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Usuario (Argentina)

google hoy vamos a hablar del google: Google Inc. es la empresa propietaria de la marca Google, cuyo principal producto es el motor de búsqueda del mismo nombre. Fue fundada el 4 de septiembre de 1998 por Larry Page y Sergey Brin (dos estudiantes de doctorado en Ciencias de la Computación de la Universidad de Stanford). Aunque su principal producto es el buscador, la empresa ofrece también entre otros servicios: un comparador de precios llamado Google Product Search (antes conocido como "Froogle", un motor de búsqueda para material almacenado en discos locales (Google Desktop Search), y un servicio de correo electrónico llamado Gmail, el cual pone a disposición para sus usuarios más de 7 GB[2] de espacio. También es famoso su programa Google Earth, un mapamundi en 3D con imágenes de alta resolución. Recientemente lanzó su versión beta de un servicio de mensajería instantánea basado en Jabber/XMPP llamado Google Talk. Actualmente Google está trabajando en nuevos proyectos como el PC de 100 dólares, un nuevo sistema operativo, aplicaciones GNU, Google Docs & Spreadsheets, colaboración[6] y promoción de aplicaciones de software libre como Firefox, instalación de varias redes inalámbricas gratuitas, desarrollo de un sistema de protocolo abierto de comunicación por voz[9] entre otros. Además se especula que estaría trabajando en el desarrollo de un "Google Office"[10] y una red global de fibra óptica. Vint Cerf, considerado uno de los padres de Internet, fue contratado por Google en 2005. La compañía cotiza en la NASDAQ bajo la clave GOOG. En octubre de 2006, Google adquirió por 1.650 millones de dólares a la famosa página de vídeos YouTube. En abril de 2007, Google compró DoubleClick, una empresa especializada en publicidad en Internet, por 3.100 millones de dólares. Este mismo mes, Google se convirtió en la marca más valiosa del mundo, alcanzando la suma de 66.000 millones de dólares, superando a emblemáticas empresas como Microsoft, General Electric y Coca-Cola. En julio de 2007, Google compró Panoramio, un sitio web dedicado a exhibir las fotografías que los propios usuarios crean y geoposicionan, siendo algunas de ellas subidas al sitio para que puedan ser vistas a través del software Google Earth, cuyo objetivo es permitir a los usuarios del mencionado software aprender más sobre una zona específica del mapa, observando las fotografías que otros usuarios han tomado ahí. esa es la historia del google si les gusto dejen su comentario adios

esculturas griegas Las primeras esculturas griegas datan del siglo IX a. C. y fueron pequeñas figuras humanas hechas en materiales muy maleables tales como la arcilla, el marfil o la cera. Los temas más tratados en la escultura griega fueron: - Mitológico: dioses y héroes griegos - Temas cotidianos: competiciones de atletas. - Figura humana: generalmente desnuda. - Temas militares. - Retrato. Es muy tardío (finales del siglo V). La escultura griega se puede dividir en tres grandes etapas: arcaica, clásica y helenística. El estilo arcaico está caracterizado por la representación de los jóvenes atletas vencedores en los juegos. Se trata de figuras rígidas que con el paso del tiempo alcanzan mayor dinamismo. Lo que prima en estas obras es la perfecta proporción basada en la simetría. El objetivo que se persigue es la perfección del cuerpo humano y la expresión del rostro. Estas esculturas siguen el principio de la llamada ley de la frontalidad, conservando los brazos pegados al cuerpo y rígidos, avanzando habitualmente la pierna izquierda. A su vez, las estatuas arcaicas se dividen en: Kuroi: los atletas, cuyo singular es kuros. Aparecen desnudos, siendo su anatomía el principal reto del escultor. Los labios se arquean hacia arriba resultando la llamada sonrisa arcaica mientras que sus ojos son abultados. Su cabellera en zig-zag cae sobre los hombros. A medida que avanza el tiempo se manifiesta un mayor conocimiento anatómico y aumenta la expresividad del rostro. Korai: las muchachas, cuyo singular es kore. Se representan vestidas, reduciendo su cuerpo a una especie de tablero de mármol con un estrechamiento en las caderas y un abultamiento en el pecho. En algunas ocasiones se presentan con la forma del tronco de árbol. El cambio de moda supondrá una interesante evolución aunque siempre reflejen las figuras la típica sonrisa arcaica y el convencional rizo en el cabello. Estas figuras guardaban un gran parecido con las esculturas egipcias que habían servido de modelo. El estilo clásico es el momento de los grandes autores, suponiendo el hito de la escultura griega. A Mirón y Policleto debemos el dominio del cuerpo humano que caracteriza este periodo. Mirón se especializará en el movimiento, siendo su obra más famosa el Discóbolo. En el estilo clásico, siglos V y IV a. C., la estatuaria griega fue tomando un carácter propio y abandonó definitivamente los primitivos patrones orientales. Gracias al estudio de las proporciones se pudo copiar fielmente la anatomía humana y los rostros ganaron definitivamente en expresividad y realismo. En este período se introdujo el concepto de "contrapposto. Se trataba de una posición por la cual la escultura se apoyaba totalmente sobre una pierna, dejando la otra libre. Con esto se consiguió que el principio del dinamismo cobrara forma en las representaciones de atletas en plena acción. Algunos de los grandes artistas del clasicismo fueron Policleto, Mirón, Praxíteles y Fidias y Lisipo. Con Fidias culminan los esfuerzos hacia la conquista de la belleza, consiguiendo las figuras más equilibradas y perfectas. Será el autor de la decoración del Partenón, donde establece la técnica de los paños mojados que inciden en el estudio de la anatomía sin recurrir al desnudo. Algunas de sus obras eran de carácter monumental como la Atenea Partenos que hizo para el Partenón en oro y marfil, alcanzando los 15 metros de altura. Durante el período helenístico (siglo III a. C.) se enfatizaron y sofisticaron las formas heredadas del clasicismo. Así, producto de esta adaptación, surgieron obras de inigualable monumentalidad y belleza, como "El coloso de Rodas", de treinta y dos metros de altura. a pesar de tan lindas esculturas no tenemos que dejar de lado las egipcias y romanas escultura egipcias La estatuaria egipcia es una de las más grandes creaciones de la historia de la civilización, no sólo por el extraordinario número de obras de alto nivel de calidad, sino por la permanencia de este nivel de calidad a través de 3000 años. La escultura surge con un carácter de supervivencia y a la vez utilitario, por entenderse que la estatua era el soporte donde debía encarnarse el Ka. Su eliminación supondría la muerte definitiva y la imposibilidad de disfrutar de la vida eterna. La estatua debía ser sólida, duradera, y no tener salientes para evitar el riesgo de roturas. En cuanto a la técnica, los escultores egipcios no realizaban sus obras a partir de la piedra en bruto, sino de un bloque tallado en forma de prisma, marcando una cuadrícula en sus lados. El danés Julius Lange (1847) descubrió que la ley que seguía la escultura egipcia era la que él llamó, la ley de la frontalidad. Cualquier posición está regida por un plano vertical que se extiende longitudinalmente a lo largo del cuerpo, cortado en dos partes simétricas sin que pueda desviarse o inclinarse a un lado u otro. Conformadas por un canon, tanto la escultura como el relieve, la medida básica era el puño cerrado. Debía tener dos puños desde la frente al cuello, diez, desde el cuello a la rodilla, seis, desde la rodilla a los pies, y para el pelo, sobre la frente, se añadía un puño, medio o cuarto. Este canon, para la altura no para la anchura, está basado en las explicaciones de Lepsius, (1810) Egiptólogo alemán, que en una expedición a Egipto, descubrió un relieve cubierto por una rejilla de cuadrículas y tras estudiarlo, desarrolló este sistema fijo de proporciones. Otro tipo de canon estaba basado en el codo. Podía ser codo pequeño, que medía desde el codo hasta el extremo del pulgar, al que le correspondía cuatro cuadrados y medio, y codo grande, desde el codo hasta el extremo del dedo corazón, que le correspondía cinco cuadrados y cuarto. Muchas de las esculturas estaban policromadas, sobretodo, las de madera y caliza. Simbólicamente, al hombre se le revestía con la tonalidad ocre y a la mujer con la tonalidad rosada o blanquecina. El material utilizado era piedra dura, como la dorita, el granito, el basalto y la oxidina, o bien blando, como la caliza y el alabastro. Se usaba también maderas sobre la que se disponía un estuco para conseguir una superficie uniforme. En algunas ocasiones, se incrustaban ojos de cristal y otros materiales que le daban vida a la mirada. La escultura era, generalmente, un arte anónimo por considerarse al escultor como un obrero. Hay excepciones, pero es muy reducida la lista de artistas. Entre las estatuas aparecen de distintos tipos. Individuales, sentadas con una mano en el muslo y la otra en el corazón, o las dos manos sobre las rodillas, con las piernas dobladas como los escribas, o de pie con la pierna izquierda adelantada. En grupos familiares reales o civiles. El matrimonio se representa de pie, sentado o uno de pie y otro sentado. Normalmente la mujer rodea con su brazo al hombre y, a veces, aparecen con sus hijos, pero sin que transmitan una comunicación. En el Imperio Antiguo, III-VIII Dinastías, la evolución de la escultura se percibe a través de distintas estatuas. La Estatua de Zoser III se encontró en su serdab, en el ángulo nordeste de la pirámide escalonada de Sakarah. Está realizada en caliza y fechada en la III Dinastía. Allí estaba el rey sentado en la oscuridad, en su gabinete privado. Sólo dos orificios redondos abiertos a la altura de los ojos lo relacionaban con el mundo exterior. A través de estas aberturas, el rey podía percibir los aromas del incienso y sus ojos de cristal perderse en el vacío. Se representa con los dedos de la mano izquierda juntos y descansando sobre la rodilla, y el brazo derecho en ángulo recto y extendido sobre el pecho. Tiene peluca en la cabeza, klaft o nemes y barba postiza. Ojos de cristal incrustados en cuencas de cobre. Hierático, inexpresivo, con mirada altiva y serena. Sirvió como prototipo de las siguientes representaciones. Es la primera estatua conmovedora del arte egipcio. Su imagen está en la línea de la conquista de la representación humana como forma más alta de arte. Estatua del faraón Zoser III Estatua del faraón Zoser III Estatua del faraón Zoser III La IV Dinastía intensifica la producción de estatuas reales. Mientras la Estatua de Zoser se encontraba en la tumba y estaba destinada a no ser vista, ahora las estatuas salen de la oscuridad de los sepulcros para celebrar la luz del sol, el poder del faraón. 2. El Príncipe Rahotep y su esposa NefretA la IV Dinastía pertenecen las dos famosas estatuas sedentes del príncipe Rahotep y su esposa Nefret, de 120 cms, hoy, en el museo del Cairo. Fueron encontradas en una mastaba de Médium por Mariette (1821), arqueólogo francés, fundador del servicio de antigüedades de Egipto. Ambos tienen los ojos incrustados. El cuerpo del hombre es más geométrico y de color rojo, mientras que el de la mujer es más suave, de líneas curvas y de color amarillo dorado. Se trata de cristal de roca, rodeados de ébano, con apariencia de maquillados. Es la perfección más completa en los umbrales del arte. Esfinge de GizehLa monumental Esfinge de Gizeh, cuyo rostro posiblemente sea un retrato del faraón Kefrén, de la IV Dinastía, proviene del templo funerario de Gizeh. Es la estatua más clásica y representativa de todo Egipto. Sedente en el trono, apoyando sus antebrazos en los muslos, una de las posturas canónicas de la estatuaria egipcia, está hierático, idealizado con una sonrisa, la cabeza protegida por el dios Horus en forma de halcón de alas abiertas. La obra constituye un punto de llegada en el modo de representar al soberano, un modelo que los siguientes dos mil años sufrirá muy pocas modificaciones. Está esculpida en piedra diorita. Desde un punto de vista del tratamiento plástico, un largo camino separa la estatua de Zoser de la de Kefrén. Está tallada con una simplicidad admirable. Sus ojos, fijos, abiertos, escrutan la aurora de un horizonte más lejano que nuestro horizonte terrestre. Las terribles mutilaciones que ha sufrido agrandan todavía más los ojos de la esfinge. A veces, las arenas del desierto la cubren hasta medio pecho, pero la cara, siempre erguida, continúa mirando al confín del universo astral. Su pecho, atravesado por las venas horizontales de la piedra al descomponerse, es más emocionante en su misma destrucción. Las Tríadas de Mikerino, también pertenece a la IV Dinastía. De 98 cm, se encontraron en el templo de Gizeh. Son varios grupos escultóricos de esquito, de características similares, que representan, en imágenes de gran solemnidad, al faraón, acompañado de la diosa Hator y de otra figura femenina, esta, personificación de una provincia. No todos los grupos son igualmente bellos. El faraón en el centro, va tocado con la corona blanca y lleva el faldellín plisado y la barba cuadrada postiza, propios de la celebración de festivales. A la derecha, la diosa Hator, vestida con larga túnica y tocada por el disco solar, a la izquierda del rey, la representación de un nomo con indumentaria similar a la de Hator. La diosa y el nomo abrazan por la espalda al faraón en actitud protectora. En estas tríadas los dioses se humanizan y los humanos se convierten en dioses. Estos grupos escultóricos son la mejor expresión del descubrimiento de la belleza femenina y nunca con tanta fuerza había actuado el eje vertical como elemento constitutivo de la composición de un grupo familiar. La mujer lleva una túnica blanca, que deja entrever su anatomía, un collar y una diadema. En cambio, el hombre sólo lleva un faldellín con el torso desnudo. Característica de esta estatua es la barba del faraón, algo inusual. Ambos tienen los ojos de piedra y cristal de roca, rodeados de ébano con igual apariencia de maquillados. 4. Triada de Micerino, Siglo III a.C., Museo del Cairo 5. Micerinos con su esposa la reina Khamerernebti II La producción de estatuas de servidores se inicia al final de la IV Dinastía. De pequeño tamaño, de caliza o madera policromada, reproducen una serie varadísima de alfareros, molineros, artesanos pescadores, soldados del pelotón y otros oficios. Se disponen en la tumba para la mejor vida del difunto y garantizar los servicios que este necesitara. Son de carácter realistas, aunque con peor terminación que las de los faraones. En la V Dinastía se da vida a la mejor producción de estatuas de personajes privados del Imperio Antiguo. Las imágenes de distintos difuntos nos ofrecen un interesante repertorio de tipos humanos de la época. Individualizan perfectamente el personaje representado, y en el caso de los escribas, simbolizan directamente las tareas de su oficio. Entre ellas están las representaciones escultóricas del Escriba Sentado, en París, Museo del Louvre, en piedra calcárea pintada. Presenta al difunto sentado, con las piernas cruzadas y el papiro extendido sobre ellas en actitud de escribir al dictado. La clave de esta obra maestra del arte egipcio está en el rostro. La tensión que desde los ojos atentos comunica al resto del cuerpo, mientras aguarda a que su señor inicie el dictado. Otros personajes aparecen de pie, en solitario, como la de Ka-Aper, más conocido por el Alcalde del Pueblo, o Cheik-el- Beleb, el Cairo, Museo Egipcio, esculpido en madera y con los ojos incrustados. El retrato funerario del difunto se ha hecho popular en la historia por el apodo que le dieron los árabes que trabajaban para el arqueólogo francés Mariette, que fue quien lo descubrió en Sakara. 7. Escriba sentado, 2480-2350 a. C., Musée du Louvre, París 8. Alcalde, 2480-2350 a.C., Museo del Cairo Enano Seneb y su familia Un grupo familiar interesante es el del Enano Seneb y la Familia, el Cairo, Museo Egipcio, sacerdote del templo funerario de la IV Dinastía, de Keops. No es una escultura idealizada, sino que tiene una curiosa composición. Los esposos aparecen sentados sobre un banco corrido. La mujer abraza cariñosamente a Seneb que tiene sus piernas cruzadas sobre el asiento. Delante de él, en la parte inferior del banco, se ha representado a los dos hijos de la pareja, justo en el espacio que las piernas de Seneb hubiese ocupado si su cuerpo hubiese sido de estatura normal. En el Imperio Medio, XI-XVII Dinastías, se perpetúa la herencia del Imperio Antiguo, aunque con una voluntad de análisis realista, impensable en las esculturas de los faraones. Un ejemplo de ello es la Escultura de Mentuhotep II, XI Dinastía, cuyas piernas totalmente desproporcionadas con respecto al cuerpo, describen una situación patológica. Es la más característica. Está representado con la corona roja del bajo Egipto y túnica blanca, típica del festival del Heb-Sed. Estatua bloque y estela de Sahathor. Altura de la estela, 112 cm., 1878 a. C., Museo Británico cm. Procedente de Abydos.La estatua del Faraón Sesostris I, de la XII Dinastía, mejor momento de la estatuaria de este periodo, se representa al igual que todos, con cuerpo vigoroso y con las mismas atribuciones, aunque con cara más dulce. En la Estatua Sesostris III, la búsqueda realista se evidencia con más claridad. Los rostros tienen arrugas y las órbitas hundidas, casi poniendo en duda el sentido de la inmutable eternidad de su poder. En esta época, se crea un nuevo tipo escultórico, las llamadas estatuas cubo, en las que los cuerpos se reducen a sus formas más simples. Sentados con los brazos cruzados sobre las rodillas que se disponen a la altura de los hombros, envueltos en una túnica que sólo deja descubierta cabeza, manos y pies. Las esculturas de servidores, ejército de soldados y portadores de ofrenda, siguen produciéndose, aunque aparecerán con más abundancia en el Imperio Nuevo. Un ejemplo interesante es la estatua del Tesorero Shatho. arquitecto SenemuntEn el Imperio Nuevo, XVII-XX Dinastías, la escultura sigue alejada de la idealización para conseguir una reproducción más realista. Se gana también en soltura y en libertad, hasta donde se lo permitía su carácter oficial, se estilizan los cuerpos y las actitudes se hacen más flexibles. La producción estatuaria está entre las más amplias y diversificadas de toda la antigüedad. Imágenes esculpidas de dioses, reyes y ciudadanos privados invaden templos y tumbas expresando nuevas y variadas tipologías con respecto a las tradicionales, en un florecimiento artístico sin precedentes. Al inicio de este periodo que se examina, se remontan los Retratos de la Reina Hatshesut. Revelan un fuerte interés por la individualización del rostro, aun respondiendo en muchos aspectos a intentos de idealización. Hatshesut, de facciones correctas, le sentaba perfectamente el Klaft o tocado faraónico. El arquitecto Senemunt, artífice del templo funerario de Hatshesut, en Deir el-Bahari, se representa con una estatua cubo de la que aflora la cabeza de la Princesa Neferura, Museo de Berlín, también presente con él en otros grupos. Tan segura estaba la reina de su fiel arquitecto, que le que le confió la educación y el cuidado de su hija. Con el reino del Amenofis II, el anonimato idealizante de los retratos regios de comienzos de la Dinastía XVIII, es sustituido gradualmente por retratos más individualizados. El punto culminante de la evolución hacia el retrato realista es la cabeza del Retrato de la Reina Tiye, gran esposa real de Amenofis III. Las facciones que en el relieve de la estela aparecen embellecidas, se presentan sin idealización alguna en esta cabecita. Las comisuras de los labios forman surcos profundos curvados hacia abajo. Los ojos almendrados rebasan las órbitas. Los pómulos se destacan claramente por debajo de la piel, ya un tanto flácida. Este retrato parece desentenderse de las convenciones del arte egipcio, de modo que el observador llega a sentirse en situación incomoda, expuesto a la mirada de la reina. Cabeza de la reina Tiye Los Colosos de Memnón Thutmosis, arquitecto de Amenofis III, XVIII Dinastías, aparece en posición de escriba, es decir, de hombre culto, en dos estatuas, hoy en el Cairo que se encontraron en el templo de Amón en Karnak. Amenofis III construyó un templo en el llano de Tebas, hoy desaparecido, excepto los dos colosos que flanqueaban la puerta de entrada. Los griegos le llamaron Los Colosos de Memnón. Son verdaderamente colosales. Tienen cerca de veinte metros de altura. En la base de los colosos se repite la palabra costosa o cara, refiriéndose a la piedra cuyo traslado desde las canteras del Bajo Egipto debió ser así, costosísimo. Los retratos de Amenofis IV, que pasa a llamarse Akhenatón, el placer de Atón, llamado su reinado periodo de Amarna, nos muestran un hombre de cabeza oval, de hombros exiguos y vientre saliente, sin condicionarse por la necesidad de ser glorificado. Soberano, lleva el sello del absoluto naturalismo. Es una obra revolucionaria, debido a que la figura tiene las piernas rectas con las rodillas tendidas. El ademán de movimiento de la estatua de pie en actitud de caminar, se ha convertido en un esfuerzo vacilante, en un tímido intento de mantener el equilibrio. Akenatón Nefertiti En el taller del arquitecto del rey, Thutmosis, se hallaron las que quizás sean las piezas más representativas de este período. Nos referimos a la fantástica colección de retratos, tanto reales como privados, a la que pertenecen el bello Busto de Nefertiti, depositado en Berlín, desde comienzos del siglo XX, después de que fuera encontrada en excavaciones dirigidas por el arqueólogo y arquitecto alemán, Ludwig Borchardt (1863), en 1912. La reina está tocada por un alto casquete cónico que estuvo adornado con el uraeus, símbolo de la soberanía. Sus facciones son finas, su cuello elegantemente alargado. La policromía ofrece detalles ornamentales como el collar, el color de sus labios, los ojos perfilados y las cejas retocadas. Es una obra de fama mundial. De construcción perfectamente simétrica, fue reducida a busto debido a su función de modelo, hecho que explicaría la ausencia de incrustaciones en el ojo izquierdo. La enorme popularidad que alcanzó, al poco tiempo después de ser expuesto en el Neues Museum de la isla de los Museos de Berlín, se debe probablemente al hecho de que coincidiera con el ideal femenino austero y distanciado que predominaba en los años veinte. Busto de Ramses II, Museo de TurínEl reinado de Ramsés II, XIX Dinastía, duró cincuenta años. Dejó un recuerdo tan glorioso que los monarcas de la XX Dinastía que no eran de su linaje, quisieron llamarse todos, sin excepción, también Ramsés. El arte del ‘renacimiento ramésida’ evidencia con mayor claridad que las épocas anteriores, la polaridad entre tradición e innovación. La suave fluidez de los atuendos y el delicado modelado de los cuerpos, son, inconfundiblemente, ramésidas. Mientras que la estructura formal del grupo conserva su rigor. Existen varios retratos del gran Ramsés transfigurado en majestad o en los relieves históricos, aplastando a los vecinos, pero ninguno puede competir con el Retrato del Museo de Turín. Allí, Ramsés, en traje de gala, no lleva el antiguo tocado, sino un elegante casco de malla de oro con el uraeus en la frente. No va tampoco desnudo, como era casi ritual para un faraón en oficio, sino con una túnica plegada de lino fino, maravillosamente transparentando algo del cuerpo. De entre sus reinas, la preferida es Nefertari que le acompaña en la estatua de Turín y en otras estatuas reales. Otros retratos de Ramses II, en Abú Simbel, encontramos esculpidos directamente en la roca, así como los grandes retratos del templo de Karnak y de Luxor. Como Luis XV de Francia, a quien se parece hasta en su fisonomía, añadió al ya presente colosalismo, el triunfalismo en la producción ramésida, afirmando, por última vez, la grandeza oficial de un Egipto, que ya respira aires de decadencia, aunque su historia tenga todavía un milenio ante sí. escultura de la antigua roma El romano difería del griego por sus costumbres, su temperamento, su religión, por toda su sustancia moral. Aquí, una vida sencilla, libre, investigadora, dedicada por completo al afán de realizar la armonía interior, perseguida en todas partes por una encantadora imaginación; allá, una vida disciplinada, egoísta, dura, cerrada, que busca fuera de sí misma su alimento. El griego construye su ciudad en conformidad con su imagen del mundo. El romano quiere que el mundo se amolde a la imagen de su ciudad. La verdadera religión del romano es el hogar, y el jefe del hogar es el padre. El culto oficial es puramente decorativo. Las divinidades son cosas concretas, rígidas, positivas, sin vínculos, sin envoltura armoniosa, un hecho personificado al lado de otro hecho personificado. Constituyen un dominio aparte y, en el fondo, secundario. Por un lado, el derecho divino y la religión. Por otro, el derecho humano y la jurisprudencia. Todo lo contrario que en Grecia, donde la transición entre el hombre y el dios, entre lo real y lo posible, pasaba inadvertida. El ideal griego es la diversidad y la continuidad en el inmenso conjunto armónico de las acciones y las reacciones. El ideal romano es la unión artificial de estos elementos aislados en un conjunto duro y rígido. Cuando el arte de este pueblo no sea utilitario, será convencional. La misma transformación se registra por todas partes, tanto en la pintura como en la escultura. La copia, por muy concienzuda que sea, resulta siempre traicionera. Es pesada, fatigosa, abotargada, está carente de vida. El escultor griego que trabaja en Roma despierta a veces esplendorosamente de su letargo. Pero con mayor frecuencia obedece a la moda y aparece unas veces clásico, otras decadente y otras arcaizante. En cuanto al escultor romano, se limita a fabricar para el coleccionista innumerables réplicas de las estatuas de la gran época ateniense. Es la segunda etapa de este academicismo del que aún hoy se resiente el mundo moderno. La primera data de aquellos discípulos de Policleto, Mirón, Fidias y Praxiteles, demasiado hábiles en su oficio. Roma queda atestada de estatuas. Estatuas de muertos y de vivos. Cuantos han desempeñado una función pública, alta o baja, quieren tener ante la vista el testimonio material y perdurable de ella. Más aún, todo el que posee los medios suficientes desea saber por anticipado qué efecto producirá el pilar en que han de colocarla. No es sólo el emperador quien ve su vida militar ilustrar el mármol de los arcos y las columnas triunfales. También el centurión y el tribuno tienen en su existencia pública algún acontecimiento señalado que mostrar a la admiración del porvenir. Los escultores de los sarcófagos inventan el bajorrelieve anecdótico, el "género" histórico, esa forma especial de decadencia artística que tan bien se avendrá en todas las épocas con el academicismo. Se trata de hallar en la vida del hombre ilustre el mayor número posible de hechos heroicos para contarlos luego. Las aventuras, los personajes, los fasces, las armas, los pabellones, se amontonan en cinco o seis metros de mármol. Todo es episódico y nada descuella. El sobrio bajorrelieve griego, por el contrario, no tenía nada de episódico. La significación completa de la escena saltaba a primera vista. Sin embargo, es aquí, en estos bajorrelieves, donde el áspero genio romano imprime principalmente su huella. Ostentan frecuentemente una especie de fuerza sombría y solemne, que penetra en nosotros junto con un dilatado y abrumador cortejo de recuerdos, laureles, lictores, toda la púrpura consular. Estalla en ellos una potencia bárbara, que ninguna educación es capaz de contener. A veces, incluso, en las pesadas guirnaldas cinceladas en que las frutas, las flores y el follaje se acumulan y enredan como las mieses y las cosechas en las feraces campiñas latinas, se ve brotar aquella savia rústica que Roma no ha podido agotar y que hace crujir el poema de Lucrecio como un árbol vetusto a punto de verdear. En ese punto se olvida por completo a los griegos, y los escultores venidos de Atenas ríen seguramente de lástima ante esos cantos confusos a la riqueza de la tierra. Es un ritmo diferente al suyo y apenas pueden comprenderlo. Prefieren, sin duda, la pesada imitación que de los suyos se hace. Ya no hay aquí, en efecto, hueco alguno, ni transición silenciosa, ni onda espiritual uniendo los volúmenes, que se responden uno a otro en una misma y constante preocupación de equilibrio musical. Aparece, no obstante, una orgía disciplinada, y la abundancia se convierte en un elemento que se incorpora a la embriaguez carnal, en lugar de inscribirse en el espacio intelectual. La decoración romana se afirma, en suma. Si bien menos estilizada e idealizada que la decoración griega, es, en cambio, mucho más emotiva y sensual. La uva grita, la encina ofrece sus brazados de hojas negras y compactas bellotas, la espiga cargada de grano se agrupa en gavillas espesas y se siente flotar el aroma de las ramas verdes y el olor del suelo trabajado. Es opulenta y fuerte, pero se halla confinada en las labores artesanas. En el escultor oficial, por el contrario,, impera una violenta confusión, un hastío monótono,'una inmovilidad absoluta. A ese espíritu, por completo extraño al hombre y por completo dedicado a glorificar seres, cosas o abstracciones, hacia los cuales el hombre no se siente espontáneamente atraído, sino llevado por el prejuicio o el culto del momento, debe la alegoría la boga de que disfrutó en el academicismo romano. El verdadero artista no ama la alegoría. Cuando se le impone, la domina y anula dentro de la forma, sacando de la forma misma el sentido que siempre encierra. La alegoría, en cambio, domina al falso artista, a quien la forma nada puede enseñar. La alegoría es la caricatura del símbolo, mientras que el símbolo es el rostro viviente de la abstracción realizada. La alegoría se limita a señalar la presencia de la abstracción por medio de los atributos exteriores. Esas frías academias, esos maniquíes de bronce y de mármol, esos gestos inmóviles y siempre idénticos, esas actitudes oratorias o marciales que no cambian jamás, esos papiros enrollados, esos ropajes, esos tridentes, esos rayos, esos cuernos de la abundancia, atestaban todos los lugares públicos, los foros, las plazas, los santuarios, con su amazacotada y aburrida muchedumbre. Sarcófagos, estatuas, todo era prefabricado, el orador con su toga, el general con su coraza, el tribuno, el senador, el cónsul, el cuéstor, hasta el propio emperador era intercambiable. Bastaba con soldar la cabeza a los hombros. Para saber de qué personaje se trataba, era preciso mirarle a la cara. Mas ésta se encontraba a menudo demasiado alta para que fuese posible seguirla. Sólo el rostro parecía no salir de la fábrica. Porque sólo él respondía a una preocupación, oscura y material desde luego, pero sincera, real. Se creaba después de encargado y para quien lo había encargado. Artista y modelo colaboraban entonces lealmente. Todos estos retratos romanos son implacables. No ningún convencionalismo, ni tampoco fantasía alguna. Hombre o mujer, emperador o aristócrata, el modelo es representado rasgo por rasgo, desde la osamenta del rostro hasta el grano de la piel, desde la forma del peinado hasta las desviaciones de la nariz y la brutalidad de la boca. El marmolista trabajaba con aplicación, con probidad. No se le ocurre insistir sobre los elementos descriptivos del rostro del modelo. Buscaba únicamente el parecido. Ningún ensayo de generalización, de tentativas engañosas, de halagos o de sátiras. Ni la menor intención psicológica, ni el menor carácter en el sentido descriptivo de la palabra. Menos penetración que preocupación de exactitud. Ni el artista ni el modelo mienten. Son documentos para la historia, tanto los verdaderos Césares de Roma como los aventureros de Asia y de España, los monstruos divinizados o los emperadores estoicos. ¿Dónde está el tipo clásico de «perfil de medalla» en estas cabezas finas o pesadas, cuadradas, redondas o puntiagudas, soñadoras a veces, aunque más a menudo malévolas, pero siempre reales, de histriones hinchados, de idealistas impenitentes, de brutos totalmente incurables, de viejos centuriones curtidos, de cortesanas coronadas, que ni siquiera son bellas? Algunas, es cierto, a fuerza de atención, de vida concentrada, por su densidad y por su masa, por la búsqueda implacable de un modelado profundo que la estructura del rostro analizado posee y revela al escultor por casualidad, son vigorosamente hermosas. En la estatua llamada La Gran Vestaf, por ejemplo, la verdad inmediata alcanza la verdad típica. Y Roma entera, con su dominio sobre sí misma y su peso sobre el Universo, aparece en esta mujer fuerte y grave, firme como la ciudadela, inquebrantable como el hogar, sin humanidad, sin ternuras ni debilidades, hasta el día en que lenta, profunda e irresistiblemente, haya cavado su surco.