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Primer post: 22 ago 2012Último post: 22 ago 2012
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Pacificación de la existencia y construcción del socialism
EcologiaporAnónimo8/22/2012

Los procesos de elevación de la conciencia implican meditación, reflexión, sosiego; el sistema capitalista niega, como estrategia esencial, el tiempo y los espacios necesarios para este tipo de actividades. El capitalismo es, en sí mismo, aceleración, crispación, tensión perenne y creciente; niega el tiempo para la paz y la tranquilidad porque estas detendrían la dinámica del rendimiento del capital, amén de abrir posibilidades de cuestionamiento epistémico y filosófico de su lógica y estructura. Casi todas las personas viven la vida en una silenciosa desesperación. - Henry David Thoreau. Aflojar las constricciones del tiempo-parámetro, para reencontrar la flexibilidad, los horizontes abiertos del tiempo-compañero y del tiempo-devenir, constituye un desafío democrático, una exigencia de ciudadanía. El tiempo se vuelve un elemento decisivo de nuestra cultura política. - Jean Chesneaux. Llegará un tiempo en que habrá tiempo para que dure el tiempo… - Joaquín Araujo. Observando en la sede de la Universidad Bolivariana de Venezuela en Caracas la larguísima fila de personas que deseaban adquirir equipos electrodomésticos, enormes televisores de plasma, teléfonos celulares y otros enseres que el gobierno bolivariano ofrece a la población venezolana a bajos precios y a crédito, y la batalla a golpes que se desató por apropiarse de los últimos equipos, me preguntaba cuales serían las consecuencias a mediano y largo plazo del hecho de que, hasta ahora, las acciones de gobierno de la Revolución Bolivariana se han limitado en su mayor parte a intentar interpretar y cumplir con los sueños y anhelos consumistas que el sistema capitalista ha insertado por décadas en la psiquis individual y colectiva del grueso de nuestra población, cuando, parafraseando a Marx, de lo que se trata es precisamente de transformar, de revolucionar esos sueños, anhelos y deseos, de construir nuevas conductas, nuevas actitudes más auténticas, más solidarias, más comunitarias y existencialmente plenas. Un proceso revolucionario que quiera hacer honor a su nombre tiene que intentar construir un nuevo conjunto de valores, una nueva racionalidad que apunte a la armonización de la vida, al equilibrio social, ecosistémico y, para utilizar la expresión del filósofo francés Herbert Marcuse, a la pacificación de la existencia, entendida esta expresión como “el desarrollo de la lucha del hombre con el hombre y con la naturaleza, bajo condiciones en que las necesidades, los deseos y las aspiraciones competitivas no estén ya organizadas por intereses creados de dominación y escasez, en una organización que perpetúa las formas destructivas de esta lucha”. Un nuevo modelo de organización económico-social que recupere para hombres y mujeres ritmos y ciclos vitales, plenos, armoniosos, sincronizados con el resto de los ciclos naturales, en contraposición al casi histérico desenfreno y derroche consumista y a la aceleración constante y castrante que los ritmos del capital le establecen a la existencia humana y a todo el ecosistema terrestre. El crispante frenesí consumista y alienante que el capitalismo impone a la vida y que su aparato propagandístico hace aparecer como eterno e insuperable, fracciona ésta en tantas partes como el mercado necesite; en este modelo todo es pasajero, todo es efímero: los objetos, las relaciones de pareja, las tendencias, los valores, todo existe sólo mientras produce ganancias o beneficios cuando deja de hacerlo, el sistema lo declara, tácita o expresamente, obsoleto, y a través de su industria cultural procede a crear nuevos patrones y modas con las que suplantarlos, eternizando y acelerando el ciclo de producción, consumo, desecho. El ser humano aquí se convierte en un engranaje más del sistema, se deshumaniza en función de la producción de ganancias para el capital. Frente a esto, como bien lo ha indicado el profesor Daniel Hernández López, la Revolución Bolivariana debe “recuperar la unidad armoniosa de la subjetividad del sujeto social”; pero esta unidad armónica, más que nunca necesaria frente a la violenta fragmentación existencial que el capitalismo impone como norma y principio, no podrá ser recuperada o construida utilizando una racionalidad instrumental que tiene su fundamento en el fraccionamiento de la vida, en la acumulación constante y perenne de objetos como sinónimo de bienestar. Arropadas con las banderas de la construcción del socialismo y el pago de la deuda histórica que el estado venezolano tiene con las clases desposeídas de nuestra sociedad, ciertas políticas de la gestión del presidente Chávez, justifican y sostienen algunas de las más agresivas manifestaciones del capitalismo globalizado. Los televisores de plasma, los celulares de última generación, los electrodomésticos y vehículos chinos e iraníes, por citar sólo algunos ejemplos, que el gobierno bolivariano ofrece a la población a precios muy bajos y a crédito, no caen del cielo, hay que verlos como el resultado final de una relación dialéctica que combina el trabajo semiesclavo en China y el suroeste asiático, la destrucción medioambiental asociada al saqueo de recursos naturales en África y Latinoamérica, los fraudes financieros e inmobiliarios en Europa y los EEUU, el modelo de derroche energético impuesto por las grandes corporaciones petrolíferas y automotrices del mundo y, como eslabón final, el consumismo exacerbado de nuestra población, configurado como un todo inseparable. El control que el capitalismo globalizado propone y necesita hoy está dirigido principalmente a dominar, a someter el imaginario individual y colectivo, el universo simbólico de los seres humanos, en el entendido de que asegurado este, el control de las instituciones de un estado que día a día parece perder poder y competencias frente al poder de las megacorporaciones transnacionales y sus brazos militares (US Army, OTAN, cascos azules) estará garantizado. Proclamamos estar construyendo una sociedad socialista, pero la intentamos construir produciendo, distribuyendo y, sobre todo, consumiendo bajo los patrones, lógica y ritmos del capitalismo. Hoy reina como nunca en nuestras sociedades el valor de cambio frente al valor de uso de las cosas. Se dirá que esto es normal, que aun no ha habido tiempo para modificar el modelo en el que nacimos (y aun vivimos, por más que bauticemos socialistas a las más diversas y, en algunos casos, retrógradas instituciones del estado), pero es allí precisamente donde reside el mayor de los problemas: nos apropiamos de lo material, de lo concreto, de lo objetivo, pero el capitalismo y su industria cultural ocupa (y cada día con mayor fuerza) lo simbólico, lo emotivo, los deseos y las ilusiones, áreas éstas en las que el estado no tiene control ni poder; los ideólogos y estrategas del capitalismo han comprendido desde ya hace bastante tiempo que es en este terreno en donde se libra la verdadera y crucial batalla por el control y dominio sobre la humanidad (he aquí la justificación del desarrollo de la estrategia de guerra conocida como de Cuarta Generación), por ello, defienden sus espacios mediáticos con fiereza y todos los recursos disponibles (el caso RCTV en Venezuela y los intentos de controlar internet a nivel mundial con las leyes ACTA y SOPA han sido prueba de ello). Un modo de producción, distribución y, sobre todo, de consumo, ferozmente capitalista como el que mayoritariamente impera en Venezuela, condiciona un modo de subjetivación, una forma de ver y entender el mundo. Creo que, inconscientemente y de buena fe, la Revolución Bolivariana ha venido reforzando esa subjetivación consumista y capitalista. Aquí me vienen a la mente las palabras del personaje del film “Matrix”, Morfeo cuando le dice a Neo: “Tienes que comprender que la mayor parte de los humanos son todavía parte del sistema. Tienes que comprender que la mayoría no está preparada para ser desconectada. Y muchos de ellos son tan inertes, tan desesperadamente dependientes del sistema, que lucharían para protegerlo”. Estoy convencido de que una muy buena porción de la población económicamente más excluida entiende el socialismo como el derecho a consumir y derrochar como la clase media y la pequeña burguesía y estos ven en el socialismo la amenaza a esa capacidad de consumo y derroche que, paradójicamente, les había sido arrebatada por los gobiernos neoliberales de fines del siglo pasado y que la Revolución Bolivariana les ha devuelto y potenciado. La industria cultural es, en nuestros días, la base, el piso de sustentación y la plataforma de ataque del sistema capitalista. Es cierto que las ideas no son innatas, que provienen de la práctica social, pero también es cierto que hoy, como en ningún otro momento de la historia humana, las clases dominantes imponen su hegemonía, su control simbólico sobre el resto de la sociedad a través de su poderosa industria cultural, y del control y dominio que ejercen en la mayor parte de los contenidos que las tecnologías de la información y la comunicación hoy transmiten. Cuando en el proceso de construcción de un modelo socioeconómico alternativo al capitalismo se aceptan las prácticas sociales de este sobre la premisa de que pueden ser “humanizadas”, o “socializadas”, la batalla por la hegemonía política y cultural se encuentra perdida de antemano. En los últimos 70 u 80 años, hemos presenciado como el alucinante desarrollo del arsenal mediático de la industria cultural del capitalismo ha instalado (¿construido?) en la psiquis de la inmensa mayoría de individuos de nuestras sociedades sus valores, sus principios e intereses mientras que ha canalizado sus frustraciones y resentimientos en contra de sí mismos a través de la violencia inducida y del nihilismo para evitar que la dirijan en contra del sistema y sus amos. El capitalismo desata, desencadena, en sentido freudiano, las potentes fuerzas internas y egoístas del Ello, parte primitiva de nuestra estructura psíquica que nos empuja a actuar para cubrir nuestras necesidades, reales o inducidas, sin considerar las consecuencias a terceros o al entorno; el socialismo que habremos de construir debe, como bien lo señala el filósofo español Santiago Alba Rico, constituir un Yo (conciencia) colectivo y comunitario, un Yo que esté en paz consigo mismo, con sus semejantes y con el resto del ecosistema terrestre. Esto, dentro del capitalismo, es sencillamente impensable. Este universo simbólico creado por el capitalismo perpetúa, eterniza y “cotidianiza” las necesidades del sistema (en realidad de los dueños del sistema), como propias y específicas de cada uno de los hombres y mujeres de la tierra; a la par de ello, envilece la conciencia de la gente mientras sistemáticamente destruye la memoria histórica de los pueblos y toda manifestación de su patrimonio cultural, por ello, la construcción del socialismo implica el cuestionamiento y deslegitimación de las bases y principios simbólicos (creencias y valores burgueses) del modelo socioeconómico en el que vivimos, y no solamente, como hasta ahora hemos venido haciendo en Venezuela, el cambio lento y gradual en las estructuras productivas de nuestra sociedad. Para decirlo con las ideas del ecofilósofo español Jorge Riechmann, la democracia socialista requiere de otra dinámica, de otra concepción y filosofía del tiempo; una que permita la discusión mesurada y fecunda, el debate libre y razonado, la revisión de las decisiones. Una sociedad en la que la gente asume como parámetro normal “no tener tiempo” para la familia, para la salud, para el amor, para la vida, no puede permitirse la democracia. Los ensayos históricos de transformación del modelo capitalista en el siglo XX, conocidos como el “socialismo real”, constituyeron dramáticos intentos de construcción de un modelo social distinto, más humano, más justo, a los que la humanidad entera debe enormes conquistas sociales, económicas y políticas, pero que en su enorme mayoría colapsaron porque, entre otras causas, quedaron entrampados en la lógica y dinámica productivista y consumista, feroz y frenética, que le es propia y natural al capitalismo. De esas experiencias hoy podemos aprender que el núcleo del proyecto de construcción de un nuevo modelo socialista no está, no puede estar solamente, en superar al capitalismo como sistema económico y productivo sin atacar y destruir el modelo civilizatorio capitalista, con sus principios y valores, con su imaginario simbólico, con sus ritmos y dinámicas, porque, al fin y al cabo, ambos constituyen una unidad dialéctica. Una revolución socialista que no se plantee esto, está condenada al fracaso. Imperdonablemente se ha obviado que lo que nos mantiene atados al sistema son las poderosas cadenas y grillos de las conductas, las creencias y los valores burgueses, y a estos no hay forma de cuestionarlos y reemplazarlos manteniéndonos dentro de la lógica y dinámica del capitalismo. Los procesos de elevación de la conciencia implican meditación, reflexión, sosiego; el sistema capitalista niega, como estrategia esencial, el tiempo y los espacios necesarios para este tipo de actividades. El capitalismo es, en sí mismo, aceleración, crispación, tensión perenne y creciente; niega el tiempo para la paz y la tranquilidad porque estas detendrían la dinámica del rendimiento del capital, amén de abrir posibilidades de cuestionamiento epistémico y filosófico de su lógica y estructura. El capitalismo se ha apropiado del tiempo, lo ha convertido en una mercancía, y, peor aún, en un instrumento de control y alienación. ¡Time is Gold¡ dice el proverbio gringo, y al ser oro no puede ni debe ser desperdiciado en actividades que no generen beneficios económicos, por ello, no hay solución posible a la crisis ecológica dentro del capitalismo, pues los largos y lentos ciclos del resto del ecosistema terrestre coliden y son antagónicos con los cada vez más cortos y acelerados ciclos de reproducción del capital. En nuestra sociedad contemporánea la vida queda sometida a los frenéticos y cortoplacistas imperativos de circulación del capital y maximización de beneficios. Nuestra actual campaña electoral reproduce (una vez más) la lógica frenética e irracional que, al igual que en el resto del mundo, impusieron los “expertos” y las agencias publicitarias estadounidenses. No hay debate, no hay participación popular más allá de ser llevados masivamente en transportes como ganado a los sitios de las grandes concentraciones. En eso poco nos diferenciamos de la oposición fascista y apátrida, hay que reconocerlo. Se vuelve a argumentar el problema del tiempo: “No hay tiempo Camarada, las elecciones ya están encima”, “lo de la formación y discusión lo atenderemos luego” son frases que se vienen repitiendo desde hace ya más de una década. La aparatosa acumulación de capital y bienes materiales (especialmente las infaltables 4X4 todoterreno) que afrentosamente ostentan muchos dirigentes, funcionarios públicos, Alcaldes y Gobernadores del proceso bolivariano, se asemejan a las postas de una carrera contra el reloj. Parecieran creer tan poco en esta revolución que quieren garantizarse su prosperidad financiera para el caso (al parecer probable para los que así actúan) de que el Comandante Chávez pierda las elecciones o salga del poder por cualquier otro medio. El ejemplo y mensaje simbólico que con este tipo de conductas envían a las masas es, a la vez, deprimente y demoledor. Cuan diferente de la conducta del Presidente uruguayo Pepe Mujica y sus pedagógicos ejemplos de simplicidad y sobriedad o del mismo ejemplo que dio el Presidente Chávez hace algunas elecciones atrás cuando llegó a su centro de votación manejando él mismo un añejo, pero muy bien cuidado, Volkswagen escarabajo rojo.

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Vuelta del Río diez años después de un desalojo frustrado
Vuelta del Río diez años después de un desalojo frustrado
EcologiaporAnónimo8/22/2012

Promediaba marzo de 2003 cuando recibimos la noticia de una orden judicial que obligaba a una familia mapuche a abandonar sus tierras ancestrales. Recuerdo el abrazo de Don Fermín y mi juramento de que nada de esto quedaría impune. No perdemos la esperanza de que muy pronto se haga definitiva justicia con esta familia y con todas las comunidades mapuche que viven la amenaza de desalojos y la violencia de un sistema responsable de crímenes de lesa humanidad. Porque de eso se trata, sin eufemismo alguno. Mi testimonio en la justicia Promediaba marzo de 2003. La ciudad de Esquel, “el abrojal” a los pies de la cordillera andina, se hallaba a punto de pasar a la historia expulsando a una de las primeras transnacionales mineras del oro patagónico. En eso estábamos cuando recibimos la noticia de una orden judicial que obligaba a una familia mapuche a abandonar sus tierras ancestrales. Entre relatos cruzados por emociones dispares, familiares de los mapuches damnificados nos pidieron ayuda y decidimos partir hacia las tierras de la comunidad Vuelta del Río, donde una de las viviendas había sido derribada con saña y violencia extrema. Contamos y filmamos lo que vimos y no quedó medio de difusión de la Patagonia austral que no recogiera el informe. La descripción pormenorizada del suceso obligó al Superior Tribunal de Justicia de la provincia de Chubut a destituir al juez que había impartido la orden de desalojo, sin duda por la descabellada forma de llevarla a cabo. Recuerdo el momento y las preguntas del juez, quien tenía a la vista varios ejemplares de los medios periodísticos que habían publicado mis notas. Las podemos resumir así: Llegar a Vuelta del Río no es difícil pero requiere cierta paciencia para subir. Esa tarde nos avisaron del desalojo de una de las veinticinco familias mapuche que habitan las tierras de esa comunidad. La marcha de las seis mil personas contra la mina de oro del Cordón Esquel se detiene unos minutos frente a los tribunales de esa ciudad. Parte de los manifestantes son organizaciones mapuches que resuelven tomar las instalaciones del vestíbulo principal y pasar la noche hasta que la justicia atienda los reclamos de uno de los pueblos indígenas más castigados, brutalmente atropellado en su propio territorio. A la mañana siguiente abandonaron los tribunales con la promesa de que la justicia habría de rever el desalojo en el término de diez días. Con José Luis Pope, responsable del programa de televisión Protagonista que se difundía semanalmente por Canal 7 de Chubut, salimos hacia Vuelta del Río. Después de 90 minutos de auto desde la ciudad de Esquel hasta el puesto sanitario camino a El Maitén cruzamos a pie las nacientes del Río Chubut para llegar dos horas después a El Galpón. El jefe de la familia desalojada, Don Mauricio Fermín bajó con cinco caballos que nos trasladarían hasta la comunidad, tarea que quiso hacer personalmente. Callado, siempre en silencio, la mirada de este abuelo mapuche que no le afloja al trabajo de campo mientras haya luz, me dejó mal. Sabíamos cuál había sido el desenlace de lo ocurrido en las tierras mapuche-tehuelche de Vuelta del Río y la mirada de aquel hombre reflejaba desazón, angustia. Su sobrino contaba que después del desalojo frustrado Don Fermín no era el mismo. Y es cierto, mantiene durante el trayecto un permanente silencio aunque muy atento a lo que se dice. El respeto que le profesa el resto de las familias de la colonia no me sorprendió: Don Fermín no responde a los agravios, no es violento y no contestó los empujones ni la prepotencia policial. Su vida consiste en criar cabras (posee medio millar), una docena de terneros y algunas vacas, unas cuarenta ovejas, además de suficientes caballos para moverse en el campo y los bueyes que hacen el trabajo fuerte. Semejante labor en las alturas de ese territorio es por si misma, una hazaña. Se puso al frente e iniciamos la marcha de dos horas a caballo a través de riscales escarpados con partes que, debo admitir, me cortaban el aliento. Nos habían contado que la parte del desfiladero era la más difícil y ahora, transitándola, lo compruebo y reconozco mi susto. El sendero es inclinado hacia un precipicio de ignoto final, con base de piedra laja suelta y tan estrecho que no se cómo hacen estos cuadrúpedos para colocar dos de sus cuatro patas. Así que aflojé las riendas lo más que puede y dejé que el animal hiciera su trabajo, exclamando: "hágase tu voluntad amigo y no la mía", y me entregué, provocando la risa de doña Segunda y de Inés, la cuñada y la sobrina de don Fermín, que nos acompañaban. Hay que ver cómo se mueve esta mujer de setenta y tantos años, arrimando el caballo a una roca para saltar sobre él con particular estilo; es una verdadera institución entre las familias. Al avanzar entre las altas paredes de la montaña sólo se escucha el eco que los cascos provocan sobre esa laja esparcida, a pura fila india, como en una película del oeste americano. Me molesta la comparación, pero la hice. Después de dos horas a caballo llegamos a la colonia. Nos esperaba gran parte de la comunidad mapuche. La primera que se acerca es doña Carmen Jones algunos años más joven que don Fermín. Alrededor de un fogón próximo a un viejo árbol y debajo de unas chapas, se mantenía caliente otro costillar de capón. Pero nuestro ánimo era otro. Conocíamos la historia; ahora éramos parte. La humilde vivienda de bloques de adobe y techo de chapa era una danza de escombros. Veintidós policías de las comisarías de El Maitén y Cushamen aparecieron por sorpresa tres días antes, le colocaron el yugo al buey más manso de Don Fermín y soga mediante que envolvieron alrededor de la casa la derribaron de golpe con todos los enseres adentro. Las pocas paredes que aguantaron cayeron a puntapiés de las botas policiales, mientras José Vicente El Khazen, el hombre que reclama esas tierras, daba órdenes e instrucciones. Por algunos sitios asoman partes de la cocina, cosas de labranza, colchones y camas quebradas, el telar de doña Carmen y una muñeca descabezada de una de sus hijas. Más allá la huerta pisoteada con inexplicable saña, los corrales abiertos y los cables cortados donde momentos antes estaban las ovejas y las cabras que los forajidos de la ley intentaron arrear con ánimo de llevarse algunas. La cámara de mi amigo José Luis Pope recorría con dedicación minuciosa ese cuadro espantoso de intolerancia, despojo y fraudes legales como paso a contar: La familia de Don Mauricio Fermín y de doña Uberlinda Jones (Carmen) es uno de los veinticinco grupos familiares que habitan la Comunidad Mapuche-Tehuelche "Vuelta del Río". La familia de Don Fermín la integran diez personas en la reserva mapuche Cushamen. El despojo violento y criminal fue ordenado por el juez de instrucción de Esquel José Colabelli, según expediente Nº 2061/00, Mauricio Fermín sobre denuncia de El Khazen, de la localidad de El Maitén. La comunidad mapuche Vuelta Del Rio tiene personería jurídica otorgada por la Nación y por la Provincia del Chubut. Las tierras son reserva de estos pueblos originarios de la Patagonia. Pero por lo visto eso no alcanza, como tampoco los papeles que andan por los archivos históricos donde el general magnicida Julio Argentino Roca les dio 50 leguas en esa región, seguramente harto ya de matanzas. Un juez da lugar a un reclamo de quien fue acumulando tierras a la vieja usanza de canjear cosas, espejos e ilusiones pasajeras como viene ocurriendo desde hace 500 años. Personalmente creo que las tierras que reclama José Vicente El Khazen son ricas en metales, en piedras preciosas y semipreciosas, conforme a ciertas opiniones de geólogos. Supe también que la esposa del juez Colabelli tiene registrada una mina a su nombre en la zona de Cushamen. El vínculo de Colabelli con la minería lo descubrimos por casualidad. Dios quiso que mientras repasaba la lista de emprendimientos mineros de la provincia ante un periodista, un ingeniero amigo leyó de reojo el nombre de Gladys Carla Rossi advirtiéndome que es la esposa del juez Colabelli. El resto está claro. El expediente Nº 13399, en carácter de manifestación en la Dirección de Minas de Chubut, data de 1999 y registra una mina de cuarzo con el nombre de Carla I. No está en las tierras de don Fermín sino más hacia Piedra Parada, también en el departamento de Cushamen. No podemos evitar la superposición de estos hechos. Un juez que tiene inclinación por la minería, que el domingo 23 de marzo en el plebiscito en torno a la mina de oro El Cordón Esquel, votó a favor del emprendimiento en oposición al 80% de un pueblo que rechazó la minería, que intenta expulsar a la Comunidad Mapuche de Vuelta del Río escondiendo otros motivos de El Khazen y tal vez propios, no puede menos que permitirme la sospecha de quien es juez y parte. Así que aún emocionado, recuerdo el abrazo de Don Fermín y mi juramento de que nada de esto quedaría impune. De igual modo ante Rogelio, su hijo de 18 años y de los treinta mapuches solidarizados con la familia, presentes durante nuestra visita, a la vez que iniciaban la construcción de una nueva vivienda. Me consta que no están solos porque la decisión de toda la identidad indígena es muy clara: "de aquí nos sacan muertos". No será la primera vez que se tiña de rojo el suelo patagónico con lo mejor y más auténtico de sus pueblos: el alma. Concluía de ese modo una de las notas que formaron parte de nuestro testimonio y que influyeron en la destitución de José Oscar Colabelli como juez. Fueron publicadas por los medios de prensa de Trelew y Comodoro Rivadavia, y durante esa mañana no hubo programa de radio que no leyera la desventurada odisea de la comunidad mapuche. Sin embargo, decisiones políticas intervinieron años después y el 27 de diciembre de 2010, Colabelli fue restituido como juez penal de Esquel por el Superior Tribunal de Justicia del Chubut, declarando nula la sentencia que lo había relevado. Gustavo Macayo, abogado de la familia Fermín sostuvo que “hubo una decisión política” porque los argumentos de la apelación presentada eran viables y “sólidamente fundados en Derecho.” En el juicio llevado a cabo en El Maitén, los días 6, 7 y 8 del corriente, ratificamos aquella exposición, ahora como testigos en la causa contra el comisario César Ricardo Brandt, quien estuvo al frente del operativo policial que destruyó todas las mejoras y bienes de la familia Fermín en marzo de 2003. No perdemos la esperanza de que muy pronto se haga definitiva justicia con esta familia y con todas las comunidades mapuche que viven la amenaza de desalojos y la violencia de un sistema responsable de crímenes de lesa humanidad. Porque de eso se trata, sin eufemismo alguno. Recuerdo haberle dicho al juez que mis notas en los diarios no recogían totalmente lo que alcanzamos a ver en Vuelta del Río tras el paso de la horda policial que arrasó con toda la vivienda y enseres de la familia; que las crónicas que estaban ahí, en la mesa de su despacho eran incompletas. Me pide -manifestando sorpresa- que cuente “lo que considero que hay que agregar a la descripción apuntada”. Respondí que una cosa es observar y contar literalmente el daño que aparece a simple vista y otra es la suma de imágenes que incita respuestas reflexivas, de profundo dolor, por ejemplo, observar la huerta de doña Carmen aplastada por los cascos de los caballos de la policía. Es decir, la tropa policial se ensañó repetidamente con el campo sembrado destruyendo cultivos y hortalizas que se estaban por recoger, lo que permite definir la mente retorcida, siniestra, de quien dio la orden. Resalté que en las alturas de pre cordillera patagónica, las heladas y nevadas son frecuentes anunciando el invierno, el frío en la Patagonía siempre se vive anticipadamente, y estos alimentos son el oro más preciado de pobladores que hacen verdadera historia -y país- en esos lugares. Si a esto le agregamos que parte de la soldadesca que intervino pretendía arrear con algunas cabras, estoy hablando de facinerosos, no de policías.

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