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Primer post: 28 mar 2015Último post: 19 sept 2015
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Alejandro Malaspina. El viajero del mundo
Alejandro Malaspina. El viajero del mundo
Ciencia EducacionporAnónimo3/28/2015

ALEJANDRO MALASPINA. LOS COMIENZOS DE UNA PASIÓN Alejandro Malaspina, "El Viajero del Mundo", marino nacido en Mulazzo en 1754, un pequeño pueblo de la Toscana, hijo de una familia noble venida a menos, tercer hijo de Cario Morello, marqués de Mulazzo, y de Caterina Melilupi, sobrina de Fogliani, ministro de Carlos III en el reino de Napóles y virrey de Sicilia por aquel entonces y de donde partió a la edad de siete años a Palermo, a la residencia de su tío Giovanni Fogliani Sforza, para partir de nuevo tres años después a Roma a estudiar en el prestigioso colegio para nobles Pío Clementino donde permaneció más de un lustro (realmente casi dos) interesándose, sobre todo, por la ciencia y la geografía, de hecho, su tésis, se decanta por el lado científico, que fue su verdadera pasión (Theses ex Physica Generali). De aquí, regresó de nuevo a Palermo, desde cuyo puerto aprendió a ver el mar, con otros ojos. Su ilusión era sentir el olor del mar, ver sus colores, tocar las latitudes, acariciar los vientos, inspirarse en las hazañas del pasado, descubrir nuevos puertos, nuevas tierras, nuevas aventuras llenas de sueños, naufragios, barcos imponentes, nuevas ciencias en nombre de la humanidad, pasiones que llenaban su corazón intrépido y aventurero en busca del conocimiento.....en aquel siglo que prometía empezar con fuerza, un grandioso barco de la Armada Real, prometía todo eso y mucho más, así pues, cuando en 1773 terminó sus estudios, Malaspina decidió seguir la carrera militar en la Real Armada de Su Majestad Católica Carlos III de España, donde los nobles nacidos en el ducado de Parma o en los reinos de Sicilia y Nápoles servían en virtud de una fidelidad caballeresca o feudal. EL HALCÓN MALTÉS Su primera escuela náutica fue el Mediterráneo, concretamente el mediterráneo occidental, cuyo bautismo duró un par de meses durante el otoño de 1773, embarcado en un navío de la Orden de San Juan de Jerusalén, concretamente a bordo del navío maltés "San Zacarías", para completar las enseñanzas de matemática y astronomía y comprender que el mar no es un criterio exacto para definir fronteras ni en lo geográfico, ni en lo humano, comprendió que el mar es a la vez foro y templo, libertad y tiranía, ciencia y religión, comercio y rapiña, archivo y documento, en resumidas cuentas, vida y tumba. Gracias a su investidura como Caballero de la Orden de Malta ingresó en la Armada española como Guardia Marina en 1774, debido en gran parte a las estrechas relaciones que unían a la Marina maltesa y española. Llegó por fin a la España que recorre el camino de la Ilustración con paso firme pero con escollos peligrosos, donde los deseos de unos ilustrados con formación y motivación consciente, chocaban contra viejas instituciones como la Mesta, la Inquisición y los señoríos. Una España abocada a enfrentarse con sus contradicciones internas que el proceso revolucionario francés pondría de manifiesto poco tiempo después. Aquí es interesante hacer una reseña del significado de los vínculos de unión entre la Orden de Malta y la Corona de España, ya que conviene saber que fueron muchos los Grandes Maestres de procedencia española durante el siglo XVIII, y que desde que Carlos V concediera la Isla de Malta a la Orden de San Juan, ésos Grandes Maestres eran investidos por el mismo rey de España, y en el momento de su investidura, el Gran Maestre le entregaba a su vez al rey como gesto del símbolo de su soberanía un halcón, el conocido como HALCÓN MALTÉS, aunque no se lo daba al monarca en persona, si no que lo hacía al Virrey de Sicilia, por lo que no es descabezado el decir que un monarca que protege a una Orden Militar a la que concede una Isla, delegando en su máxima autoridad parte de su gran e inmenso poder, siendo correspondido con la entrega periódica de un tributo simbólico, como es el caso de un halcón a través del virrey de Sicilia representando el reconocimiento y disposición de vasallage manifestando la voluntad de servicio debida, como decimos, no es descabezado ni fuera de orden y lugar pensar en Malaspina en estos términos, el halcón maltés entregado como tributo a la corona de España, como símbolo perfecto de agradecimiento tributario. Para concretar, digamos que su llegada a España coincide con el Maestrazgo del navarro Francisco Jiménez de Tejada (1773-1775), nacido en Funes, Navarra, y que marcaría el comienzo de la decadencia de la Orden, siendo también Malaspina uno de los últimos halcones entregados al gobierno de Su Católica Majestad, de hecho Jiménez de Tejada fue el último Gran Maestre español de la Orden de San Juan de Jerusalén y antepenúltimo en ejercer una soberanía independiente. LLEGADA A ESPAÑA EN UN CÁDIZ ILUSTRADO En Cádiz, una ciudad abierta al Atlántico, al comercio y a las ideas, le llegaron al futuro aventurero la oportunidad de relacionarse con inquietos hombres de ciencia y completar su afán por el saber. Allí se vivía una época de esplendor y progreso que unía la monarquía española con América y las islas Filipinas. Fue en Cádiz donde conocería también a jóvenes marinos de espíritu ilustrado, como Dionisio Alcalá Galiano, con quien más tarde compartirá travesías y horizontes. Allí, en Cádiz, se encontraba la Academia de Guardias Marinas donde un ministro de Felipe V había querido proporcionar a la Armada oficiales capaces de estar a la altura de los tiempos, solo que, poco después y más concretamente al final del reinado de Carlos III y sobre todo, en el de Carlos IV, los tiempos no estaban a la altura de esos oficiales, como después veremos. En Cádiz se perdía la vista ante los impresionantes barcos de guerra y los navíos que arribaban triunfales a su puerto cargados con exóticas y valiosas mercancías procedentes de América, Cuba y Filipinas, llegaban también noticias de ataques ingleses y el eco de grandes desastres navales. Inglaterra, la vieja potencia que anhelaba abrirse paso al mercado de las Indias, poseía ahora la armada más poderosa de todos los mares, dando al marino la importancia que en ese tiempo en España no se le supo dar, considerando al marino como un oficio de segunda, en un negocio de primera. Opiniones encontradas que darían su razón con el paso de los años venideros, donde en las batallas navales y aventuras de descomunal envergadura e importancia, marinos como Malaspina encontraron su fin en el fondo marino, o flotando en el olvido de la memoria. Alejandro Malaspina, Gravina, Churruca, Alcalá Galiano..... Cádiz traería eso.... y algo más. Poco después de su llegada a Cádiz, es destinado al departamento de Cartagena. Imagen de Cádiz en la época. ACCIONES DE GUERRA Alejandro Malaspina navegó por todos los mares; atravesó el Atlántico, surcó el Índico, llegó al mar de la China, y participó en arriesgadas acciones militares,entre éllas lo encontramos embarcado en la fragata Santa Teresa defendiendo la ciudad de Melilla, sitiada por la hueste marroquí en 1775, o las desencadenadas con motivo de la guerra contra Inglaterra por la emancipación de sus trece colonias norteamericanas que se llevaron a cabo en el entorno de Gibraltar, permitiendo el bautizo de guerra naval a mar abierto de Malaspina en los cabos de Santa María contra la flota del Almirante Rodney, en 1779, en la que después de caer en manos enemigas logró librarse y tomar el mando del navío apresado, conduciéndolo con habilidad al puerto de Cádiz, siendo ascendido a Teniente un año después, o el combate de Espartel, al mando del Teniente General don Luis de Córdoba contra los ingleses del Almirante Howe, y también fracasos como el mal organizado asalto a Gibraltar de 1782 y la lucha contra el propio almirante Howe, donde Malaspina se distinguió salvando a muchos soldados que corrían el riesgo de ahogarse siendo arrastrados por las olas que barrían las barcazas destruidas por los cañones ingleses, hombres mutilados y agonizantes que caían al mar sin remedio alguno, conocido como el desastre de las baterías flotantes, tristemente el recuerdo de este día, fue la falta de entendimiento entre los mandos, que pagó cara la historia de los hombres que lucharon allí, como lo harían después en otros sitios mal dirigidos a una muerte segura por la incertidumbre de la irresponsabilidad. Pero estas acciones de guerra fueron la verdadera escuela de Alejandro Malaspina, navegar mucho y tener la inmensa fortuna de asistir al mayor número de combates y naufragios posible, y vivir para contarlo. No eran pocas las voces que desde las más elevadas instancias de la Marina española, tanto a nivel de enseñanza como de preparación militar, clamaban por una reforma estructural en un oficial piloto ilustrado científicamente, ya que así lo aconsejaban los serios reveses que las escuadras españolas sufrieron en la mar, haciendo posible el tener en cuenta la importancia de la preparación científica puesto que la que había hasta el momento era insuficiente, cosa importante ya que sin ciencia, nada es posible. INDICIOS DE UNA DESGRACIA Merece la pena, y es apropiado, hacer aquí un pequeño inciso en la historia de este ilustre marino, para aclarar determinados aspectos de lo que a la postre, sería el germen que daría fin a su carrera, su proyecto, y que empezó dejarle morir. Entre 1783 y su llegada a Cádiz en 1788, Malaspina fue investigado por el Santo Oficio, debido a una delación de Agustín Alcaraz, maestro de víveres de la Real Armada. Concretamente el expediente se abrió en octubre de 1783 por el Tribunal del Santo Oficio de Cartagena, y las acusaciones consistían en que estando embarcado el año anterior en la fragata Santa Clara "hablaba y leía en francés" y que se mostraba poco respetuoso durante la ceremonia del rezo del Rosario que se celebraba a bordo, pues "se paseaba con el sombrero puesto" y "ostentosamente, se retiraba a su cabina" antes de que finalizara, así como que "discutía acaloradamente con el capellán de la nave acerca de la transmigración de las almas". La encuesta inquisitorial, parecía cerrada definitivamente en 1788, después de innumerables testimonios a su favor, teniendo en cuanta también que Alejandro ni fue llamado a declarar entonces, ni sufrió condena alguna hasta que la causa fue reabierta en 1794 -1795 donde se rescató dicho expediente con motivo de otras acusaciones más graves, aunque de naturaleza diferente, y ya no se cerró hasta su encarcelamiento en 1796. Darío Manfredi, el mayor experto en el expedicionario científico hasta la fecha, afirma que Godoy, advertido del peligro que representaba la popularidad de Malaspina, se había procurado los instrumentos necesarios para desembarazarse de un peligroso rival político. Conocemos estas actuaciones gracias al profesor Eric Beerman quien halló en el Archivo Histórico Nacional de Madrid la denuncia del Fiscal del Santo Oficio contra Alejandro Malaspina, pero la caída en desgracia del insigne marino, vendrá después, sólo cabe decir que el mar es un coleccionista apasionado de las batallas, aventuras y epopeyas de los hombres que las han iniciado y morían en ellas o eran simplemente olvidados en la historia o relegados a un segundo plano creyendo en un principio que iban a resolver destinos entre fronteras y religiones y no conflictos entre reyes y estados, o envidias y desazones entre los validos y mandatarios que tristemente no fueron dignos de la importancia de una nación, o el olvido menospreciado y recurrido meramente por el interés sin importar para nada el sacrificio de una profesión. Pero de esto, como se ha comentado antes, hablaremos después, ya que ahora sólo sirve como referencia. LA PREPARACIÓN DE UN PROYECTO En 1782, siendo ya capitán de fragata, mandó la Asunción con la que viajó a Filipinas, regresando a España en 1784. Desde julio del 84 a septiembre del 86 estuvo inmerso en dos proyectos de preparación científica para completar sus estudios superiores, el Curso de Estudios Mayores y el Atlas Marítimo, completando una eficaz preparación en Astronomía Náutica, entre otras muchas materias, pasando a formar parte de una élite de marinos españoles que fueron sin duda la flor y nata de la Armada, lista que incluía los nombres de Espinosa, Belmonti, Canelas, Alcalá Galiano, Vernaci, todos ellos pasaron a formar parte, poco después, de la Expedición Malaspina. A continuación realizó un viaje de circunnavegación alrededor del globo, que duró dos años, a bordo de la fragata Astuca que le convirtió en el decimotercer marino que conseguía dar la vuelta al mundo. En el transcurso del viaje proyectó el que más tarde habría de efectuar con las corbetas "Descubierta" y "Atrevida", expedición de objetivos científicos que le dieron renombre universal. Las potencias europeas del siglo XVIII no luchaban en el Pacífico por la gloria nacional y el desarrollo científico. El trasfondo de las expediciones científicas era claramente político, así quedó demostrado con las llevadas a cabo por James Cook, Jean François Galaup, conde de La Pérouse, Louis Antoline de Bouganville....la frontera a batir era esa gran extensión desconocida de agua entre Asia y América con sus archipiélagos y la promesa de un continente todavía por descubrir, convirtiendo aquel océano en un inmenso laboratorio y una vasta escuela para Europa cuyos objetivos no eran ni mucho menos inocentes, digamos que el proyecto nació como una combinación de intereses. No es despreciable el factor de emulación a los franceses y, sobre todo, de los ingleses, los grandes rivales en todo el orbe y especialmente en el Mar del Sur, el antiguo “lago español”. Es preciso recordar que los viajes de Cook pesaron mucho, pues habían lanzado a Gran Bretaña a unas cotas de prestigio inusitadas en una época en que la ciencia y los descubrimientos geográficos servían al doble propósito de engrandecer, real y simbólicamente, la fortaleza de una nación. Sin embargo, también hay que subrayar que España aún poseía el mayor dominio colonial del planeta; es decir, la Monarquía tenía sobrados motivos para fletar una expedición destinada a investigar e inventariar los recursos naturales y sociales de sus posesiones. PREPARATIVOS PREVIOS, PROPÓSITOS Y CAMBIOS La expedición Malaspina, sin duda la expedición con más riqueza de medios de todas las financiadas por la corona española del siglo XVIII, de índole distinta a las del siglo pasado, en las que la mayoría de los grandes y costosos viajes estaban subvencionados por compañías comerciales, no fue ajena a la situación comentada al final del apartado anterior. El viaje, además de contribuir a la gloria de la monarquía con investigaciones científicas y geográficas, tuvo claro trasfondo político, como el propio Malaspina lo reconocía de forma tajante en el plan que presentó al Ministro de Marina y secretario de Indias Antonio Valdés, nombrando a Cook y La Pérose como seguimiento digamos de la parte científica así como el trasfondo político mediante el estudio del estado del comercio recíproco. Alejandro Malaspina contó con el entusiasta apoyo de Valdés y Floridablanca,y con el beneplácito de muchos científicos notables y acreditados jefes de la Armada que avalaron su proyecto. Malaspina consigue el permiso para acceder al Archivo de Indias y así explorar la memoria del continente americano con la incierta esperanza de volver de allí repleto de palabras y ciencia como otros lo están de oro y engañosa soberbia, más enfrascados en el embriagador trabajo de acaparar riquezas que en comprender la ciencia y solucionar los problemas de un vasto imperio todavía por descubrir. Consulta los relatos de Jean François Galaup, conde de La Pérouse, del matemático Jhon Wallis, de otro explorador como el Conde de Bouganville, James Cook, o los investigadores Spallanzani, Rangone, Pearson y a otras tantas personalidades ilustradas de la época a quienes pidió consejo y ayuda. Sus pretensiones eran el estudio de las coordenadas geográficas, observaciones de carácter astronómico, trazar cartas hidrográficas, analizar la dieta de las personas embarcadas para luchar contra el escorbuto, la denominada "peste de las naves" e incrementar el conocimiento de las ciencias naturales mediante la identificación de especies desconocidas de fauna y flora, que se incorporarían al conocimiento de los tiempos. Asimismo, también se comprometía a comunicar a la Corte el estado económico y social de las posesiones españolas en América, estudiando el estado de la legislación y su índice de aplicación, y, en virtud de todo ello, proponer las reformas que se considerase oportunas. Cabe decir que la expedición no tenía una misión fija, aunque tuviese unos objetivos generales definidos claramente, y que era necesario supeditar estos objetivos a unas circunstancias y prioridades políticas que justificaban una inversión de tal magnitud por parte de la Corona española, que eran la cada vez más amenazante presencia inglesa en el Pacífico y la penetración rusa por la Costa Noroeste, a las que hay que añadir la hipotética existencia de un paso navegable que une por el norte el Pacífico y el Atlántico, cuestión esta última muy importante para los intereses de España, nos referimos desde luego a la noticia que acababa de estallar en Europa, concretamente en la Academia de Ciencias de París que había hecho pública la existencia del paso de Ferrer Maldonado a través del geógrafo francés Buanche, basándose en la legitimidad del viaje realizado por el español Ferrer Maldonado en 1588 desde Nueva Inglaterra al Pacífico desembocando hacia el paralelo 60 de latitud Norte, las órdenes, claras y precisas, que si bien no eran de su agrado ya que había abandonado la idea de viajar hacia esa latitud por no retrasar más a la expedición, tuvo que acatar con celo: tomar posesión de la zona de forma inmediata, en nombre de la Corona de España. En el diario de viaje el propio Malaspina no deja lugar a dudas de la importancia de este hallazgo, de confirmarse el mismo. La orden de cambiar los planes de la expedición la recibió una vez puesta en marcha la expedición en 1791, como veremos más adelante. De hecho, la expedición Malaspina se constituyó con el nombre de "Viaje científico y político alrededor del mundo" y aunque Alejandro Malaspina fue el "alma máter" de la expedición, es preciso recordar que contó con la inconmensurable ayuda del otro grande promotor de la expedición, José Joaquín de Bustamante y Guerra, y no podríamos pecar de pretenciosos si la expedición se le conociera con el nombre de "Malaspina-Bustamante". En la imagen, José Bustamante y Guerra. EXPEDICIÓN MALASPINA Como se ha dicho anteriormente, el proyecto recibió la aprobación de Carlos III, dos meses exactos antes de su muerte. La expedición, que contaba con las fragatas Atrevida y Descubierta, zarpó de Cádiz el 30 de julio de 1789, llevando a bordo a la flor y nata de los astrónomos e hidrógrafos de la Marina española, como Juan Gutiérrez de la Concha, acompañados también por grandes naturalistas y dibujantes, como el profesor de pintura José del Pozo, los pintores José Guío y Fernando Brambila, especialista en perspectiva, el dibujante y cronista Tomás de Suria, el botánico Luis Née, los naturalistas Antonio Pineda y Tadeo Haenke (la calidad de la tripulación no se reducía a su dotación científica: asimismo participó en la expedición Alcalá Galiano, que moriría heroicamente en Trafalgar), Bustamante y Guerra como segundo Comandante, Dionisio Alcalá Galiano, José Espinosa y Tello, Cayetano Valdés, Ciriaco Cevallos, Bauzá y Cañas y un largo etcétera que pecamos de injustos por no nombrar, y nombramos a los ya dichos, como referencia ni más ni menos importante, para no hacer sobradamente extenso el documento, solamente decir que se seleccionan 204 marinos que acompañaran a 2 médicos, 2 capellanes, un cartógrafo, cuatro pilotos, seis dibujantes y tres naturalistas, y que aparte de algunas deserciones, sólo hubo 20 muertos en los cinco años que duró la expedición. Los navíos fueron diseñados y construidos especialmente para el viaje y fueron bautizados por Malaspina en honor de los navíos de James Cook Resolution y Discovery (Atrevida y Descubierta), dos nuevas corbetas de 350 toneladas, con un armamento de 22 cañones y capaces para una dotación de 100 hombres cada una de ellas, construidas en La Carraca (Cádiz). En la imagen, corbetas Atrevida y Descubierta. Con José de Bustamante al mando de la "Atrevida" y Alejandro Malaspina en la "Descubierta" las corbetas se hicieron a la mar, como hemos comentado, desde Cádiz, el 30 de julio de 1789, pasando por la Islas Canarias y el archipiélago de Cabo Verde, y cruzando el Océano visitaron el puerto de Montevideo, levantando después la carta del Río de la Plata. Recorrieron las costas de la Patagonia, recalando el el puerto Deseado, para más tarde alcanzar las Malvinas. Tras avistar la Tierra del Fuego, y doblar el Cabo de Hornos, nos detenemos en él para visualizar el grado de dificultad que tuvieron que abordar los valientes marinos. Marca el límite norte del Paso Drake, el mar que separa Sudamérica de la Antártida. A la vez, el meridiano que marca la división geodésica entre los océanos Pacífico y Atlántico parte desde el cabo de Hornos hacia el océano Glacial Antártico. Durante muchos años, el cabo de Hornos fue uno de los hitos principales de las rutas de navegación de embarcaciones a vela, las que comerciaban alrededor del mundo aun cuando las aguas en torno al Cabo son particularmente peligrosas, debido a sus fuertes vientos y oleaje y la presencia de icebergs. Frecuentes tempestades, icebergs inadvertidos y corrientes capaces de levantar las olas más temibles y gigantescas son las condiciones perfectas para que doblar el Cabo de Hornos sea considerada una proeza de magnitud extraordinaria, incluso hasta hoy en día. Las olas pueden llegar a ser tremendas. Cuando los vientos soplan en sentido contrario al de la corriente marina que da la vuelta al polo se puede asistir a un espectáculo dantesco. Los huecos entre ola y ola son verdaderos agujeros a los cuales se suman y contraponen olas gigantes que alcanzan hasta los 30 metros, y son descritas por los marinos como verdaderos muros de agua que aparecen repentinamente para machacar el barco. En la imagen, el Cabo de Hornos, "donde termina el mundo". Con estas palabras, definiría el propio Alejandro Malaspina la navegación por el cono austral: " Por estos desangelados parajes no convienen los rumores de ultratumba. La costa del Fuego se muestra alta y nevada, ocultando valles y llanuras coloreadas por una vegetación multicolor elevada sobre una capa de nieve que anuncia el ocaso estival. Alcanzarán los 52 grados de latitud, y en esa región soplan vientos temibles apodados «los cincuenta furiosos»; luego, llegados al paso Drake, rugen «los sesenta aulladores», con olas cortas y empinadas arrastrando incontrolados icebergs que amenazan destruir las frágiles embarcaciones solo con pensarlo. Son contornos inciertos, donde la nada lo envuelve todo resquebrajando el ánimo del navegante, que sospecha el peligro de una naturaleza indómita. Acechan el frío, el hambre, la soledad, el naufragio. Y cuando la mirada busca el polo, un campo de hielo inunda el pensamiento, la desconfianza aumenta y cualquier esperanza se diluye imaginando un mar sólido insuflado de vida por el viento. Aventurarse por el océano austral es temerario, pero no hay marcha atrás. Ni es la primera vez ni será la última. Así se planificó y se ejecutará tal cual. No se construyeron estos barcos para sucumbir a los elementos, al menos en esta ocasión". Este dibujo de Fernando Brambila refleja la navegación de la corbeta Atrevida el día 28 de febrero de 1794 por este mar plagado de bloques de hielo. A comienzos de 1790 alcanzaron las aguas del Pacífico y, ascendiendo hacia el Norte, llegaron a las Chiloe, Valparaíso, Conquimbo, la isla de Juan Fernández, que es en realidad un archipiélago mítico de piratas y tesoros, cuenta como principal relato la leyenda de Robinson Crusoe, personaje que lo hizo mundialmente conocido y que cuenta la verdadera historia del marinero escocés Alexander Selkirk, el que abandonado por el capitán de su barco, permaneció aislado por 4 años y cuatro meses en la isla. Declarado uno de los diez lugares más aislados del mundo, y a sólo 674 kms del continente, este territorio insular chileno siempre ha fascinado a quienes lo han conocido. Hoy en día este archipiélago es mucho más que leyendas, es un territorio privilegiado por la naturaleza, con una espléndida flora y fauna endémicas, y de allí llegaron también a el Callao, donde permanecieron desde el 28 de mayo, fecha de su arribo, hasta mediados de septiembre de 1790. Isla Robinson Crusoe, en el archipiélago de Juan Fernández (Chile) De acuerdo con los proyectos científicos de la expedición, todas sus visitas fueron acompañadas de viajes de estudio al interior para recoger información. A principios de octubre de 1790 alcanzaron Guayaquil donde permanecieron poco más de un mes y donde recibieron las noticias atrasadas de una Europa revolucionaria convertida en polvorín y del frustrado atentado contra el Conde de Floridablanca, para partir posteriormente hacia Panamá donde observaron y estudiaron los niveles de ambos océanos para albergar la posibilidad de construir un canal que comunicara el Atlántico y el Pacífico, pasión esta de los europeos desde que Núñez de Balboa descubriera el mar del sur en 1513. En diciembre de 1790, las corbetas partieron de Panamá y surge un problema de espacio y tiempo que Malaspina soluciona separando la trayectoria de las dos corbetas (enero 1791); la "Atrevida" viajaría directamente hacia Acapulco y San Blas, donde se prepararían las futuras etapas de la expedición, y la "Descubierta" inspeccionase las costas de Guatemala y Nueva España para encontrarse finalmente las dos corbetas en Acapulco, donde permanecerán veinte días, tiempo suficiente para recoger las órdenes remitidas desde Madrid, embarcar a los oficiales cartógrafos Espinosa y Cevallos y aprovisionarse de leña y agua. Atrevida y Descubierta en el puerto de Acapulco. Con las órdenes expresas, el 1 de mayo de 1791 parten hacia su destino, la campaña del noroeste, y en pocas jornadas rebasan los 27º de latitud, para a mediados de mes superar los 50º, donde el frío se hace más intenso pensando en la inquietante presencia de los rusos en Alaska, y con mayor precisión que cook en su momento, el 27 de junio alcanzan los 59º de latitud Norte y el puerto de Mulgrave. Casi dos meses después de salir de Acapulco. En las cercanías de Mulgrave, cerca de la costa, los expedicionarios descubren una culebreante entrada similar al terreno descrito por Ferrer Maldonado. Examinada, comprueban que el canal desemboca en una inhóspita bahía conformada por una enorme masa pétrea cubierta de hielo que nada tiene que ver con la imaginada puerta hacia el Atántico. La bahía recibe el nombre de Bahía del Desengaño. La comitiva toma posesión del lugar. La tradicional botella enterrada en la playa junto a una moneda que identifica a la nación propietaria para que el afortunado testigo que la encuentre tenga precisas noticias del reconocimiento. Durante su estancia en la zona descubrieron dos islas, Haenke y Pineda, además de estudios etnológicos sobre la población indígena y midiendo la altura del monte San Elías y las peculiaridades de su glaciar, al que dieron el nombre de Malaspina, y que hoy todavía se conserva. Se adentraron hasta el paralelo 60, encontrando más de lo mismo, es decir, rocas y hielo rumbo del Polo Norte en las inmediaciones de un Ártico desesperanzador en la idea de encontrar un canal interoceánico. Desde aquí, regresaron al Sur camino de la Bahía del Príncipe Guillermo hacia su destino, el archipiélago de Nutka, donde atracan el 13 de agosto de 1791 encontrando una fortificación compuesta por la tripulación de la fragata Concepción y una compañía de voluntarios de Cataluña, en unas condiciones humanitarias y sanitarias bastante desfavorables, aunque se conservaban un orden y disciplina muy adecuados, pese a que se encontraban algo abandonados a su suerte por una corona que dejaba bastante que desear, sabiendo que era una colonia reciente disputada agriamente a los ingleses que frecuentaban esas aguas, y asediaban constantemente a las tropas allí establecidas. Cabe decir que, poco tiempo después, tras la tercera Convención de Nutka en 1794, firmada por el entonces Duque de Alcudia , Manuel Godoy y Álvarez de Faria y el Barón de Saint Helens por parte del Reino Unido, permitieron que en 1795 Las fuerzas españolas evacuaron Nutka el 2 de abril , en presencia de un representante de cada país, se izó la bandera británica y se declararon devueltos a este país los "Edificios y Distritos de terreno", sin precisarlos. En las siguientes imágenes, Fuerte de San Miguel y asentamiento español en Nutka. aunque estos hechos, corresponden a otra historia, sólo se deja constancia aquí para evaluar el compromiso real de la corona española, para con sus posesiones en ultramar, cosa que ya dejó patente Malaspina en su informe al regresar a España, y es de vital importancia a tener en cuenta, como se verá después. En las imágenes, Fuerte San Miguel en Nutka y asentamiento español. Después de quince días de estancia en Nutka, emprendieron viaje hacia Monterrey y Acapulco, para salir de nuevo el 2 de diciembre de 1791 con destino al archipiélago de la Filipinas, siguiendo la ruta del Galeón de Manila (era el nombre que se les daba a las naves españolas que cruzaban el pacífico entre los puertos de Manila y Nueva España) llegando a Manila el 25 de marzo de 1792. En la imagen, las corbetas descubierta y Atrevida en una isla Filipina. Tras pasar por las islas Marshall y las Marianas, isla de Guam, y visitar varios puertos, la "Atrevida" llegó hasta Macao y a su regreso continuaron hasta la Tierra Austral del Espíritu Santo, Nueva Zelanda y las islas Vavao en el archipiélago de Los Amigos, hoy conocido como Tonga, donde arribaron a finales de mayo de 1793. Posteriormente, retornaron a las costas del continente americano, tocando los puertos del Callao en el Perú y Talcahuano en Chile. Doblaron por segunda vez el Cabo de Hornos, esta vez de Oeste a Esta, reconocieron el archipiélago de las islas de Diego Ramírez en Chile, a 56º32,2' de latitud sur y a uno 100 kilómetros al suroeste del Cabo de Hornos, y que son consideradas el punto más austral del continente americano, siendo también la tierra más cercana al territorio antártico del mundo. En la foto, una de las islas del archipiélago de Diego Ramírez. También recorrieron las costas orientales de las Malvinas, llegando a Montevideo donde se reunieron las dos fragatas, ya que se habían separado antes de cruzar el Cabo de Hornos. De Montevideo, emprendieron el regreso a España rumbo de la Azores y arribando al puerto de Cádiz el 21 de septiembre de 1793. Ruta expedición Malaspina. INFORME DE LA EXPEDICIÓN Se habían empleado cinco años en lo que resultó ser un modelo de organización y eficacia sin parangón, con un coste estimado en dos millones de reales. En numerosos ensayos se ha expresado la opinión de que pese a los espectaculares logros de la expedición se perdió gran parte por la nefasta gestión administrativa española, ignorante con la ciencia, lo que sin duda condujo en el futuro a la dependencia científica de España respecto a otros países, pero, a pesar de Godoy, el informe no se destruyó. Aquel informe enciclopédico que Malaspina entregó al gobierno español como conclusión a su viaje científico y político alrededor del mundo fue publicado por primera vez en 1885 por el marino Pedro de Novo y Colson con el nombre de Viaje político-científico alrededor del mundo por las corbetas Descubierta y Atrevida, al mando de los Capitanes de navío don Alejandro Malaspina y don José Bustamante y Guerra desde 1789 a 1794. En él, se detallan 70 cartas hidrográficas y náuticas, más de ciento cuarenta mapas, trabajos sobre el magnetismo terrestre y la gravedad, habían inspeccionado las más ricas minas de Méjico y Perú y examinado sus recursos productivos y sus métodos de extracción, habían recogido innumerables pliegues de herbario de unas 14.000 plantas, estudios fisiológicos de más de 500 especies botánicas y minerales, gran cantidad de minerales y animales, cerca de un millar de imágenes de tipos étnicos, paisajes, flora y tradiciones representadas en dibujos, croquis, bocetos y pinturas. De la gran parte de todo ese material que acumularon en esos cinco años, no se ha conservado más que lo que hemos expuesto aquí, ya que desgraciadamente, algunos materiales, como ciertas observaciones astronómicas y de historia natural, se habían perdido para siempre. Durante el proceso de Malaspina en 1795 se habían pretendido eliminar los materiales de la expedición, que, sin embargo, fueron preservados en la Dirección de Hidrografía del Ministerio de Marina. La ambición del proyecto y la calidad del material estudiado supusieron una obra cumbre en el desarrollo de la Ilustración española, 20.000 documentos en aproximadamente un millón de páginas de información manuscrita, reducidas a siete volúmenes. A través de sus diarios y escritos, tuvieron cabida los distintos aspectos de la realidad del imperio, desde la minería y las virtudes medicinales de las plantas hasta la cultura, y desde la población de la Patagonia hasta el comercio filipino. De esta forma culminaba, siguiendo los principios de la Ilustración, la experiencia descubridora y científica de tres siglos de conocimiento del Nuevo Mundo y la tradición hispana de relaciones geográficas y cuestionarios de Indias. Y lo hicieron bajo una fórmula característica del período ya que, influenciado en el carácter científico y naturalista de la Ilustración, lo que Malaspina hizo en realidad fue componer una auténtica "física de la Monarquía". La importancia de aquella expedición colocaba a Alejandro Malaspina al mismo nivel que las realizadas por Cook, La Pérouse y Bougainville. El valor y méritos de los logros científicos españoles igualaba a de los ingleses y franceses, o incluso los superaba, aunque hasta tiempos más bien recientes, no se ha sabido dar la importancia de la inmensidad de aquella expedición, ni la historia, la ha sabido colocar en su sitio. Malaspina consideraba fundamental eliminar los obstáculos al comercio establecidos por el monopolio aplicado por los españoles que se caracterizaba por la prohibición del comercio interregional, con medidas de liberalización insuficientes en este campo. Lo paradójico del caso es la inmensa fortuna gastada por la Corona española para el gasto de la expedición de la que se extrajeron conclusiones que chocaban frontalmente y de pleno con los intereses metropolitanos basados en la dominación política y el férreo control mercantil, que sólo enriquecía a unos pocos. Los informes emitidos en este tema, habrían podido proporcionar guías de conducta que hubieran podido ser estudiadas y aplicadas en la mejor manera, pero fueron desechadas de pleno. Malaspina no podía concebir la idea de gobernar tan vasto territorio en esas condiciones, sin tal siquiera conocerlo ni conocer a sus gentes, y así lo expresaba en su Diario de Viaje: "...Es necesario conocer bien América para navegar con seguridad y aprovechamiento sobre sus dilatadísimas costas y para gobernarla con equidad, utilidad y métodos sencillos y uniformes (...) Es preciso fijarse en la naturaleza de las posesiones de la Corona de España, en las condiciones sociales que la unen entre sí, de los motivos de su formación, estado actual y métodos para conseguir su bienestar... es necesario conocer la población indígena y la población emigrante, respetar sus costumbres... Los impuestos deben ser suaves y las leyes menos intrincadas y quebradizas...". Malaspina no proponía un cambio brusco en la política colonial de la Corona de España, proponía más bien el estudio sistemático de cuatro puntos que él consideraba esenciales para su buen gobierno, que eran el estado actual del comercio entre las colonias y España, la situación y adecuación de los puertos dirigida a una modernidad ilustrada, la capacidad militar de las colonias, ya que las tropas destinadas en esos territorios, en muchas ocasiones se encontraban desamparadas de forma esencial, véase como ejemplo Nutka, por no nombrar a otros, y sobre todo, analizar los sistemas de gobierno más adecuados para cada una de las colonias. En una de sus cartas escribía: "...Espero poder servir al Ministerio si quiere tratar de un sistema general sobre principios sólidos y duraderos. El comercio, la defensa y la legislación de América jamás podrán entenderse a fondo mientras no se recorran, como acabo de hacer, sus principales establecimientos sin preocupaciones de imitaciones, intereses o reglas fijas...". No proponía medidas específicas concretas, pero si dejaba traslucir con determinada insistencia las necesidades de romper con las medidas que impedían un libre desarrollo de los pueblos, dejando de considerar a las colonias como un mero depósito de riqueza para para uso exclusivo de la metrópoli, y administrar la producción de esa riqueza de una forma más equitativa en vistas a un desarrollo común. Era pedir demasiado a una Corona desinteresada en el bien común, y a una clase dirigente que la rodeaba demasiado interesada en su bien particular. Lo cierto es que Malaspina, al poco de su regreso, fue ascendido a Brigadier, pero su informe, jamás trascendería más allá de las fronteras que separan el ideal y la intención de la soberbia del poder. Nunca se le permitió que su informe llegara a manos del rey. PREPARACIÓN DEL INFORME Y DIVERGENCIAS DE OPINIÓN Después de su llegada a Cádiz, Alejandro Malaspina se vio agobiado por la inmensa tarea de elaborar y ordenar el extenso informe de la expedición, y aprovechando la amistad que tenía con el padre Gil, (Manuel Gil, no olvidemos que fue el autor del sermón del funeral de Carlos III, fue sacerdote de los clérigos menores de Sevilla, cuya provincia andaluza había dirigido, tuvo cierto relieve en Sevilla como académico de erudición y revisor de la Academia de Medicina y como Prefecto del Colegio de Abogados) a quien Malaspina había conocido en Cádiz, y se había vuelto a encontrar con él en el domicilio del Ministro Valdés antes de su expedición, así como en una reunión que tuvo con el Cónsul de Suecia. Pues bien, como decíamos, Malaspina solicitó su colaboración, debido a la amistad que les unía. Godoy no era ajeno a esa amistad entre Malaspina y Gil, ya que por la documentación conservada en el Archivo Histórico Nacional, sabemos que un amigo de Godoy, Bernabé Portillo, le había escrito recomendándole al padre Gil con fecha del 10 de abril de 1795. En el mismo documento existe una anotación de Godoy en la que pide que se le escriba, demandándole sus escritos. Este deseo del Duque de Alcudia se cumplió porque existe en el Archivo Histórico Nacional una carta, sin fecha, dirigida al padre Gil en la que un oficial de la secretaría de Estado le pide sus escritos literarios para ser examinados por el Duque de Alcudia, Manuel Godoy, en la imagen inferior. Una vez que Malspina recibió la aprobación del Gobierno de Godoy para la edición y publicación del diario de viaje convertido en informe, y haber escrito a Manuel Gil exponiéndole su ideal sobre el orden de las noticias y sugerencias así como de la organización general de la obra, Gil aceptó el encargo, pese a que tenía ciertas dudas, después de haber solicitado el consejo de Manuel Godoy, quien le informó de que no le agradaban ni las formas ni el contenido global de la publicación temiendo por el interés general del Estado, debido a su propósito de denunciar públicamente los errores de la Administración española en su política colonial. DECADENCIA, CONSPIRACIÓN Y CAÍDA EN DESGRACIA Un Real decreto, de fecha del 26 de julio de 1795, nombró a Gil colaborador de Malaspina. El padre Gil se percató muy pronto de las divergencias políticas que existían entre él y Malaspina. Que ambos tuvieron graves discrepancias en lo referente al esquema general de la obra debe ser cierto, ya que por Real Decreto de 28 de septiembre de 1795, se alteró el plan inicialmente previsto: los argumentos políticos y económicos de Malaspina quedaban ahora resumidos en forma de memorias separadas y secretas para uso de los Ministerios. Previamente, y con fecha 20 de septiembre de 1795, Gil escribía a Valdés, ministro de Marina, explicándole cómo creía él que debía redactarse la obra y planteándole sus discrepancias con Malaspina, discrepancias que desde luego las había, y después del real decreto de 28 de septiembre, Malaspina empieza a perder su particular batalla en presentar sus argumentos directamente al rey, y su ideal de poder participar en el Gobierno, tal y como parece le habían dejado ver con anterioridad, Parece ser que gentes de la confianza de Godoy le habían sugerido la posibilidad de que sustituyera a Valdés en el ministerio de Marina, como muchos años después confesaría, y empieza a sentirse decepcionado, como así se lo muestra en una carta a su amigo Paolo Greppi, decano del Cuerpo Consular en Cádiz, a quien le hace saber que Godoy, el Sultán, como llama Malaspina al Ministro de Carlos IV, era a su entender el culpable de que aquella monarquía a la que había servido durante tantos años, llevara ahora el lastre de la decadencia, nombrando que la culpabilidad de su ascenso (Godoy) debido a las oscuras intrigas, lo mismo que a centenares como él, ensombrecía el horizonte de una Nación digna y la prosperidad de todo un imperio. En una carta escrita a su propio hermano le hace saber el estado de ánimo en que se encuentra y le hace saber que no sólo las pensiones y el dinero sino también los honores se prodigan de tal modo y a gente de tal calaña, que la abyección es el mejor modo de distinguirse, y la adulación, las bajezas y la ignorancia son los únicos objetos que rodean la Corte. Comenta que al mismo tiempo que se licencia al pequeño número de soldados que componen el ejército, se nombran cuarenta tenientes generales y otros tantos mariscales de campo; no se paga a la marina y mientras tanto, se devora el erario. Dice que habiendo un Príncipe de la Paz, se está a punto de entrar en guerra con los ingleses, y que no hay otra cosa que esperar sino la sangre de los pobres, capaz de producir las más extraordinarias convulsiones...Las previsiones de Malaspina fueron clarividentes. Apenas un mes más tarde de la carta que hemos mencionado anteriormente, Malaspina opta por la que a la desesperada podía ser su última opción, la conspiración palaciega para derrocar al valido, pero se dió de frente con todo un consumado maestro de este arte que tiene toda la información de todo lo que ocurre en el reino, Godoy, quien es puntualmente informado el día 22 de noviembre de 1795 de las intenciones del marino para hacer llegar a los monarcas los documentos que denunciaban su política, y es finalmente detenido acusado de complot contra el Estado. Con Malaspina también fueron presos el Padre Gil, la Marquesa de Matallana, dama de la reina, y los dos sirvientes de Malaspina, Juan Belengui y Francisco Merino, a los que pronto se puso en libertad "a condición de que no residan en Madrid ni en los sitios reales". El 27 de noviembre, con rapidez inusitada, Godoy consigue de Carlos IV la convocatoria urgente de una sesión del Consejo de Estado, para juzgar a Malaspina. No sólo cometió el error de dejar innumerables rastros de su conspiración sino indicar también, en una representación enviada a fray Juan de Moya, Arzobispo de Farsalia y confesor del Rey, las personas que, a su juicio, deberían formar parte del nuevo gobierno una vez que Godoy fuese desterrado por Carlos IV a la Alhambra: el gabinete propuesto por Malaspina estaría dirigido por el Duque de Alba que ostentaría, además, la secretaría de Gracia y Justicia; contaría también con Antonio Valdés, como secretario de Marina e Indias; con el conde de Revillagigedo (destituido del virreinato de Nueva España donde le sustituyó el cuñado de Godoy) como secretario de la Guerra y Hacienda; y, finalmente, con Gaspar de Jovellanos, quien ocuparía la presidencia del Consejo de Castilla. Valdés diría en un intento de disculpar a su amigo Malaspina: "Era muy lleno de moderación y muy amante de los Reyes; él era un buen marino y muy mal político, pero que con la advertencia quedaría corregido". Antonio Valdés cesó en el ministerio de Marina el 11 de noviembre de 1795, dos semanas antes del procesamiento de Alejandro Malaspina. En la imagen, Antonio Valdés y Bazán. Malaspina fue condenado a diez años de prisión, en el castillo de San Antón, en La Coruña, de los que cumplió poco más de la mitad. En estos seis años Malaspina no dejó de proclamar su inocencia y de pedir a sus amigos que intercedieran por él, pero fue en vano, incluso después de la destitución de Godoy y su sustitución por Saavedra, aunque luego retornaría a dirigir los entramados del Estado nuevamente, señal de que en realidad, nunca los había dejado. En la imagen el castillo de San Antón, en la Coruña. FINAL En 1802, fue puesto en libertad, gracias a la intermediación del propio Napoleón, condenándolo al destierro a su país, como si España no hubiera sido nunca su país, aquel por el que tantas veces se jugó la vida, aquel por el que tantos años se embarcó en busca de una ciencia desechada, un país del que no se olvidaría incluso en su destierro, Malaspina se propuso rehabilitar su nombre y se ofreció a Carlos IV, como última prueba de lealtad, para poder así regresar a España, ofrecimiento que obtuvo la negativa por respuesta. Mientras tanto, las noticias que recibía de España seguían siendo graves y tristes: su amigo Bustamante, compañero en la expedición, había sido acusado de conducta innoble; el valeroso almirante Gravina (con el que coincidiera Malaspina en su juventud en el Colegio Clementino de Palermo) había sufrido una fuerte derrota en el cabo Finisterre, presagio del desastre de Trafalgar; también recibió la noticia de la muerte de Fernando Brambila, pintor de las láminas de la expedición. El 9 de abril de 1810, después de un cáncer de Colon que se le había manifestado ya en su presidio de San Antón, falleció Alejandro Malaspina. CONCLUSIONES No, Malaspina no estuvo en Trafalgar, para entonces había empezado a dejarse morir, defraudado, enfermo y solo. Pero por mucho que Carlos IV, y sobre todo su valido Manuel Godoy lo catalogaran de traidor y revolucionario y tratasen de borrar su brillante paso por la Armada Real, Malaspina ya se batió en otras batallas. Nada ni nadie puede negar que fue uno de los grandes marinos ilustrados de aquella época, a quien los libros de Historia de España no han recordado demasiado. Podríamos hablar aquí de las causas de su procesamiento, pero sería alargarnos demasiado, y lo que nos interesa de verdad es recordar no sólo su hazaña, si no su entrega y sacrificio de su vida al mar, la pasión que desde sus tiempos de juventud le hicieron ver el mar, con otros ojos. Formó parte de esos marinos sabios a los que la historia dió su oportunidad, pero que el destino no consintió traslucir más allá de la frontera que separa la dicha de sentirse plenamente reconocido, y quedarse a las puertas de la satisfacción sin llegar a saborear el triunfo del orgullo. Excelente marino, como dijo Valdés, pero mal político. Pudo haberse visto envuelto en el enfrentamiento político que existía en la Corte entre los partidarios de Godoy y los de Aranda, otra teoría sería la que describe algún historiador analista y es que los protagonistas auténticos de la conjura, además de Malaspina, fueron el ministro Valdés, el obispo Despuig, la Marquesa de Matallana y la viuda de O'Reilly. Su finalidad era hacer salir del Gobierno al Príncipe de la Paz, cuya permanencia en él se presentaba como un auténtico peligro para la tranquilidad del país, capaz de comprometer, incluso, las vidas de los reyes debido a lo ineficaz de su gestión política y a lo tormentoso de su vida privada, pero al margen de todo esto, la realidad es que cinco años de una investigación histórica que costó una gran fortuna, con todo el material del que antes hemos hablado, se tiró literalmente, y nunca mejor dicho, por la borda. Sacar otro tipo de juicio, sería entrar en un debate vacío del que nunca terminaríamos de hablar, convirtiéndolo en tedioso. Podría hacerse buena la frase de Sánchez Dragó que da título a su libro "si habla mal de España, es español", y la verdad, no es fácil concebir la pretensión de hablar bien de la España que dio lugar a esta injusta realidad, el reinado de Carlos IV y las conjuras de una Corte, que más merecería la pena olvidar. Lo cierto es que sólo treinta años más tarde de la expedición de Malaspina y Bustamante, las naciones a las que refiere su informe, emergían a la independencia. Hoy en día, todavía se están recogiendo los frutos, científicamente hablando, de ésa expedición, sin olvidar lo que ha supuesto en cuanto a los avances para la navegación. Aingeru Daóiz Velarde.- http://navegandoenelrecuerdo.blogspot.com.es/2014/04/alejandro-malaspina_13.html

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Torquemada y la Inquisición. El flagelo de Abraham
Apuntes Y MonografiasporAnónimo9/19/2015

TORQUEMADA Y LA INQUISICIÓN. EL FLAGELO DE ABRAHAM. INTRODUCCIÓN. En estos Recuerdos de la Historia, nos encontramos de frente con uno de los personajes más introvertidos de la Historia, que ha sido ensalzado por unos, y por otros odiado y cubierto de ignominia, pero desconocido por todos, pese a una figura ilustre en compañía de una fama de azote de herejes o cruel personalidad que lo acompaña sin tregua en el recorrido de la Historia inmortal que a falta de una biografía completa nos conduzca al quebranto de dar palos de ciego en la selva del desconocimiento, y cómo no, a ser acusados por el Santo tribunal de la libre opinión de demasiada pasión y apasionamiento que de veraz realidad, de una figura de sombra alargada y oscura que supera con creces esa misma realidad. Nos referimos, a Fray Tomás de Torquemada. A pesar de contar con una actividad pública densa a partir de su promoción desde el Priorato del Convento de Santa Cruz de Segovia a nada más y nada menos que confesor de los Reyes Católicos e Inquisidor General, y haber sido de forma permanente motivo de atención para los historiadores de todos los tiempos, llama la atención que no hayamos encontrado una biografía personal y completa del mismo, para poder acercarnos a un estudio con la intención de valorar la enorme magnitud de una personalidad tan discutida como la suya, a excepción de la Crónica de la Orden de Predicadores que otro dominico como nuestro protagonista, de nombre Fray Juan de la Cruz, publicara en Lisboa en 1567 sobre su orden. Su realidad histórica, se ha visto sepultada de opiniones y juicios diversos envueltos en la aureola de Leyendas negras y de otros colores sobre la Inquisición, y sobre la propia España, traspasando las fronteras para hacerse universal sobre todo, a partir de que el romanticismo literario comenzase a dar la imagen de inquisidores crueles pintados en oscuros habitáculos rasgando sus plumas a la luz de un candil sobre vetustos papeles acompañando a la escena la imagen doliente de una doncella a medio vestir y con la faz descompuesta por el miedo y el suplicio, ante la fría mirada del Inquisidor General, cuyo brazo acusador se extiende a la vez que la cavernosa voz de su pregunta cae como la fría losa de un sepulcro anticipando la sentencia fatal del Santo Oficio. En el presente artículo, no se pretende dar un juicio sobre el papel de la Inquisición, puesto que el postularse a uno u otro lado, podría a buen seguro dar una imagen difícil de salvar ante el lector paciente que aguanta estoicamente los tediosos artículos del que suscribe, pues la intención es otra bien distinta, y en ello trabajamos aquí intentando dar no ya sólo una opinión entre líneas de detractores sistemáticos del Tribunal inquisitorial ajenos a la fe católica, si no de católicos sinceros que cuanto menos, no están del todo de acuerdo con algunos de los procedimientos inquisitoriales así como con las derivaciones de los mismos y sus consecuencias, por lo que no pecaremos si al preguntar sobre la necesidad en su época y momento histórico fue realmente necesaria la Inquisición, y la figura de quien lleva su leyenda acuñada a ella como si de un escudo heráldico se tratara, Fray Tomás de Torquemada, ya que al hablar de Inquisición, es el primero de los nombres que sin pensarlo, vienen a la mente, pese a que ha habido otros muchos después de él, e incluso antes, pero Torquemada es el Gran Inquisidor por antonomasia, del que sólo novelistas certeros han hablado de él, aunque sin profundizar demasiado o llegar a las últimas consecuencias sobre su vida, sin soslayarse a la de otros grandes inquisidores como el cardenal Cisneros, este último de los más conocidos también, o incluso otros de carácter más burocrático como el cardenal y obispo de Sigüenza Diego de Espinosa Arévalo, o don Fernando Niño de Guevara cuya temible imagen fue acto de vandalismo en un cuadro pintado por El Greco, o el propio sobrino nieto del Cardenal Cisneros, Antonio Zapata y Cisneros, también conocido como Antonio Zapata y Mendoza, imágenes que a la postre, nos dibujan la figura de un gran Inquisidor recorriendo las calles departiendo con canónigos y letrados, con caballeros e hidalgos, con gentes humildes, una figura con una personalidad propia adquirida como dogma de fe y sumida al empleo de funcionario imparcial. Se asocia a los dominicos de forma directa con la Inquisición, y debemos recordar en este sentido que hubo seis Inquisidores Generales dominicos: Tomás de Torquemada, Diego de Deza, García de Loaysa, Luis Aliaga, Antonio de Sotomayor y Juan Tomás de Rocaberti, pues es de sobra conocida la vinculación de los dominicos con la defensa de la “Verdad”. Pero hay que decir también que los dominicos no eran los agentes principales ni de la institución ni de su mecanismo procesal, pero Torquemada era algo más, la imagen pura de un carácter recto hasta romper el molde del razonamiento, como si la vida pasara ante él obligada a rendirle tributo, cuyos pasos sonaban al eco de un corazón asfixiado y acelerado ante su proximidad, con la voz profunda que hace desdibujar la sonrisa inocente de la felicidad, ante el terror aplastante de una sentencia con pena de vida en los infiernos para la eternidad, o lo que es peor, el suplicio alentado por una bofetada en el alma de la misericordia. LA INQUISICIÓN COMO ARMA POLÍTICA En España y en las provincias españolas de América que se mantuvieron fieles a la metrópoli, la abolición de la Inquisición en 1834, el papel de Torquemada y de todos aquéllos que de una u otra manera sirvieron al Santo Oficio, se convirtió en arma arrojadiza entre las opiniones conservadoras y el liberalismo más reaccionario, y así lo argumentaba Larra en su artículo “El día de difuntos de 1836”: “Aquí yace la Inquisición, hija de la fe y del fanatismo: murió de vejez”. Mientras que por un lado, se hacía una defensa, en algunas ocasiones encendida, de la moralidad de los tribunales de justicia, bien por la calidad de sus magistrados, por la rectitud de las sentencias y la prontitud de los juicios, la historiografía del liberalismo decimonónico llena legajos blancos con negras tintas cargadas de proclamas y acusaciones en contra de las cualidades de la Inquisición sobre la falta de cualificación y arbitrariedad de sus sentencias, con un retrato en blanco y negro más parecido a los dibujos de Theodor Bry que a una velada y total realidad, dando a entender que la Inquisición era la única alternativa para individuos inútiles formados en los colegios mayores castellanos, encontrándonos con una especie de potaje literario del Romanticismo cuya prosa da el condimento necesario para forzar al paladar falto de sustancia en probar el sabor y llenar el estómago con la prisa necesaria en satisfacer el hastiado apetito del interés sin dar espacio a la prudencia. Ninguna de las dos opiniones es del todo cierta, ya que se dieron muchos casos en los que, como era de costumbre, la acción fiscal pedía siempre de oficio la pena más dura, es decir, la muerte por hoguera al principio, o la horca y garrote después, y la defensa, que se limitaba a asesorar en un principio sobre el consejo de confesar las culpas lo más rápidamente posible alegando atenuantes o incluso haciendo una refutación de cargos fiscales, también es cierto que las mismas calidades que se pedían para la magistratura civil, se pedían para la Inquisitorial, es decir, sobriedad, modestia, paciencia, mansedumbre, diligencia, clemencia y culto acérrimo a la justicia, pero también obcecación convertida en una enfermiza obsesión, más allá de lo racional, de lo real, de lo lógico que traspasa la linde de lo inhumano degenerando en lo absurdo, pues se dieron casos en los que se desenterraban los huesos de algún difunto para, tras el sumario juicio y sentencia de hoguera, ser quemados en un acto de fe sin sentido en el que la idea de la muerte quedaba en un plano inferior al despropósito de la llama, que no sólo quema los restos, si no también las almas. Ante estas dos visiones, no es menos cierto que hubo casos de depravación judicial, pero también los hubo de justicia cierta, más o menos como en la actualidad, lo que verdaderamente cambia, son las formas de llegar a una cierta confesión mediante el suplicio en casos más oscuros, concluyendo que los herejes que fueron castigados con total firmeza, fueron los protestantes convictos y los pertinaces en mantenerse en la Ley de Moisés después de bautizados, pero no debemos obviar un dato muy importante que a menudo, se pasa por alto, que es las circunstancias de la época que tratamos, con una España que pugnaba por salir de la barbarie islámica y que recordaba aún las pirámides de cabezas decapitadas a la salida de un pueblo cualquiera, y desde luego, el entendimiento del falso mito de la convivencia entre las tres culturas, árabe, cristiana y judía, y pruebas, hay de sobra para llenar páginas de libros enteros. Hay que recordar que la judía, era la comunidad mas culta de la península y que la educación y la riqueza de un buen número de sus miembros les permitieron colocarse entre la élites gobernantes de los reinos taifas, como ejemplo sirvan los de Samuel ben Nagrela o su propio hijo Yosef, y además, los judíos fueron embajadores ante los monarcas cristianos, y otro dato que tampoco debemos olvidar es que esa actitud de insistente rechazo antijudío induce a los musulmanes, incluso una vez perdido el poder, a querer salvaguardarse de cualquier preeminencia de hebreos sobre ellos, por lo cual se cuidan de incluir una cláusula en las Capitulaciones de Santa Fe entre Boabdil y los Reyes Católicos que les ponga a cubierto de tal eventualidad “Que no permitirán sus altezas que los judíos tengan facultad ni mando sobre los moros ni sean recaudadores de ninguna renta”. No quisiéramos pasar de largo en este capítulo uno de los principios fundamentales del procedimiento inquisitorial, el secreto. La prevalencia de la eficacia en la defensa de la fe, la salvaguarda de la integridad de sus colaboradores, la protección de la honra de acusados y testigos, así como la preservación de la imagen institucional del Santo Oficio, determinan la consolidación del secreto, por encima de los inconvenientes aparejados para el derecho de defensa. Las exigencias de discreción que distinguen entre las causas de fe y las que no lo son, pasando por las informaciones de limpieza o la custodia de los papeles, hasta llegar a la conducta pública y la vida privada de ministros y oficiales del Santo Oficio, hacen del secreto el arma y el alma de la Inquisición española de un modo absoluto y radical como norma de decisión del Santo Oficio constituyéndose como pauta de poder, un sigilo total y absoluto en las actuaciones que sin duda, ha actuado como ingrediente principal de su leyenda negra, un mutismo crudo y cruel que solivianta el ánimo hasta la desesperación más absoluta en un sin vivir a veces como si de una novela kafkiana se tratara, más allá de los límites que la misericordia humana raya en la frontera entre la coherencia y la irreflexión. LOS INICIOS DEL ODIO Cabría explicar un poco en consecuencia el odio y la animadversión hacia el pueblo judío recordando que en un principio la invasión musulmana en España fue recibida por los judíos como una fuerza liberadora ya que generaron condiciones favorables para los judíos con una total libertad para practicar su religión y ganar posiciones altas en la sociedad, con un notable desarrollo de las comunidades judías plasmadas en las aljamas que se administran de forma autónoma. Con la implantación del estudio del Talmud en la Península se llega a la culminación del momento de grandeza del judaísmo en la España musulmana en el siglo X, e incluso en el Corán se muestran posturas favorables hacia las gentes del Pueblo del Libro, como se les conocía, al igual que pasaba con los cristianos, aunque en menor medida, pero los judíos, vistos en un principio como correligionarios por los musulmanes, rechazan la religión musulmana y a Mahoma como profeta y son desechados como infieles aunque en un ambiente moderado que únicamente les obligaba a pagar impuestos, pero el ambiente empieza a enrarecerse pronto y se plasma con el aumento de la salida de al-Andalus durante los siglos X y XI debido a la presión que sufren los reinos taifas por los cristianos sumándose a todo esto la política de tolerancia abierta por Alfonso VI que tuvo como consecuencia la participación de numerosos judíos en la administración del reino concluyendo que la historia de los judíos en la península esta aliada estrechamente con el poder político sobre todo por los vínculos económicos y profesionales ya que únicamente trabajaban en la agricultura en casos excepcionales al igual que en el ganado, pero era muy raro, ya que en su ocupación predominaba la artesanía unida con el textil, manufactura de cuero y metal, y una gran parte de ellos se dedicaba al comercio de dinero y ejercieron de administradores, algunos de ellos aun funcionaron como intermediarios de los intereses reales, sin olvidar que un importante grupo de judíos que se establecieron en profesiones libres, ante todo en medicina. De este grupo provinieron médicos judíos que cuidaban de los cristianos y también del rey, a pesar de prohibiciones legislativas. La aristocracia y monarquía prefería a los judíos o los conversos dándose la circunstancia de que reyes, nobles y jerarcas de la Iglesia recibían de los judíos acomodados el dinero que necesitaban para campañas militares y otros fines y a cambio de ese dinero adelantado aquellos poderosos hebreos compraban el derecho a cobrar sus tributos (usuras) y con su producto se satisficieron. Pero esa ventaja económica llevaba consigo su parte negativa ya que para la mayor parte del pueblo era el judío el quien le cobraba los impuestos, quien le causaba la mengua económica y quien representaba el desagradable oficio del que tanto los reyes como los nobles se habían librado, pero la situación empieza a cambiar de forma drástica cuyo inicio fue la expulsión de judíos de los países europeos como Inglaterra en 1290 y Francia en 1306 que se fue oscureciendo llegando incluso a culparles de la epidemia de Peste Negra en una especie de conspiración judía de la cual se decía que envenenaban los pozos, pese a que a causa del contagio murieron judíos también en masa. Todo eso creo una atmosfera de animadversión hacia la comunidad hebrea, atmosfera en la que ya eran discriminados todos sin diferencia, por el simple hecho de formar parte de la aljama, con los recelos evidentes hacia los conversos que desde 1391 provocara una conversión masiva debido a toda una serie de ataques hacia las juderías hispánicas aunque en muchos casos siguieron practicando secretamente su antigua religión en un fenómeno conocido como criptojudaismo, y llegados a este punto, es menester recordar estos datos para poder comprender no ya los medios, si no más bien los fines. NACE Y SE HACE EL INQUISIDOR Tomás de Torquemada Valdespino nació el año 1420, no se sabe a ciencia cierta si en Valladolid o en la villa de Torquemada (comprendida actualmente en la provincia de Palencia), en el mismo seno de una influyente familia de ascendencia judía establecida en Castilla desde hacía siglos y que había decidido convertirse al cristianismo dos generaciones atrás, debido a la creciente presión social de la comunidad hebrea, sobre todo, en el siglo XV del que tratamos, que desembocó en la conversión al Cristianismo de casi la mitad de los 400.000 judíos que habitaban España por aquel entonces, y los hijos de muchos de ellos, acabaron ingresando en el clero, para, de alguna manera más real, demostrar su compromiso con la nueva religión. Sus padres fueron don Pedro Fernández de Torquemada y doña Mencía Ortega. Uno de estos nuevos conversos, fue su tío, el cardenal y teólogo dominico Juan de Torquemada, el cual, había sido confesor de Juan II de Castilla, y se hizo cargo personalmente de la educación de su sobrino, quien profesó en el convento de San Pablo de Valladolid, por lo que nos inclinamos a pensar que posiblemente naciera en esta ciudad. La ascendencia judía de Torquemada, se desprende del libro “Claros Varones de Castilla”, publicado en 1484, de Fernando o Hernando del Pulgar, quien sirvió como embajador a Enrique IV y a los Reyes Católicos y que la reina doña Isabel lo elevó a la condición de secretario y cronista real, con esta afirmación, cerramos de un plumazo las tesis de determinados librepensadores historiográficos que plantean la duda, pero cabe añadir que no fue el único miembro del Santo Oficio con antecedentes judíos, ya que sobresalen dos de los más importantes colaboradores de la Inquisición que también tuvieron orígenes hebreos, nos referimos a Alonso de Espina, principal autor antijudío de la Península Ibérica en el siglo XV con su libro “Fortalitium Fidei”, y más concretamente el “Liber III” del título en el que se dedica a atacar a los judíos de una forma sistemática y rotunda, y otro eclesiástico, Alonso de Cartagena, una de las personalidades más relevantes de la vida política y cultural castellana del siglo XV, nacido en el seno de uno de los más importantes linajes de conversos, con una sólida formación jurídica que se pone al servicio de la institución monárquica, dentro de los altos cuadros de la Administración, lo cual, nos lleva a plantearnos la duda de que de alguna manera quisieran camuflar sus orígenes dando muestras de un rigor extremo ante los conversos, o que ciertamente lo hicieran acorde con su conciencia, en una época histórica cuyo contexto y desarrollo no podemos juzgar a día de hoy sin situarnos en las vicisitudes de aquel ayer. Del Convento de San Pablo de Valladolid, pasó al Monasterio de la Santa Cruz de Segovia, llegando a ser prior, y donde llegó a imponer el estricto criterio de la regla dominica, con una severa austeridad que caracterizaría su vida y formaba parte esencial de su carácter, con una marcada austeridad alimenticia propia de un hombre entregado a la vida que había elegido, ya que nunca comía carne, y la severidad a la hora de vestirse, ya que no permitía que el fino lino tocase jamás su cuerpo, ni en la ropa de su cama, pues dormía sobre una sencilla tabla, completamente desnudo. Nada sabemos de sus padres ni de sus abuelos, pero si llegamos a conocer que la austeridad que marcaba su vida alcanzó a su familia en una hermana pobre a la que no consintió dotar para el matrimonio, limitándose únicamente a concederle una ayuda para que viviera bajo la regla de las beatas de Santo Domingo. Sobre el Monasterio de la Santa Cruz, digamos que fue el primer convento dominico en España y cuyo origen es la Cueva de Santo Domingo de Guzmán donde se instaló a orillas del río Eresma, el que fuera fundador de la orden de los dominicos creada en el contexto de la denominada Cruzada Albigense para combatir la conocida como herejía de los Cátaros. El citado Convento fue ampliado y embellecido durante la época de Torquemada merced a la fortuna embargada a un mercader judío condenado a la hoguera, pero tiene una larga historia de misterios amén de la cueva que permanece tapiada y de la visita famosa de Santa Teresa de Jesús. Digamos también que el Monasterio contó con el favor de los reyes Católicos. Imagen antigua del Monasterio de la Santa Cruz. Por mediación de su tío, del que ya hemos hablado antes, estableció contactos con la Corte, y se postuló a favor de la princesa Isabel en las guerras por la sucesión de Enrique IV de Castilla, llamado de forma despectiva como “el impotente”, hermano de padre de la princesa Isabel, la cual disputaría el trono en el conocido como conflicto por la sucesión de Enrique IV de Castilla. En este estado de acontecimientos, y al tomar parte por la Princesa Isabel, Torquemada gozó del favor real, gracias al cual se ocupó de la fundación del Monasterio de Santo Tomás de Ávila en 1479. Torquemada gozó de numerosas oportunidades y situaciones favorables para obtener beneficios eclesiásticos relevantes, pero no quiso disfrutar de ninguno, y optó por no aceptar ningún tipo de prebenda ni aportación económica optando por hacer llegar las concesiones a sus más allegados colaboradores y las aportaciones económicas a diversos monasterios con los que había tenido relación, aunque sí aceptó, como ya hemos comentado antes, el cargo de confesor real, y posteriormente el de Inquisidor General, por lo que nos permite dilucidar que Torquemada pudo ser un hombre místico, despegado posiblemente de las contingencias de este mundo, muy estricto tanto consigo como con los demás, e incorruptible, pero culpable a la vez de una tentación contra la que no sabía resistirse, la del poder, el mismo poder total y absoluto que le permitiera llevar a cabo un ideal convertido en fanatismo religioso, casi inhumano, terrible, desasosegador. En la imagen el óleo Auto de Fe presidido por Santo Domingo de Guzmán del pintor Pedro Berruguete. Sobre el primero de los cargos, el de confesor real, ya hemos avanzado antes que gozó del favor de la reina Isabel, la cual le escogió como confesor por su prudencia marcada, rectitud y un halo de santidad de la que gozaba a vista de la época y que se había ganado en fama de sus actos como dogma de rectitud, austeridad, y falta de ambición, aunque esta última podría ser debatible. La reina, a su vez, influyó en el rey para que rindiera su alma y sus pecados en la figura cabizbaja y silenciosa del confesor Torquemada, e incluso tal fue el influjo que despertó con los reyes, que ciertamente hubo celos por el afecto del confesor, y su influencia fue tal, que llegó hasta límites incluso de razón extrema para posponer asuntos de justicia como es el caso de alumbramiento de la reina en el que Torquemada insistió en que se acatará su consejo de no aplazar el despacho porque era cuestión divina, u otros asuntos como el permiso real para determinados actos en días festivos a los que la estricta severidad del confesor hacían mella en la conciencia real, tal era esta, que los reyes se mantenían en un silencio total ante las cada vez más desatadas libertades a la hora de actuar en actos de conciencia de una forma tan aferrada a las buenas intenciones que casi se podría decir que rozaba el fanatismo, siendo una de las pocas personas que se atrevió a amonestar a los reyes, quienes le presentaban un respeto casi convertido en temor. En la imagen siguiente, ilustración de Torquemada y los Reyes Católicos de Stefano Bianchetti. EL INQUISIDOR GENERAL Sixto IV fue el Pontífice que instituyó la Inquisición en 1478, aunque más bien se puede decir de alguna manera, que toleró sus actividades hasta un cierto grado, ya que se enfrentó a la misma desaprobando sus abusos, que ciertamente los hubo, pero también vendió indulgencias. Es curiosa la manera y formas de este Papa franciscano de nombre Francesco Della Rovere, de una formación intelectual envidiable, maquinador maquiavélico, con un cinismo más que marcado que casi se podría tildar de despótico y amante de jóvenes muchachos, y muchachas, quien compró por mediación de uno de sus allegados la voluntad del Colegio cardenalicio para que le nombraran Papa. La enemistad manifiesta con Lorenzo de Médicis le condujo a llevar a cabo un golpe de Estado en Florencia denominada la Conspiración de los Pazzi, pero fracasó en sus intenciones, con lo cual, pidió ayuda a Fernando el Católico y este se la dio, pero con la condición de que emitiera la bula de 1478 bajo la amenaza de retirarle su apoyo, y no tuvo otro remedio que aceptar que el rey católico nombrara a Torquemada como Inquisidor prescindiendo de la autoridad del Pontífice, así pues, el 1 de noviembre de 1478 el Pontífice, mediante la bula Exigit sincerae devotionis affectus, concedía a los Reyes Católicos el poder de nombrar obispos o sacerdotes seculares o regulares para desempeñar el oficio de inquisidores en las ciudades o diócesis de sus reinos, y así dio comienzo en Castilla un nuevo Santo Oficio con matices muy diferentes y determinantes de carácter moderno alejados de la inquisición medieval, es decir, dio comienzo la inquisición moderna, y en un periodo muy corto de tiempo, los Reyes Católicos hicieron de ésta, uno de los poderes del Estado, aunque a través de las bulas, el Papa se aseguraba al mismo tiempo su posición como depositario de la legitimidad del Santo Oficio como base espiritual de su poder. A su vez las bulas también fueron empleadas con el fin de expresar los nombramientos de los inquisidores generales, una de las pocas preeminencias que en teoría consiguió reservarse el pontífice, aunque en la práctica, su designación estaba en manos de los monarcas, y ya en 1482 se concedió otra bula para el territorio comprendido en la Corona de Aragón. Con el aumento de inquisidores que actuaban en el territorio hispano debido a la creación de un mayor número de tribunales, se hizo necesario el nombramiento o la designación de un Inquisidor General para coordinar las actuaciones del organismo, y en 1483 nombraron para este cargo a fray Tomás de Torquemada, delegando la corona su autoridad en él, un cargo en el que se vio ratificado en 1486 por el papa Sixto IV, y lo cierto, es que se aplicó de forma muy estricta a la tarea de organizar y hacer eficaz la nueva Inquisición. LAS RAZONES Y EL CELO DE TORQUEMADA Se nubla la luz de los ojos mientras el desdentado Cerbero, maldito sea su nombre, susurra a la espalda con su apestoso aliento la insolencia que acompaña a un suspiro sepulcral, y da un golpe más a la rueda de la agonía apagando el silencio con los gritos de angustia que la fútil misericordia ha dejado de escuchar. Rememoro los huesos desenterrados del viejo judío, quemados a la luz del día en un vano intento por ejecutar la justicia, y siento la envidia por no sentir el dolor y la zozobra que inunda mi alma mortal mientras el celoso guardián de las puertas del infierno espera su turno, impaciente por dar una vuelta más a la insaciable desesperación. Pregunta de nuevo el enlutado de las dos jorobas, y sus palabras se pierden cada vez más en los ecos del sepulcro fatal, de forma tal, que el terror a seguir sufriendo la vida en martirio, me hacen gritar el confieso mea culpa de haberle pagado las treinta monedas a Judas en la sagrada noche del rito final. El potro, me observa callado enfrente, vacío, desnudo, insensible a la desdicha, ávido a la espera de carne que alimente su noble final, la confesión, y el perdón del fuego en la hoguera letal. Torquemada daba a conocer su preocupación por el peligro que causaba a la creencia cristiana el ya mencionado criptojudaismo por sus creencias vacilantes, pues, fuera de toda duda, es del todo incomprensible que los descendientes de los forzados conversos resultaran ahora cristianos sin fisura de espíritu, y no eran pocos los que conservaran el recuerdo de su antigua fe volviendo a ella de una manera irregular y contaminada por la cruz de Cristo. Y no es menos cierto, a la vez, que el rigor de Torquemada y sus hombres no se frenó ante ninguna instancia, ni siquiera la real. En la imagen, pintura con el título de “Ceremonia secreta en España en la época de la Inquisición”, del artista ruso-judío Moshe Maimon, 1893. En lo concerniente a la expulsión de los judíos de España en 1.492, hay que decir que fue Torquemada quien siempre y en todo momento dio muestras de su rigor para con los conversos, y fue el que implantó el estatuto de limpieza de sangre en su propio monasterio, el de Santo Tomás de Ávila, persiguiendo la herejía criptojudía con obsesión, es decir, la Inquisición no actuaba sobre los judíos, y esto, es muy importante recordarlo, ya que tan solo actuaba sobre los judeoconversos que mantenían ritos propios del judaísmo. El objeto de la Inquisición era corregir los errores de fe en los católicos, es decir combatir la herejía. A pesar de que Fernando e Isabel intervinieron repetidas veces para proteger a los judíos de los abusos, los monarcas fueron convencidos por el inquisidor general Tomás de Torquemada de la necesidad de aislarlos. Después de más de diez años, en los que se comprobó que las expulsiones locales habían fracasado en detener las herejías atribuidas a los conversos, la corona tomó la decisión más radical de todas las aplicadas hasta ese momento: la total expulsión de los judíos. Los reyes, vacilaron algún tiempo acerca de la idea de la total expulsión. La corona perdería las rentas que recibía de una comunidad que le pagaba directamente sus impuestos y que por añadidura había contribuido a financiar la guerra de Granada. Pero la expulsión había sido decidida, al parecer por razones puramente religiosas. Cuando se conoció la noticia, una delegación de judíos encabezada por Isaac Abravanel (teólogo, comentarista bíblico y empresario judío que estuvo al servicio de los reyes de Portugal, Castilla y Nápoles, así como de la República de Venecia) fue a ver al rey para solicitar la derogación de tal medida. La respuesta fue negativa. En un segundo encuentro le ofrecieron una considerable suma de dinero si reconsideraba la decisión. Se cuenta que cuando Torquemada se enteró de la contraoferta realizada por los judíos, irrumpió en la cámara real, una imagen plasmada en un óleo sobre lienzo del pintor Emilio Sala Francés en 1889. Torquemada, una vez en la sala de Palacio donde los reyes daban audiencia al comisionado judío, y sacando un Crucifijo de debajo de los hábitos, le presentó exclamando: «Judas Iscariote vendió a su maestro por treinta dineros de plata; Vuestras Altezas le van a vender por treinta mil; aquí está, tomadle y vendedle». Y dicho esto, aquel frenético sacerdote arrojó el Crucifijo sobre la mesa, y se salió. Los reyes, en vez de castigar semejante atrevimiento, o de despreciarle como simple arrebato de un loco, se quedaron aterrados, tal y como se puede observar en el óleo, la cara de la reina es de terror mudo petrificado, y la del rey, todo un semblante de circunstancias, incapaz de salir de su asombro. Torquemada, figura de personalidad aplastante, ni mira a la legación judía, se limita a señalar a los judíos, inclinarse levemente mientras pronuncia sus palabras, y salir tal como ha entrado, ante el pasmo general y el silencio más absoluto de la concurrencia. Aunque no da lugar en este artículo, no me gustaría pasar de largo, sin dar a conocer un detalle muy importante sobre el cuadro, a modo de anécdota, y es que don José María de Francisco Olmos, académico de número de la Real Academia matritense de Heráldica y Genealogía, apreció en su momento un error de heráldica en el cuadro. Como es bien sabido el Decreto de Expulsión de los Judíos fue firmado en la Alhambra de Granada el 31 de marzo de 1492, dándoles de plazo para salir del territorio hasta el 31 de julio de ese mismo año, aunque al final hubo una prórroga hasta las doce de la noche del 2 de agosto. Dado que los hechos que aparecen en el cuadro se suceden después de la toma de Granada, la Heráldica presente en el acto es la tradicional del cuartelado que se pueden ver en otros cuadros anteriores, salvo el añadido de la Granada en punta, que de forma inmediata empezó a aparecer en los sellos, reposteros, etc… Ahora bien, si nos fijamos en las figuras de los heraldos que aparecen a los lados del Trono, su tabardo heráldico no tiene el diseño “correcto”, ya que en ellos se aprecia claramente que el segundo cuartel no lleva las armas de Aragón junto a las de Aragón-Sicilia, sino que se aprecia claramente como el lugar correspondiente a Aragón-Sicilia lo ocupan la Cruz de Jerusalén y las Fajas de Hungría, que representan al reino de Nápoles (del que se ha suprimido la referencia a Anjou). Por tanto este modelo heráldico nos indicaría que los Reyes Católicos serían en este momento (1492) soberanos de Nápoles, lo cual no ocurrió hasta 1503, un año antes de la muerte de la Reina y fecha en que el Rey Fernando empezó a utilizar este nuevo diseño para sus armas. Dicho esto, pido mil disculpas por alargar en demasía el artículo, pero he creído que merece la pena, por lo que volvemos al tema principal diciendo como colofón que la expulsión fue una experiencia traumática, que dejó su huella durante siglos en la mentalidad occidental, aunque no todos se fueron, de echo, sirva como ejemplo el de Abraham Seneor, una de las figuras más destacadas de la comunidad judía castellana durante la Edad Media y, sin duda, la más relevante en toda la historia de la aljama hebrea de Segovia, y uno de los grandes cargos de la hacienda del Reino de Castilla (Almojarife). Además de rabino, fue representante de la Comunidad Judía y banquero, ya que la familia Senior, Senneor o Seneor formaban parte de un importante grupo financiero que hasta fue prestamista de la Corona de Castilla. En la imagen, última página del Edicto de Granada. FINAL Y MUERTE DE UN INQUISIDOR. Debido a su personalidad, Torquemada se granjeó la enemistad manifiesta y no manifestada de mucha gente, y temió por su vida, sobre todo, a raíz de ir perdiendo el favor real, cosa que se hizo palpable tras la bula del papa Alejandro VI en 1494 la cual marcó la retirada de Torquemada que justificaba el papa debido a la edad, pero la medida había obedecido a la voluntad papal de poner coto al poder del dominico y de la institución inquisitorial. En la corte, se hablaba sobre aquel fraile severo, rígido y autoritario que quería controlar todo tipo de decisiones, llegando incluso a que la propia reina Isabel se saturara y llegara incluso a manifestar que los reyes querían apartarle de si. El miedo por su vida, mientras fuera Inquisidor, había llevado a los reyes a proporcionarle un fuerte contingente de agentes del Santo Oficio para acompañarle, se dice que cincuenta a caballos, y un número de hasta doscientos a pie, e incluso por temor a un posible envenenamiento, le llevó a guardar en su mesa el asta de un unicornio (posiblemente un cuerno de rinoceronte) que se suponía que su polvo neutralizaba las ponzoñas venenosas. Tras perder el favor real, Torquemada se retiró al monasterio de Santo Tomás de Ávila en 1496, aunque todavía seguía ejerciendo sus funciones inquisitoriales pero ya en menor grado, pues su salud también se había resentido, y allí falleció sin saber las causas de su muerte el 20 de septiembre de 1498, posiblemente le sucediera el mismo final que argumentaba Larra para la Inquisición, como al principio hemos argumentado, murió de vejez, aunque no estuviera solo, posiblemente, acompañado por la propia miseria que suele caminar al lado en el tramo final de la vida, a aquellos que suelen enfermar de mal de conciencia. Su labor consistió en convertir lo que era un proyecto político para la religión en un proyecto religioso para la política, pasando los últimos años de su vida intentando recaudar fondos para la que fuera su tumba, una tumba profanada dicen, por la tropas de Napoleón, pero podemos constatar que enemigos, no le faltaron, aún después de su muerte. CONCLUSIONES. Su figura ha quedado asociada a la de un fanático que disfrutaba torturando y quemando a la gente. No obstante, Torquemada estaba considerado por sus contemporáneos como un eficiente administrador, un trabajador pulcro y un hombre imposible de sobornar, como ya se ha manifestado, paradigma de la virtud personificada para su época, una época que debemos tener en cuenta a la hora de juzgar, para no caer en el error de emitir un veredicto de culpabilidad sin haber tenido en cuenta ni los tiempos que corrían, ni las formas de aquella sociedad que pugnaba por escapar del Islam tras casi ocho siglos, e intentaba reconstruir lo que la especial política goda había permitido destruir en muy poco tiempo, pero tampoco podemos pasar de largo ante la visión de que las practicas de la Inquisición en tiempos de Torquemada hubieran sido sumamente crueles a vista de hoy, como también lo fue a la vista de ayer, desde luego, pero permítaseme revolver una vez más en lo que en tiempo atrás ya quedó patente de forma escrita en testimonios coetáneos acerca de la existencia del criptojudaismo, “marranos”, como que se les llama de forma vulgar, pero esta definición de “marranos”, es más válida para aquellos judíos expulsados de España, que fueron a Portugal o incluso para los propios judíos portugueses, ya que en hebreo prefieren llamar anusím, literalmente “forzados”, o “bnei anusím” (hijos o descendientes de conversos forzados), un término legal rabínico que se aplica a los obligados a dejar el judaísmo contra su voluntad de forma general, sin identificar el origen geográfico, y la documentación inquisitorial que se conserva de la época que está fuera de toda duda en cuanto a su veracidad, e incluso, la documentación más confidencial, como la correspondencia de la Suprema con los tribunales de distrito, dan la idea de que se tomaban muy en serio su papel de averiguar la verdad de las denuncias que pesaban sobre los reos, como ya lo argumentó en su momento el insigne historiador don Antonio Dominguez Ortiz, puesto que resulta raro que los reyes se tomaran tanto trabajo para organizar una red inquisitorial complicada, costosa, dotada de instrucciones detalladas, ya que para hacer un trabajo sucio no se necesitaban tantas precauciones por parte de los inquisidores, fiscales, secretarios, y un largo etcétera de funcionarios puestos al servicio de la maquinaria inquisitorial, pero es que, además, durante los quince años de gobierno del inquisidor general Tomás de Torquemada se promulgaron cuatro instrucciones generales. Insisto, y lo hago de forma reiterada para que el presente artículo no sea tildado de defensor ni de Torquemada ni de la Inquisición, de que es necesario aferrarse al contexto histórico de la época, y no es menos cierto el echo de que la Inquisición no atacó a la minoría conversa en bloque sino un sector minoritario y muy variable según las regiones, y que acogiéndonos a los datos conocidos, puede estimarse que la Inquisición abrió unos treinta y cinco mil procesos entre 1482 y 1532, que fue el medio siglo de máxima actividad, y teniendo en cuenta el número de la población judía de la época (unos 400.000 como hemos comentado antes), como argumenta también el profesor Antonio Domínguez Ortiz, la discordancia entre conversos y procesos es tan grande que se impone la evidencia de que sólo una minoría fue directamente afectada. Además de todo esto, hay un dato no menos relevante, y es que de esos treinta y cinco mil penitenciados seis o siete mil lo fueron a la pena capital, la mitad en persona y la otra mitad en efigie (se denomina así cuando el condenado había fallecido, y se ponía una especie de muñeco representativo en su lugar) los restantes, en no pocos casos, consiguieron rehabilitarse. Juan Sánchez de Toledo, abuelo de santa Teresa, llevó varios años el infamante sambenito, y una vez terminada la condena cambió de apellido y de residencia, prosperó en Ávila, sus nietos consiguieron hidalguía, varios hicieron fortuna en Indias y una nieta se carteó con Felipe II y subió a los altares, y desde luego, no se trata de un caso único ni excepcional. Hablamos al principio de un tema recurrente, la conocida como Leyenda Negra, de la que ya se habló en un artículo del que suscribe el presente autor, uno de esos numerosos mitos silenciados por el opaco color que la cubre con su halo de misterio y resentimiento, apartada pero visible a todas horas en el rincón de la conciencia característica de la esencia latina, el auto inculparse y el flagelo constante hacia uno mismo, fundamento y arma arrojadiza bien utilizada por los intereses de aquellos que esconden su propia suciedad y barren presurosos hacia fuera, y no hace falta ser demasiado inteligente e investigar un poco para llegar a la conclusión de que muchos de los ataques contra la Inquisición fueron alentados por la propaganda protestante en el marco de la lucha contra España por la hegemonía en el Atlántico. Es decir, lo que se esconde en esos ataques es una motivación geopolítica de una época. Y esos ataques y exageraciones repetidos a lo largo de los siglos han creado lo que finalmente estudian en las Universidades. Si, es cierto que el celo de Torquemada y de la Inquisición provocaran imágenes sobrecogedoras, pero tribunales europeos de similar finalidad no lo hicieron menos, sirvan como ejemplo la conocida noche de San Bartolomé en la que los católicos franceses mataron a más protestantes que la Inquisición en tres siglos, y que los alemanes, dieron justicia de hoguera a más brujas en un solo año que la propia Inquisición española en toda su historia, de echo, la Inquisición en España quemó por supuesta brujería a 59 mujeres, 36 en Italia y 4 en Portugal, mientras que en Europa los tribunales civiles juzgaron por el mismo delito a cerca de 100 mil mujeres, de ellas 50 mil fueron condenadas, 25 mil aproximadamente sólo en Alemania, la patria seguidora de Martín Lutero, pero para no hacer sangre del protestantismo luterano, podemos nombrar los acontecimientos provocados por Felipe IV contra los templarios en Francia, también Teodosio I o incluso el propio Carlomagno son testigos de la indigna crueldad, pero Torquemada perdurará para siempre en la historia como el sinónimo de la barbarie brutal. Uno de los padrinos de esa parte de la Leyenda Negra, es, precisamente, de casa, y además, de ideología liberal y afrancesado por interés, después de haber sido fiel servidor de la Inquisición. Nos referimos a Juan Antonio Llorente, que estuvo a punto de ser Inquisidor, pero si fue Secretario de la Inquisición durante unos cuantos años, y aprovechó el filón para enriquecerse personalmente con su publicación en Francia de la Historia de la Inquisición Española, llena de contradicciones, pero con un espíritu afrancesado y jansenista, una obra que tuvo muchos compradores, pero, según palabras de Menéndez Pelayo, muy pocos la llegaron a leer o tuvieron el valor de llegar hasta el final. Nos dice Llorente, con datos que asombran por sus registros tan acercados, que durante el mando de Torquemada (1483-98) 8800 personas fueron quemadas y 9654 fueron castigados de diferentes formas, datos que no están sujetos a ningún tipo de documentación que los apoye, y que han sido contrarrestados por opiniones más contrastadas, como pueden serlo la de los periodistas en artículos de investigación y opinión como Marina Jacinto o Victor Messori, o profundizando más, de autores como el hispanista Henry Kamen, Karl Joseph von Hefele, Pius Bonifatius Gams, o el propio autor de origen judío Heinrich Graetz, el más importante historiador judío del siglo XIX, quien escribió una obra monumental sobre la historia de los judíos en 11 volúmenes además de escribir ensayos y contribuir notablemente en la cultura judía en la Alemania del siglo XIX, pero, además, y como dato fundamental, es el que se desprende de las actas publicadas de los estudios de más de 30 historiadores que investigaron en los archivos vaticanos tras el simposio internacional que convocó Juan Pablo II en la preparación para el Jubileo del año 2.000, contenidas en un volumen de casi 800 páginas, que constatan que las torturas y autos de fe (muerte en la hoguera) y otros castigos para los condenados por los tribunales no fueron tantos como se suponen, y la literatura anti-inqusitorial publicada en los países protestantes se encargó en su momento de abultar las cifras, al igual que el método de la tortura, que afirman que fue en un 10 por ciento de los casos. En España, concretamente, la cifra ronda entre unas 2000 y 3000 personas sentenciadas a la hoguera y un número mucho mayor de procesados, y hay que saber diferenciar en que una cosa es ser procesado, y otra, ser condenado a la hoguera, pero repito, esto no quiere decir que no se cometieran abusos, que ciertamente, si los hubo ahí está Torquemada para recordarlo, ya que sigue siendo imposible justificar los métodos de interrogatorio y castigo a los falsos conversos que aplicó el inquisidor general, quien consideraba a cualquier niño mayor de 12 años susceptible de ser juzgado por la de todos modos, sangrienta institución que vertebró, como si la pena de mal recuerdo perenne a través de los tiempos que recorren la historia, no fuera con él. http://navegandoenelrecuerdo.blogspot.com.es/2015/06/torquemada-y-la-inquisicion-el-flagelo.html Aingeru Daóiz Velarde.- http://navegandoenelrecuerdo.blogspot.com.es/

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