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-LizardQueen-

Usuario (Argentina)

Primer post: 25 ene 2012Último post: 5 jul 2012
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Cuentos cortos y tristes (Parte I: Las muertes)
Cuentos cortos y tristes (Parte I: Las muertes)
Apuntes Y MonografiasporAnónimo7/5/2012

Cuentos para leer sin rimmel (Poldy Bird) Cuentos para leer sin rimmel es un libro de textos que giran alrededor de la muerte, los abandonos y las despedidas. No es un libro fácil, ni pasatista, no es un libro para leer para matar el aburrimiento. Es un libro sin golpes bajos pero que duele. A pesar de todo esto, vendió 2 millones de ejemplares desde su primera edición. Capítulos Las muertes El amor Lo de siempre Cosas mías Todos los cuentos están copiados por mí desde el libro, si hay algún error de tipeo sepan perdonarme Ahora sí, los cuentos: Ya vendieron el piano Lo vi desde la ventanilla del tren y saqué medio cuerpo fuera para llamarlos. Papá tomó a mamá por un brazo y prácticamente la arrastró hasta llegar frente a mí. Yo miraba, asombrado, cómo había aumentado el volumen de su vientre desde que me marchara un mes atrás y Margarita, mi prima, que se había peinado unas veinte veces durante el viaje, me tironeó de la camisa gritándome que le ayudara con el bolso. "Toda la gente está bajando, ¿pensás quedarte arriba del tren?" Papá me arrebató el bolso en cuanto pisé la plataforma. Mamá me estrechó, como pudo, contra su pecho y los cuatro caminamos hacia la salida de la estación. - ¿Lo pasaste bien, Pablito? ¿Cómo se portó el nene, Margarita? ¿Hizo rezongar mucho a la tía de Carmen? ¿Todavía sigue en cama el tío Miguel? ¿El médico piensa que tendrá para mucho? Cuánto te agradezco, querida, las molestias que te tomaste por Pablito. Pero si supieras que trajín con todo lo que pasó y yo no me sentía muy bien. No sabés lo que te agradezco la ayuda que nos prestaste. Mamá dijo todo eso, casi sin respirar, y Margarita le contestó de un tirón que yo me porté como un hombrecito, la tía Carmen encantada de tenerme allá, el tío Miguel todavía en cama y tenía para rato porque el médico le había ordenado reposo absoluto durante un mes más por lo menos. Llegamos a casa a la hora de la cena: la mesa estaba puesta y en seguida de lavarnos las manos nos sentamos a comer. Mamá se echó sobre el sillón de la salita diciendo que le dolían los riñones y le pidió a Tina, la muchacha, que le llevara comida allí. Margarita ocupó la silla de mamá y entonces noté que el lugar del abuelo estaba vacío. - ¿Y el abuelo? -pregunté con sorpresa. Los grandes se miraron entre sí y luego, lentamente y dando muchos rodeos, papá me comunicó que el abuelo se había ido de viaje, un largo viaje con destino al cielo o algo así. Un largo viaje, abuelo. Y así supe que te habías muerto. Y de pronto me dí cuenta de que todos estaban tristes y yo también. - ¿La muerte es para siempre? No me contestaron y no repetí la pregunta. Nadie comió esa noche. Margarita se quedó en casa hasta que nació la nena. Roja y arrugada. La llamaron Mariana y me prohibieron levantarla de la cuna. Con el tiempo se volvió blanca y gorda y aprendió a decir algunas palabras, entre las que se encontraba mi nombre. Fue entonces cuando pusieron una sillita alta en tu lugar, y desde allí Mariana, metía las manos en el puré, mientras mamá le daba de comer por cucharadas. Ellos dejaron de nombrarte, abuelo. Pero yo me acordaba de vos. De tu cabeza canosa, de tu voz fuerte, del bonito reloj de bolsillo que se llevó tío Antonio, de tus cuentos de cacería con el imponente rigle que se llevó tío Juan. Papá hizo un atado con tu ropa y lo mandó al Ejército de Salvación. Un día al volver de la escuela, entré a tu cuarto, y en lugar de tu cama de bronce, me encontré con la cuna de Mariana y unas cortinas nuevas en la ventana. Unas cortinas con escarabajos verdes y flores anaranjadas. Me daba rabia cómo te iban sacando de la casa que era tuya, que vos mismo mandaste a construir, que se llenaba con tus rezongos cuando ponían alto el televisor y cuando te negabas a tomar los remedios que te recetó el médico, y cuando peleabas con mamá porque a ella le daba náuseas el olor a tabaco de tu pipa. (Ella la tiró a la basura, pero yo la recogí y la tengo guardada en la caja de los soldados de plástico). La casa también se llenaba con tu música cuando tocabas el piano. Papá te decía que por qué no cambiabas el repertorio, pero a mí me gustaban esas cosas "antiguas" que tocabas; especialmente la marcha esa de los aliados de la primera guerra. Yo ya tarareo cuando juego a los soldados y los indios y me imagino que me acompañás con el piano. Te extraño, abuelo. Aunque me tirabas del pelo cuando hacía ruido para tomar la sopa y te quedabas dormido mientras jugábamos a las cartas. Tengo ganas de verte, pero no sé dónde. Aquí en casa no, abuelo. Mejor no porque si vinieras sería un verdadero problema, no sabrían dónde meterte. No hay lugar para vos en casa. Se armaría un lío. Además, ya vendieron el piano. Respuesta A Pilar Esta es la segunda vez que lloro por vos. La primera, hace cuatro años, fue a causa de unas de las palabras tuyas y de unas lágrimas tuyas. Habíamos conversado durante un mes, diariamente, en la playa, como simples vecinas de carpa. Vos mimabas a mi hija y me parecías nada más que una linda muchacha llamada Pilar. Unos días antes de volverme a Buenos Aires, me preguntaste si yo era la autora de unos cuentos que habías leído, u ante mi respuesta afirmativa y mi asombro, balbuceaste entrecortadamente, de memoria, emocionada, un pasaje de uno de mis cuentos que te había impresionado. Tus lindos ojos grises, extrañamente grises, se humedecieron. También los míos. Volví a verte, todos los veranos, en la misma playa. Durante el resto de año te recordaba cada vez que mi hija te nombraba: "Mamá, ¿Pilar... está en la playa todavía?" Pilar, una chica en la playa, una muchachita ubicada en mis veintitantos días de licencia anual. Ni siquiera supe nunca tu apellido, tu edad exacta, si estabas enamorada. Tuve de vos, durante años, una imagen exterior y unos ojos mojados. Entre tanto, como todo el mundo, corrí tras mis deberes, mastiqué despacio mi rabia y mis desilusiones, sentí el cansancio de las cosas repetidas, aborrecí el atraso de los trenes, el sonido del despertador, los problemas cotidianos. También hice otras cosas igualmente rutinarias, y sin importancia: pintarme los ojos, comprarme zapatos, alargar los ruedos de los vestidos de Verónica, cepillarle el pelo, contarle por milésima vez el cuento de Caperucita, alzar la cara para que la lluvia la humedeciera, acomodar las flores en los floreros, añorar el verano, tener la imperiosa necesidad de tenderme al sol, juntar boletos capicúas. Hice cosas que seguramente también vos hacías y también a vos te daban rabia, te parecían aburridas. Nunca supe qué querías, qué soñabas. Yo, que me quejo de la indiferencia, que pataleo contra la incomunicación, estuve tan cerca de vos, materialmente, y sin embargo, supe tan poco de vos... Ayer, cuando me dijeron "murió Pilar, ¿sabés?". Murió Pilar. Un accidente. Allá en Miramar. Pilar y sus lindos ojos grises. Pilar y sus veinti... años. Pilar. Lloré. Ye debía esas lágrimas. Todavía no sé imaginarme los veranos sin vos. Mi hija va a seguir nombrándote y cuando volvamos allá se extrañará de tu ausencia. Dirá "No está Pilar, ¿por qué?" Y entonces sabrá que no se mueren solamente los viejos muy viejitos que ya gastaron toda su vida, sino también las chicas de ojos grises que aprenden de memoria párrafos de cuentos, giran en el trompo de los sueños, quieren cosas que no se quieren, cosas que sí se quieren, lloran por cosas que no conozco, lloran por cosas que conozco, sienten lo mismo que yo y otras cosas distintas. Pilar. Sí, he llorado. Y he llorado por vos. No por mí -como lloré muchas veces cuando me daban una noticia triste-- sino por vos. Por vos, que ya nunca te agitarás de rabia, ni sonreirás, ni gastarás bailando los zapatos, ni te deslizarás por la arena con tu manera lenta. He llorado por vos, que querías vivir y, sin embargo, estás muerta. Y ese llanto y tu muerte me han dado la respuesta que he buscado tanto. La respuesta a una pregunta que me he hecho mil veces en momentos de abatimiento, de desazón, de dolor: "vivir, ¿para qué?" Para esto tan simple que es vivir. Para esto tan simple que se te niega y, sin embargo, te pertenecía por derecho propio, por derecho de juventud, por derecho de sangre ardiente, de rebeldía, de fe, de amor. Vivir para esto tan simple que se te niega, Pilar, inexplicablemente. Para repetirme todos los días, para devorarlos, lamer humildemente sus grietas, agradecer fervientemente cada latido que me separa de la muerte, y zambullirme verdaderamente en cada ser que se me acerque. Esa no era mamá Andrés se escondió detrás del tronco del laurel, Martín se agachó tras el barril que estaba lleno de mezcla para hacer el piso del gallinero. Yo contaba, apoyada en la mesa que Eugenia había sacado para que comiéramos en el jardín. Contaba, con la cabeza colocada sobre los brazos cruzados y espiaba a través de mi flequillo. El flequillo siempre me protegía de la gente. Cuando iban visitas a casa, yo bajaba un poco lacabeza y, mientras decían todas esa gansadas de ¡qué grande!, ¡qué cambiada!, ¡qué linda!, ¡ya pronto va a ser una señorita!, ¡debe ser una buena compañía para vos, Clelia!, yo miraba los arabescos de las alfombras, sacaba cuentas de las flores marrones y las verdes, o pensaba en cualquier otra cosa sin que nadie advirttiera que no estaba prestando atención. Dije treinta, bien fuerte, y caminando unos pasos hacia adelante -para disimular-, grité: "¡Piedra libre para Martín, que está detrás del barril! ¡Piedra libre para Andrés que está detrás del laurel!" Los dos salieron de sus encondites con cara de rabia, y justo cuando me iba a tocar esconderme a mí -ya tenía pensado hacerlo debajo de la mesa, sin hacer ruido, para poder tocar piedra libre sin que mi primo se avivara-, Eugenia me llamó desde la puerta de mi casa. -Vení en seguida, Virginia. Vení a cambiarte, que dentro de un rato te vienen a buscar. Cosa rara de ella, Eugenia me tomó de la mano cariñosamente y me llevó hacia adentro. Era la primera vez que me hablaba despacito, como en secreto, y que no rezongaba por las marcas de barro de mis pisadas. -Lavate las manos, la cara y las piernas y ponete el vestido celeste. Yo te voy a peinar. Me llamó la atención su cara pálida, y los ojos brillantes, como si quisiera llorar. -¿Qué pasa? -le pregunté. Ella se secó una lágrima con la punta del delantal y sacudió la cabeza hacia uno y otro costado. -Nada, mi niña, nada. El tío Alfonso tocó bocina para avisar que había llegado y yo me tiré en el asiento de adelante, a su lado. No me dijo: "Parecés un potro, no una chica". Arrancó en silencio y noté que su cara también estaba rara. Mientras cruzábamos la barrera, carraspeó, y abrió la boca para decir algo. Después la cerró. Recién cuando pasamos frente a la quinta de los Márquez volvió a abrir la boca y, con una voz que no le conocía, me dijo: -Virginia, nena, vos sabías que mamita estaba enferma, que te trajimos a casa a pasar unos días para que ella pudiera estar tranquila. -Sí, tío. -Bueno, ella..., ella se agravó, se puso cada vez peor... y esta mañana... esta mañana se murió. Ahora su alma está en el cielo. No sé que más siguió diciendo. Debajo de mi flequillo, mis ojos se pusieron a llorar copiosamente; oí algunas palabras sueltas como "estrella", "te mirará", "seas buena". Las lágrimas me mojaban el vestido celeste; me temblaban las manos y las rodillas. Mi madre estaba muerta. Eso era lo que ellos decían. A lo mejor estaba dormida y ellos creían que estaba muerta. Sí, seguramente estaba dormida. Resolví que estaba dormida y me limpié los mocos con el brazo, pero a pesar de ello no podía dejar de llorar. Llegamos a mi casa. No parecía mi casa. Había gente en la vereda, enormes coronas de flores, gente en el pasillo. Todos se daban vuelta para mirarme y algunos me pasaban la mano por la mejilla. En la sala, más flores y más gente. Mis tías me apretaron entre sus brazos. El olor de las flores me mareaba y me daba asco. Demasiado olor, demasiadas flores. Papá, más flaco, con una corbata negra y peinado sin gomina, me alzó y me besó. Alguien dijo "pobrecita", otras voces repitieron lo mismo. Una señora gorda que yo no conocía, me tomó de la mano y me condujo a la habitación de mis padres. -Pobrecita... vaya a ver a su mamita, queridita. Yo esperaba encontrar a mi madre acostada en su cama, pero la cama no estaba y en su lugar había un gran cajón oscuro alumbrado por velones emergidos de enormes candeleros plateados. Me acerqué al cajón, sorprendida. Ahí adentro había una mujer joven, rubia, con los ojos cerrados, envuelta en una túnica rara y con un ramo de flores color lila entre las manos. La cara y las manos parecían de madera blanca. -Dale un beso -ordenó la mujer gorda, alzándome para que pudiera alcanzar la cara blanca. Mis labios tropezaron con una mejilla fría, rígida. Me eché hacia atrás, asustada, y empecé a llorar fuerte para que alguien fuera a sacarme de allí. Esa no era mi mamá. Mamá tenía las mejillas rosadas y tibias. Cuando yo la besaba sonreía y me apretaba contra su pecho. Esa mujer blanca y dura me daba miedo. No quería tocarla. No quería seguir mirándola. Se parecía a los muertos de los cementerios que se escapan por la noche a ir a bailar y regresaban al amanecer apurados por meterse en sus bóvedas. Lloraba a los gritos y la mujer gorda me dejó en el suelo. Tía Marcela me sacó de allí y me llevó a mi cuarto. -No te desesperes, querida, mamita no te abandonará nunca, ella estará junto a vos aunque no la veas..., te cuidará, te protegerá, y de noche te brillará en una estrella para que puedas mirarla y rezarle. Me ayudó a recostarme en mi cama y luego me acarició. -Quedate aquí, vas a estar más tranquila. Allí no había tanto olor a flores, ese era el único lugar de mi casa que se parecía a mi casa: con las muñecas sentadas sobre la cómoda, la valija de la escuela sobre la silla. Al rato me llevaron un plato de sopa. Tía Tita, la menor de las tías. Me sacó los zapatos y el vestido y me hizo acostar bajo las sábanas. -Dormí un poco, tesoro. Yo me quedaré con vos hasta que te duermas. Estuve unos minutos mirando el techo y luego cerré los ojos haciéndome la dormida para que se marchara. No sé en qué momento me dormí de veras. Cuando desperté era de mañana y papá estaba sentado en mi cama, junto a mí. -Papá -me abracé a él llorando. Sus manos eran blandas, su cara también. Eso me dio un gran alivio. -Vamos a llevar a mamita al cementerio..., si querés podés quedarte con alguna de tus tías. -No. Quiero ir. -Entonces es mejor que te vistas. Papá salió, me vestí y me quedé en mi pieza, mirando por la ventaba entreabierta los grandes autos negros y en uno de ellos, en letras doradas, las iniciales de mi mamá. Tenía miedo de que la señora gorda me llevara otra vez a besar la cara de madera blanca. O no, de piedra blanca, porque la piedra es más fría. Me espantaba la sola idea de que ello ocurriera. Pero me tranquilicé al ver unos hombres subiendo el cajón al auto con las iniciales. Salí de mi cuarto y me agarré de la mano de mi papá, que lloraba. Subimos a uno de los autos negros. A nuestro paso la gente de persignaba, los hombres se quitaban las gorras, algunos los sombreros. Los vehículos nos cedían el paso. Entonces... no era solamente yo la que tenía miedo de esa muerta blanca, eran todos; los que se persignaban, los que se quitaban las gorras o los sombreros, los que se detenían para dejarla pasar... Nadie se animaba a enfrentarla, a contrariarla con una falta de respeto, con un gesto inconveniente. En el cementerio había mucho sol y yo tenía calor. Me dolían los zapatos y me había entrado una piedrita que me lastimaba un pie. Nadie me prestaba atención, todos estabas pendientes del cajón que bajaba lentamente hacia el fondo de la fosa. Todos querían verlo desaparecer allí, todos querían estar seguros deque la mujer blanca estuviera, por fin, en el sitio que le correspondía. Papá arrojó un puñado de tierra, mis tías también lo hicieron, por turno, y dos hombres llenaron el hueco con rápidas paladas. Sobre la tierra removida colocaron las flores y luego cada cual se marchó a su casa. Fue un largo día, un día interminable. Entre papá y tío pusieron la cama en la pieza de mamá. Tía Tita dejó las persianas bajas y abrió las ventanas para ventilar, pero el olor a flores había impregnado las paredes, los muebles, las cortinas. A la noche todavía había olor a flores -o sería yo, que lo tenía pegado a la nariz. Felisa, la muchacha, nos preparó la cena. Todos se habían marchado, papá y yo comimos solos. La silla de mamá estaba vacía y yo no podía tragar, imaginando que en cualquier momento podía abrirse la puerta y entraría la mujer blanca. Papá me acompañó a acostarme; hubiera querido pedirle que me dejara dormir con él, pero no me animé. Me pasé la noche despierta con los ojos cerrados, encogida bajo las cobijas, tapada hasta las orejas, alerta a los ruidos de la casa. Temía oír los pasos de ella regresando, temía abrir los ojos y verla de pie junto a mi cama, con su larga túnica sucia en los bordes por la tierra del cementerio. -Mamá -murmuré llorando-. Mamita... ¿dónde estás? ¿Por qué pusiste en tu lugar a esa mujer que no conozco y me da tanto miedo? ¿Por qué todos dijeron que esa muerta eras vos? ¿Por qué me dejaste tan sola? Durante muchas noches dormí sobresaltada, tuve horribles pesadillas, me sentí perseguida por la mujer blanca, rozada por sus manos duras y frías. Porque esa no era mamá. Esa, no. A mamá, tibia, sonriente, blanca, levemente rosada, la sigo buscando entre la gente que camina por las calles, entre la gente que viaja en los colectivos, los trenes, los autos, los subterráneos. El abuelo en la Apolo Nada había que no hubieras sido, abuelo. Yo me quedaba fascinado escuchando tus historias, esas interminables narraciones de tus fabulosas aventuras; algunas veces los finales se encontraban con mis ojitos cerrados por el sueño, y al día siguiente me trepaba de tus rodillas pidiéndote que lo contaras de nuevo. Mis siete años no van a olvidarse nunca de tus grandes pies hundiéndose en las nieves eternas, en los filosos hielos perennes del Polo; ni de tu solitaria embarcación azotada por los vientos mientras dabas la vuelta alrededor de la tierra y conocías islas remotas habitadas por gigantes o por minúsculos enanos. Y aquel país, abuelo, en donde crecían árboles con forma de juguetes, plantados anualmente por Papá Noel y puntualmente cosechados en diciembre... Yo me peleaba con los chicos de la escuela, porque ellos decían que no era posible que hubieras sido vigilante, bombero, aviador, capitán de barco, guarda de tren, jockey, oficial de la guardia de la reina, payaso, trapecista, maestro, vendedor de globos y calesitero. Se me humedecían los ojos de rabia cuando le colgaban la palabra "mentiroso" a tu ancha cara sonriente, a tu cuidada barba legendaria (pienso que fue tu barba la que me hizo creerte siempre, tu barba blanquecina que te daba un aspecto sabio, imponente). Pero después me tranquilizaba diciéndome: "Es la envidia... ninguno tiene un abuelo como el mío". Abuelo con caramelos en los bolsillos, con monedas especiales para mis vueltas en calesita, siempre paciente y sereno para contestar a todas mis preguntas para sacarme del paseo cuando mamá tenía que hacer limpieza general en la casa o cuando iba a recibir a esas aburridas señoras que me pellizcaban las mejillas y se esforzaban para hacerme recitar los versos de mi primero superior. Vos eras mi compinche de pipa olorosa, yo era tu compinche fumador de cigarrillos de chocolate. Abuelo de ojos claros, abuelo que no tuviste tiempo de decirme adiós la noche en que tu corazón se detuvo, ya cansado de tanta aventura, de tanta vida vivida plenamente. Han pasado muchos años... Tu compañero de rodillas huesudas y pantalones cortos, tu compañero de flequillo despeinado hoy es un hombre con sus horarios, sus obligaciones, su propia pipa, dos hijos corriendo a abrirle la puerta a las siete y media de la tarde, cuando llega del trabajo. Un hombre que firma boletines de clasificaciones, se ríe a escondidas de las travesuras de sus chicos y tiene tu retrato colgado en tu cuarto. Un hombre como a vos te hubiera gustado que yo sea. Seguramente, abuelo. Porque cada vez que pude haber flaqueado, tu fuerza me dio un empujón hacia adelante. Y cada vez que estuve al borde del aburrimiento... me trepaba a tu barca y recorría los mares, o apagaba junto a vos un incendio, o picaba boletos en un tren, o le ayudaba a Papá Noel a sembrar las semillas de los árboles de juguetes. Heredé tu pipa, los caramelos en mis bolsillos, algunas estrafalarias historias que les cuento a mis hijos antes de que se duerman. Heredé tus ojos, que sabían ver las cosas más hermosas del universo y de la vida. Abuelo... pero hoy, 21 de julio de 1969, quiero decirte una cosa: tan compinche, tan amigo... y no me avisaste que ibas a estar en la Apolo 11. Como la mayoría de los seres de la tierra estuve sentado frente al televisor, ansioso, fumando nerviosamente (No, Marcela, no tengo ganas de cenar, pero tené preparadas dos copas de champán para brindar cuando Armstrong ponga su pie en la luna). -No hagan bochinche, dejen escuchar... ¿Qué fue lo que contestaron desde Houston? ¿Que faltan apenas cinco minutos? Ellos, allá, dos hombres en el módulo, con ciento cincuenta pulsaciones por minuto... Y yo aquí, también con ciento cincuenta, creo. -Ahora, ahora, Marcela, chicos, miren, ahora... se ha abierto la escotilla ahora... ahora... ¡Y era tus pies, abuelo!, tus pies bajando suavemente la escalera, tu pie izquierdo posándose como un ala sobre la tiza gris de la Luna. -Es el abuelo. El abuelo que quién sabe con qué artimañas convenció al astronauta para que le dejara el puesto de comando... -¿Quién, quién dijiste que es? -Armstrong -respondí. No, no podía decirles la verdad, este último secreto que es solamente tuyo y mío, de nosotros dos: abuelo y nieto, camaradas, compinches. Mis siete años tironeándote la barba; mis treinta y cinco años levantando una copa de champán y brindando, con los ojos mojados, por el priero hombre que puso sus pies en la luna. (Por vos, abuelo, creeme, que... por vos...) Para eso estamos los amigos Recién ahora, hermano, amigo, lejos de aquellos comienzos en que se nos mostraba el mundo abierto como una mano bondadosa, amplio como un llano, con todos los horizontes desnudos. Ahora, digo, después de haber llegado hasta este sitio andando por oscuros laberintos que eran en verdad el único camino, me encierro en este cuarto para hablarte. Mirame, ¿podés? Este es el rostro que hoy hubieras encontrado al tropezar conmigo por cualquier lado de la calle de cualquier barrio de esta alta ciudad vertical, gris y muda. Yo sé que te hubieras alegrado de encontrarte conmigo, como me hubiera alegrado yo si hubiese podido encontrarte. Imaginate: un rostro amigo entre el desfile interminable de millones de caras ocupadas en mirar hacia adentro, o hacia atrás de nuestros hombros, sin vernos, sin saber que existimos. A veces converso con alguien que me dice que tiene un amigo en París o en Mendoza o en Washington o en Tokio, que se escriben largas cartas nostálgicas, se extrañan. No les hablo de vos, quizás no entenderían que se puede tener un amigo que esté del otro lado del azogue de los espejos, en la misma raíz de los vientos, alejado ya de todas las tormentas y los sinsabores, de las tristezas, las calamidades, el hambre de Biafra, las guerrillas, Vietnam, los ritos, los conjuros. Un amigo que se encuentra en la frase subrayada de cualquier libro que ha leído. O en una canción que pasan por la radio. Porque siento que estás aquí cuando te necesito. Por ejemplo: cuando grito y me muerdo los puños (como gritabas vos), cuando lloro, cuando estoy mansamente triste, cuando me atuden las campanadas de la alegría. Atravieso el tiempo y los recuerdos y estás, lo siento, estás. Sorprendido por tu muerte prematura y feroz, por tus veintiséis años quebrados de repente a no sé cuántos kilómetros por hora de una noche cercana al verano. Tan torpemente muerto, Juan Manuel. Tan torpemente muerto. Menos mal que quedamos algunos, de este lado, que a veces te traemos a tus pasos anteriores, te revivimos en un sueño en el que tu mano se alza, saludando, y sonreís, joven para siempre, el mismo, con las rayas de los pantalones impecables, el pañuelo haciendo juego con la corbata, sin ganas de volver a tu casa, diciendo "vamos un cine", o "vamos a tomar una copa". Menos mal, Juan Manuel, que quedamos algunos, de este lado, para impedir que te aburra tu permanencia allá, en una quietud y en un encierro que no sé cómo aguantás. Antes, hermano, amigo, solamente me encontraba con vos en los sueños, sin querer. Porque le tenía miedo a la muerte, y vos estás en ella. Pero ahora, fijate lo que son las cosas, ahora ya no le temo. Por eso puedo encerrarme en mi cuarto ponerme a charlar con vos, serenamente. ¿Qué decirte? Que a veces sigo escribiendo poemas, que no me hice famosa, que me canso y vocifero mandando todo al diablo, pero después pongo el despertador en hora y salto de la cama cuando suena, me ducho, tomo el tren, ordeno mis papeles, le coso a mi hija el disfraz para la fiesta de fin de año en la escuela, abro alborozada los paquetes de regalos en Navidad y en mi cumpleaños, a veces lloro, tiemblo, soy feliz, tengo miedo, te echo de menos o ni siquiera te recuerdo. Ya ves, no elegí un día especial para llamarte. Es un día cualquiera, pero yo sé que te hubiera gustado vivirlo. Porque sí. Porque te da la gana. Y para eso estamos los amigos, Juan Manuel. Para hacerte el favor de traerte de vez en cuando hasta el lugar que amabas, que odiabas, que te gustaba, que no te gustaba, que era bueno y era malo, pero era el único lugar que le correspondía a tu vida de veintiséis años. Un aujero en el zapato Queríamos tan poco... una piecita más, una ventana al sol, un poco más de luz... En el fondo, la encargada criaba gallinas. Al principio nos sobresaltaba el gallo de la madrugada, después nos acostumbrabamos. María quedó encinta en seguida; no era lo mejor que nos podía ocurrir, pero ya que Dios lo mandaba, recibimos al chico con el corazón alborozado y lo llamamos Diego, como yo, Dieguito. Para colmo cerraron el taller y todos quedamos sin trabajo. Tuve que ponerme a buscar como un desesperado y agarrar una changa en una fábrica. Me dije: malos tiempos, ya mejorarán... Pero no mejoraron. María se enfermó después del parto y pasaron varios meses hasta que se recuperó, pero no del todo. A nuestro modo tratamos de ser felices. No pedíamos nada, así que cuando teníamos algo, nos parecía una maravilla. Era una manera de llevarle ventaja a la desesperanza. Dieguito caminó al año. Era haragán para hablar, pero un buen día se le desató la lengua y nos llamó papá y mamá hasta hacernos llorar. Para nosotros que somos tan pobres, tener a Dieguito es ser un poco ricos. Cuando María intentó volver a los dobladillos, allá, en la casa de modas, habían tomado otra. Entonces se puso a lavar ropa en las casas del barrio, pero los riñones dijeron no y por más que quiso ganarles la partida, tuvo que abandonar y darse por vencida. Por eso quiero vivir. Ellos me necesitan. El año pasado nació la nena. María estuvo mal y tuve que dejarla un mes en el hospital. Dieguito con la abuela. Yo corriendo de un lado a otro, viendo qué podía hacer para ganar un peso más. Cuando María mejoró me las traje a las dos a casa y, en medio de todo, nuestra casa me pareció un palacio. Eramos cuatro, dentro dentro de su pobreza, para querernos. Dieguito tiene seis años, la nena uno. La encargada sacó las gallinas del fondo para que los chicos pudieran jugar allí. Papá yo quiero un revólver. Papá yo quiero pinturitas. El pibe va a primer grado. Papá yo quiero, yo quiero, yo quiero... Quiere muchas cosas. A mí se me hace un nudo en la garganta cada vez que lo oigo. Le acaricio el pelo, lo beso, lo aprieto contra mi pecho. Dicen que eso basta, que a los chicos hay que darles amor y con eso todo se suple. Pero no basta. Hay que ver los zapatos quietos, los zapatos solitarios de las noches de Reyes, y la mano hurgando en los bolsillos para encontrar el peso que compre la sonrisa. Un beso que solo compra una desilusión. -Los Reyes nunca me traen lo que les pido... ¡la bicicleta se la pusieron al chico de la otra cuadra! Y uno se traga las lágrimas. Y uno alza los ojos y pide cosas. Y reza. Y se olvida de rezar. Y vuelve a inaugurar el padre nuestro... Y uno se olvida de las palabras de amor para María... Y un día se siente mal, va al médico del hospital, el médico lo revisa a uno, le hace sacar radiografías, les hace análisis... y le dice que no es nada, con una cara grave. Y uno, que tiene miedo -no por uno sino por todo eso que puede ocurrir si uno llegara a faltar- agarra las radiografías y los resultados de los análisis y le dice al médico de la fábrica: "Esto es del padre de mi mujer... ¿se puede hacer algo por él?". Y el médico de la fábrica mira, lee, piensa, frunce el ceño, mueve la cabeza de izquierda a derecha, de derecha a izquierda y murmura: "Tiene para un mes... a lo sumo dos". Un mes. Que se ha pasado pronto. Dieguito me ha mostrado su zapato muchas veces: -Mirá, tiene un aujero. Y uno quiere vivir. Por María, con las manos cortajeadas y rojas de fregar. Por Susana, la nena chiquita que camina sosteniéndose en las paredes llenas de manchas de humedas y pintura florecida. Por Dieguito y su comprame y su zapato roto. Uno quiere vivir y estira las manos buscando ese poco de aire que lo sostenga. Pero se encuentra con el jornal de que no alcanza para el hambre de cuatro, para el frío de cuatro. Se encuentra con las rajaduras del techo, el cartón, dónde se rompió el vidrio de la ventana, el canto de María en la cocina. ¿Cómo se le dice a la mujer "María te voy a dejar sola con los chicos y toda la pobreza en los hombros"? ¿Cómo se le dice? Un mes y nueve días. Algo me oprime el pecho. Y no son solamente las ganas de llorar ni la lluvia de afuera ni los hipos quejosos de Susana. María. Quiero llamarla. Decirle una palabra para que se la guarde siempre. Una palabra linda. Algo que la haga sonreír. María. Nunca un vestido nuevo. Nunca un cine. Nunca un peinado en la peluquería. María... Pero la voz no sale. La voz se encoge en la garganta como un pichón con frío. -Papá.... -Dieguito se me acerca. Tiene barro en la cara y el pelo húmedo y desparejo sobre la frente nueva. Levanta su pie. Su pie de seis años. -Mirá... tengo un aujero en el zapato... Quiero decirle algo a él también. Algo sobre su zapato. Su fiel zapato que no lo ha abandonado. Algo sobre el ruido de las gotas que caen en el balde colocado debajo de la gotera más grande. Yo hubiera querido hacer algo por su zapato. La cabeza se me va vaciando, ante mis ojos todo se nubla, se aquieta, se acerca.... se acerca... se añeja, se acerca, se aleja en un vaivén sin ritmo. Todo se aleja, se aleja. Creo que estoy muriéndome, y sientyo la mano de Dieguito tironeándome de la camisa, y su pequeña voz desalentada: papá... pero papá... Última vez desde esta ventana Ella entra con una sonrisa, trata de mantenerla en su cara casi de niña, mientras me dice: "Vaya preparándose que dentro de un ratito vendrán a buscarla. A ver... a ver..., la vena; eso es, un pinchacito que no duele nada". Le digo que quiero quedarme unos minutos mirando por la ventana. Me responde que puedo, y sale cerrando la puerta despacio. Afuera, reunidos en la sala de espera, están mis hijos: Dora y Estela, maestras las dos, casadas, cada una me ha dado dos nietos varones. Y Andrés, el menor, treinta años, casado desde hace cinco meses. Seguramente fuman. Estos días han fumado mucho los tres. Demasiado. Especialmente Andrés, que no sé por qué es el que me da más pena, el que me inspira más ternura; tal vez porque es hombre y siempre sentí esa debilidad congénita que tienen los hombres frente a los dolores definitivos o los problemas insolubles. Miro por la ventana. Veo las copas de los árboles. El verano las ha embadurnado de pinceladas de diferentes verdes, las ha redondeado como a los vientres de las mujeres encintas. Veo algunos jardines estrechos, de casas de otras manzanas. Estoy en un piso alto y mis ojos ven como ven los ojos de los pájaros que cruzan este cielo tibio. El verano me hace acordar a mi madre. A cuando mi madre me acunaba entre sus brazos y su aliento me calentaba las mejillas. El verano es piadoso, es como el líquido amniótico que nos envuelve y nos protege cuando aún estamos tan desprovistos... En algunas terrazas hay ropa tendida. Sábanas que vuelan, blancas, rosadas; vestidos de colores, grandes y pequeños; medias de hombres; repasadores. Ropa de gente que entra y sale y cumple horarios y tiene obligaciones y rezonga por el precio de la leche y sabe, siente piensa que tiene largos años para vivir. Para seguir queriendo. Para seguir ganando, o perdiendo, o sufriendo, o siendo feliz. Para seguir. Cuando yo era chica me llevaban a la rastra al dentista. Le tenía miedo al torno. En general, siempre le tuve miedo al dolor físico. Aún de grande tuve que hacer esfuerzos sobrehumanos para que las chicas o Andrés no se dieran cuenta de que palidezco cuando me ponen una inyección. Sé que no duele, pero me impresiona. Y además siempre sé que no duele después de que me la aplicaron, y por esa vez... pero no tengo la seguridad de que la próxima vez no sea diferente. Miro por la ventana. Un pájaro se cruza, gris, pequeño, casi redondo. Un gorrión. Lleva algo en el pico, una pajita o una lombriz, o una hojita. Un chico anda en triciclo en una de las azoteas. Da vueltas y vueltas en redondo. Ahora la mamá aparece por una puerta de vitreaux; se le acerca, le moja la cabeza con un jarrito; seguramente le recomienda algo, porque el pequeño se encoge de hombros y comienza a andar de nuevo. Tal vez yo también les hice demasiadas recomendaciones a mis hijos cuando eran chicos. Debo haberlos aburrido un poco. Y eso que critiqué a mi madre esa manía. Pero debe ser algo que se repite, un reflejo condicionado de las madres. Oh, pero si allá hay rosas trepadoras en un muro. Un poco escondidas en un rincón. Cuánto hacía que no veía esas rosas, apenas ruborizadas, que se deshacen en lluvias de pétalos en cuanto se las cortan de la plata. ¡Había tantas en los portones de hierro de la casa de mi abuela! La inyección que me puso la enfermerita rubia me está dando un poco de sueño. ¿Me quitará el miedo este sueño que empieza lentamente? ¿Podré disimularlo cuando me saquen de este cuarto, en la camilla, para llevarme a la sala de operaciones? Sala de operaciones. No, yo ya sé que no servirá de nada. Sé que abrirán y cerrarán; menearán la cabeza negativamente, dirán: "está muy avanzado". Lo sé, lo siento aquí, en la boca del estómago. Oí cuando el doctor Barreiro le dijo a Andrés: "Bueno, si ustedes quieren... Siempre es una posibilidad..., aunque...". Después habló conmigo con ternura, con cierta cálida piedad: "Todo está en manos de Dios... Usted puede decir que no...". -Voy a operarme -contesté. No porque supusiera que había en la operación alguna esperanza, sino por ellos, por mis hijos, que piensan que están haciendo todo, todo lo posible para salvarme. Para que ellos, cuando yo ya no esté, piensen, con la conciencia en paz, que agotaron todos los recursos, y digan: "Se nos fue, pero hicimos por ella absolutamente todo lo que estaba al alcance de la ciencia y de nosotros". La enfermerita rubia entra, con su cara sonriente. -Bueno... ya es la hora... Hay tres personas afuera esperando para darle un abrazo y desearle mucha suerte... Y dentro de un rato, otra vez aquí, todos juntos, comentando como fue la operación, ¿eh? En el fondo de sus ojos veo que no piensa que es tan fácil, y que ella también sabe lo mismo que sé yo: que no habrá caso. Miro por última vez desde esta ventana. Me despido del mundo. Del niño que da vueltas en triciclo, de la ropa que infla el viento, de las rosas-enredadera, de los árboles como sombrillas verdes. Mastico el miedo y lo trago junto con mis lágrimas. Ahora debo sonreír, abrazarlos, dejarles la impresión de que estoy segura de que todo marchará bien. -Señorita Alicia -musito-. Ya estoy lista. Díganles que pase, por favor. Agua del recuerdo Para Miriam Raquel, siempre de nueve años. A las madres todos los años se nos muere un hijo. Cuando un hijo cumple dos años, ha muerto uno de un año. Cuando el hijo cumple tres años, ha muerto uno de dos. Cuando cumple nueve, ha muerto uno de ocho. Cada apagón de velitas en el reino de los bonetes y colores y globos que parecen lunas infladas por los angelitos, nacimiento de otro ser diferente que pensará, hará y sentirá otras cosas. Y, además... cuando ya los hijos son grandes, cuando ya son hombres o mujeres..., los que caminan adentro del corazón de las madres no son los pasos de zapatos de tacos ni de enormes abotinados número cuarenta... sino los pies menudos de un chiquillo que todavía se trepa a los sillones nuevos y luce añicos el florero de crital y les corta las hojitas nuevas a los largos helechos de las macetas. Oímos a las madres hablar de sus hijos mayores...; no recuerdan cuántas veces, después de los dieciocho, llevaron el pelo largo o corto, rojo, castaño o rubio..., pero hablan con primoroso celo del vestidito celeste con las motitas blancas bordadas por la tía, que el viendo de la ronda abría como una sombrilla en las tardes de la plaza. Y el agua del recuerdo va lavando los ojos y dejando tan nuevos los colores...: campanillas de enredaderas, que eran mucho más violentamente azules cuando Pablo era chico...; las pestañas de Clarisa, que eran tan largas que casi tocaban las cejas, pero ahora, después de tanto leer y estudiar para recibirse de abogada...; y la vocecita de Adrián recitando en la escuela aquel verso sobre la patria, pelo engominado, delantal de espuma... El agua del recuerdo se mete entre canteros donde, en lugar de flores, crecen chocolatines, chupetines redondos pintados de arco iris, y va llevado un canto arrullado en su vientre de cristal. Miriam Raquel: mamá te vio apagar las velitas de tus nueve años, y después... nada más..., hacia adelante, solamente un aire vacío de tu tibieza, unos vestidos que nunca van a contenerte, una polvera, un rouge, un muchachito dispuesto a enamorarse..., todo lo que no vas a entrenar nunca. Porque mamá no tendrá nunca una hija de quince años. Eso lo sabemos vos y yo, Miriam. Pero NUNCA DEJARÁ DE TENER UNA HIJA DE NUEVE. Siempre de nueve años, siempre de pelo largo y rezongando un poco porque "ese peine me tira"..., y las rodillas donde aparece que es de noche y una esponja enjabonada las hace amanecer..., y los ojos descubriendo bichos de luz en las nochecitas de verano, y la vuelta en bicicleta prestada de la nena de al lado..., y las ganas de seguir durmiendo un rato más en vez de ir temprano a la escuela. Miriam Raquel, no vas a crecer nunca, no vas a estrenar llantos amargos, no vas a tener que apretar fuerte los párpados para no ve injusticias, no vas a tener que luchar empecinadamente. Saltarás la rayuela, pisarás levemente, con fragilidad de un pétalo caído, la media luna CIELO; se abrirá tu sonrisa de nubecitas blancas..., andarás por los bellos jardines del corazón de mamá, con la muñeca preferida apretada contra el pecho y el vestido liviano que el viento te planchaba... Presente, tierna, tibia, detenida en la infancia, detenida en el tiempo, arrullada por las mismas canciones con que mamá te dormía..., porque ella las sigue cantando para vos y vos hacés el compás moviendo la cabeza..., y te gusta que mamá te cante..., y te acurrucás contra su pecho, desde el lado de adentro, desde donde galopa la sangre, en esa región que te pertenece y de la que sos la pequeña habitante de nueve años de luz y de ternura para siempre. Esa región en la que mamá te cuida, te conversa, te protege y te acuna sin alejarse nunca de su nena...., de su nena de "arrorró pedazo de mi corazón". Próxima parte: El amor

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Países que consumen más alcohol
Países que consumen más alcohol
InfoporAnónimo6/6/2012

Un estudio en los 193 países adscritos a la Organización Mundial de la Salud dejó ver que Europa sigue siendo el continente que más alcohol ingiere con Moldavia como el país líder con 21,86 litros al año por persona. En América Latina, por su parte, un listado de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), evidenció que el consumo per cápita es en promedio de 5,5 litros, muy por debajo del promedio mundial. Según FLACSO la media de Europa es de 13 litros, la de EEUU, 9,4 y Canadá, 9,8 por persona. Número 20: Países Bajos (15,91 litros) Número 19: Eslovaquia (16,00 litros) Número 18: Dinamarca (16,04 litros) Número 17: Reino Unido (16,04 litros) Número 16: Francia (16,41 litros) Número 15: Irlanda (17,32 litros) Número 14 Portugal (17,45 litros) Número 13: Corea del Sur (17,77 litros) Número 12: Lituania (18,04 litros) Número 11: Croacia (18,13 litros) Número 10: Bielorrusia (18,18 litros) Número 9: Eslovenia (18,22 litros) Número 8: Romania (18,36 litros) Número 7: Andorra (18,59 litros) Número 6: Estonia (18,86 litros) Número 5: Ucrania (18,72 litros) Número 4: Rusia (18,91 litros) Número 3: Hungría (19,54 litros) Número 2: República Checa (19,77 litros) Número 1: Moldavia (21,86 litros) Comentá y hay birra para todos

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Jerga Nadsat (La Naranja Mecánica)
InfoporAnónimo1/25/2012

Según Wikipedia: El nadsat es una jerga juvenil inventada por el lingüista, novelista y compositor Anthony Burgess para su novela La naranja mecánica. Ésta toma gran parte de sus términos de lenguajes eslavos, sobre todo el ruso. Fue popularizada por la versión cinematográfica de Stanley Kubrick. En la película se realiza una depuración y adaptación de los términos para facilitar la comprensión de los espectadores. Según el libro: La inclusión en La Naranja Mecánica de un léxico nadsat, que apareció por primera vez en la edición norteamericana, no fue idea original del autor, para quien una lectura ordenada del libro era como "un curso de ruso cuidadosamente programado". Este glosario nadsat-español, en cambio, ha contado con la colaboración de Anthony Burguess, quien propuso la mayor parte de las posibles equivalencias y algunas variantes fonéticas. . Las palabras que no parecen de origen ruso han sido señaladas en cursiva Todo el glosario lo copié yo misma de mi libro Para una búsqueda más rápida apretá F3 y escribí una palabra puntual que querés saber A Apología: disculpas B Bábuchca: anciana Besuñ: loco Biblio: biblioteca Bitha: pelea Bogo: Dios Bolche: grande Bolnoyo: enfermo Boloso: cabello Brachno: bastardo Brato: hermano Bredar: lastimar Britba: navaja Brosar: arrojar Bruco: vientre Bugato: rico C Cala: excremento Cancrillo: cigarrillo Cantora: oficina Carmano: bolsillo Cartófilo: papa Clopar: golpear, llamar Cluvo: pico Colocolo: campanilla Copar: entender Coschca: gato Coto: gato Cracar: golpear, destruir Crarcar: aullar, gritar Crastar: robar Crichar: gritar Crobo: sangre Cuperar: comprar CH Chai: té Chaplino: sacerdote Chascha: taza Chaso: guardia Cheloveco: individuo Chepuca: tontería China: mujer Chisna: vida Chistar: lavar Chudesño: extraordinario Chumchum: ruido Chumlar: murmurar D Débochca: muchacha Dedón: viejo Dengo: dinero Dobo: bueno, bien Domo: casa Dorogo: estimado, valioso Dratsar: pelear Drencrom: droga Drugo: amigo Duco: asomo, pizca Dva: dos F Filosa: mujer Forella: mujer Fuegodoro: bebida G Gasetta: diario Glaso: ojo Gloria: cabello Glupo: estúpido Goborar: hablar: conversar Goli: unidad de moneda Golosa: voz Golová: cabeza Gorlo: garganta Grasño: sucio Gronco: estrepitoso, fuerte Grudos: senos Guba: labio Gular: caminar I Imya: nombre Interesobar: interesar Itear: ir, caminar, ocurrir J Joroschó: bueno, bien K Klebo: pan L Lapa: pata Litso: cara Liudo: individuo Lontico: pedazo, trozo Lovetear: atrapar Lubilubar: hacer el amor M Málchico: muchacho Malenco: pequeño, poco Maluolo: mal, malo Maslo: mantequilla Mersco: sucio Meselo: pensamiento, fantasía Mesto: lugar Militso: policía Minuta: minuto Molodo: joven Moloco: leche Mosco: cerebro Munchar: masticar, comer N Nachinar: empezar Nadmeño: arrogante Nadsat: adolescente Nago: desnudo Naso: loco Naito: noche Niznos: calzones Nocho: cuchillo Noga: pie, pierna Nopca: botón Nuquear: oler O Ocno: ventana Ochicos: lentes Odinoco: solo, solitario Odin: uno Osuchar: borrar, secar P Pe y eme: papá y mamá Pianitso: borracho Pischa: alimento Pitear: beber Placar: llorar Platis: ropas Plecho: hombro Plenio: prisionero Plesco: salpicadura Ploto: cuerpo Poduchca: almohada Polear: copular Polesño: útil Polillave: llave maestra Ponimar: entender Prestúpnico: delincuente Privodar: llevar, conducir Ptitsa: muchacha Puglio: miedos Puschca: arma de fuego Q Quilucho: llave Quischcas: tripas R Rabotar: trabajar Radosto: alegría Rascaso: cuento, historia Rasdrás: enojo, cólera Rasrecear: trastornar, destrozar Rasudoque: cerebro Rota: boca Ruca: mano, brazo S Sabogo: zapato Sacarro: azúcar Samechato: notable Samantino: generoso Sarco: sarcástico Sasnutar: dormir Scasar: decir Scolivola: escuela Scorro: rápido Scotina: vaca Scraicar: arañar Scvatar: agarrar Schaica: pandilla Scharros: nalgas Schesto: barrera Schiya: cuello Schlaga: garrote Schlapa: sombrero Schlemo: casco Schuto: estúpido Silaño: preocupación Siny: cine Sladquino: dulce Slovo: palabra Sluchar: ocurrir Slusar: oír, escuchar Smecar: reír Smotar: mirar Snito: sueño Snufar: morir Sobirar: recoger Sodo: bastardo Soviet: consejo, orden Spatar: dormir Spachca: sueño Spugo: aterrorizado Staja: cárcel Starrio: viejo, antiguo Straco: horror Subos: dientes Sumca: mujer vieja Svonoco: timbre Svuco: sonido, ruido Synthemesco: droga T Talla: cintura Tastuco: pañuelo Tolchoco: golpe Tolchoquear: Golpear Tri: tres Tuflos: pantuflas U Ubivar: matar Ucadir: irse Uco: oreja Uchasño: terrible Umno: listo Unodós: cópula, copular Usy: cadena V Varitar: preparar Veco: individuo, sujeto Velocet: droga Vesche: cosa Videar: ver Vono: olor Y Yajudo: judío Yama: agujero Yarboclos: testículos Yasicca: lengua Yecar: manejar un vehículo Les dejo el libro que lo recomiendo muchísimo, es mucho más completo e interesante que la película (en mi opinión) y si todavía no viste la película te super recomiendo que leas primero el libro asi dejás al mando tu imaginación. La Naranja Mecánica Y por último, la peli en Cuevana: A Clockwork Orange

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