodea la manzana que fue el patio en el que disfrute de toda la primer mitad de mi vida Pero esto no impide que aun me siga cruzando con mi abuela a disfrutar de ese pulmón que es el jardín del colegio, de mi casa, cruzo también con mis hijos a que den una vuelta en bicicleta y contemplen ese hermoso lugar que fue antes público y en el que hoy no se ve a nadie jugar Hoy esos limpiatubos (aquellos árboles plantados por mis propias manos), no tienen ni necesitan que los rieguen y lucen rojizos en plena temporada Aun me imagino corriendo una carrera desde la puerta de nuestras casas al mástil y ganándola, con mi panza y todo sintiéndome imposible de ser vencido El Colegio de Noche. Si era tanta nuestra pasion por el futbol que hasta recuerdo que alguna vez despues de brindar en nuestras casas por alguna navidad o año nuevo, hubimos algunos locos que a eso de la 1 de la mañana volvimos a juntarnos en la canchita para seguir jugando (cuando habiamos dejado de jugar a eso de las 9 de la noche). El Monumento a San Martín, mi hijo más chico, siempre se acerca a ver si tiene la nariz sana... Una paloma descansa, nadie la molesta nadie juega, ya nadie hace la diagonal entre Ferrari/Ferreyra e Independencia/Victorero La vista desde la verja de casa. La Vista desde Victorero en ella vivían los Ondategui, los Barros y los Luhaces Quizas un día las cadenas se vuelvan a romper y se recupere tan bonito predio para los vecinos... Espero hayan disfrutado de este relato de mi viejo. Comentar es agradecer